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Capítulo VIII

El rey tomó la iniciativa.
– ¿Sabéis que, por vuestro atrevimiento, tengo a la mitad de mi reino pidiéndome que os mande colgar de lo más alto de la torre? – interrogaba el rey a los cuatro encadenados que habían traído a su presencia.

– Pero, majestad, nosotros no hemos hecho nada malo – se atrevió a responder el que parecía más joven de los cuatro – sólo hemos cogido un poco de comida para no morirnos de hambre.

– ¿Un poco de comida, dices? – le interrumpió, furioso,  uno de los nobles agraviados – querrás decir cientos de odres llenos de una apreciadísima sopa, robada con alevosía a sus legítimos propietarios. Majestad, dad a estos ladrones su merecido – añadió, volviéndose hacia el rey -. Éste había decidido aclarar de una vez aquel enredoso pleito. En aquel justo momento hicieron aparición en el salón de audiencias Orial y Edith, que empujaban un pesado carro de madera sobre el que humeaba una voluminosa cazuela.

– ¡Ah! vosotros, – exclamó el monarca – creo que es hora de aclarar este cansino asunto. Sin duda vuestra sopa es deliciosa, doy fe de ello, pero ¿queréis explcarme cómo han podido estos cuatro plebeyos robaros tan inmensa cantidad como para arruinaros? ¿Acaso almacenáis ese guiso como si fuera la mies, en un granero?

 

Tras un tenso momento de silencio, un viejo duque, conocido por la disciplina que imponía en el gobierno de sus tierras, se dirigió con parsimonia y cierta solemnidad a los presentes.

– Si su majestad me lo permite, creo que pondré fin a vuestras dudas sobre la naturaleza y gravedad del delito cometido -ante el asentimiento del rey, continuó dirigiéndose a todos los presentes – Esta pareja de leales súbditos han sido robados por estos indeseables y por otros muchos tan indeseables como ellos. El fruto de su honrado trabajo, tan preciado como vos mismo habéis reconocido, les ha sido arrebatado por amigos de lo ajeno que, con su reiterada y contagiosa infamia, les han llevado a la ruina.

 

– Pero ¿cómo pudo suceder tal cosa? – interrumpió el monarca, volviéndose hacia Orial y Edith – ¿es que acaso abandonáis a diario vuestra colmada cazuela en el zaguán?

– No es eso exactamente, mi señor -puntualizó el viejo duque – sino que del primer odre que se llevaron fueron sirviéndose y sirviéndose lejos de toda vigilancia. Incluso llenaron otros recipientes que repartieron aquí y allá extendiendo el botín y el delito.

 

– Duque, basta de sinsentidos, no estoy para bromas -intervino el rey, enojado – Este asunto empieza a cansarme. Por lo que me decís os han robado comida como para alimentar a una comarca entera. No alcanzo siquiera a imaginar cómo puede salir tan ingente cantidad de comida de una sola cocina. Decidme de una vez cómo se ha producido semejante espolio. Y traedme un buen plato de esa sopa antes de que se enfríe, – añadió dirigiéndose a los criados que tenía cerca – Escucharé vuestras explicaciones mientras la degusto que de tanto mencionarla se me ha despertado el apetito.

Orial y Edith, quienes deseaban que el rey preguntara menos y dictaminara más, se apresuraron a complacer al soberano, por ver si, disfrutando del manjar, se apuraba en hacer justicia de una vez por todas. Pero en su precipitación, tropezaron con los criados quienes, a su vez, también se precipitaban a servir de la gran olla a su señor. Unos traspiés más tarde, criados y cocineros daban con sus huesos en el suelo y, con enorme estrépito, la olla se rompía fatalmente en pedazos sobre el duro enlosado. La sopa era ahora un gran charco humeante sobre el suelo.

Sólo algún carraspeo de circunstancias rasgó levemente el tenso silencio que se adueñó de la sala real.

Continúa en La Olla Mágica IX

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