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Capítulo VII

Mientras los encadenados bandidos eran traídos hasta su palacio, el rey se impacientaba. Empezaba a tener la desagradable sensación de que con este asunto se había dejado llevar demasiado lejos. Su dignidad real no podía verse ensombrecida por el solo empeño de añadir una simple sopa a sus ya variados y ricos menús palaciegos. Para colmo, tras degustar el guiso preparado en sus cocinas, no parecía complacido en absoluto.

El cocinero real había tenido que soportar, humillado, su censura y, aún peor, el mayor de sus enfados. Todo porque la dichosa sopa no era de su agrado, o mejor dicho, porque no era igual a la que probara en primer lugar.

– Para esto no te mandé llamar – escupió el rey sus palabras sobre el cocinero – te dije que no perdieras detalle de la receta. Me decepcionas.

El cocinero real comenzó a balbucear una excusa, avergonzado, pero el rey le hizo callar con un brusco ademán mientras se volvía hacia Orial y Edith que intentaban pasar desapercibidos, temerosos de que la culpa del desatino recayera sobre ellos.

– No perderé más tiempo por una simple sopa. Vosotros sois los cocineros genuinos y habréis de guisarla vosotros mismos – les dijo, para humillación de sus sirvientes – Precisamente esta noche habrá una fiesta en la corte y quiero que mis invitados prueben este sabroso plato, así que ¡a trabajar!

Mientras la pareja, cada vez más desbordados por la situación, se retiraban hacia las cocinas reales para intentar cumplir el nuevo encargo, el jefe de la guardia anunció la llegada de una delegación de nobles que, al parecer, habían apresado a una partida de bandidos muy especiales. Éstos no eran otros que los ladrones de la Olla Mágica.

Hízoles pasar, intrigado, el monarca. Las explicaciones de los indignados señores que encabezaban la comitiva sobre el gran perjuicio causado por aquellos malhechores coincidían con las que ya escuchara de boca de Orial y Edith. Definitivamente intrigado, redobló su curiosidad, muy a su pesar, hacía un asunto que empezaba a resultarle incómodamente ininteligible.

Continúa en La Olla Mágica VIII

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