Un cuento digital (VI)
- 21 nov, 2008
Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Capítulo VI
Lejos de allí, cuatro hombres, hasta ha poco menesterosos, enfermizos mendigos abandonados de la buena suerte, se debatían entre la satisfacción de haber alejado la hambruna de sus vidas y el miedo ha ser descubiertos. Desde que robaron esa dichosa sopa, vivían mejor, es cierto, comían caliente y de un manjar inmejorable, pero sabían que, tarde o temprano, tendrían que enfrentarse con su poderosos perseguidores. Su único consuelo era que miles de personas de toda condición compartían ya, aún sin reconocerlo públicamente, el fruto de la Olla Mágica.
En efecto, un buen día, los soldados del señor de la comarca irrumpieron en la modesta choza donde se albergaban para prenderlos. Gracias a una buena bolsa alguien no había podido resistir la tentación de delatarlos, pese a que el secreto protegía a todos los vecinos y paisanos del lugar, pues casi todos estaban más o menos complicados.
Comoquiera que fueron sorprendidos precisamente comiendo Sopa Mágica y envalentonados por el convencimiento que no habían hecho realmente daño a nadie, sino, en todo caso, lo contrario, no negaron su culpa. Confiaron en que su castigo no habría de ser finalmente demasiado duro y, en todo caso, estaban cansados de esconderse como si fueran criminales. Al fin y al cabo, sólo habían cogido un poco de sopa de una marmita inagotable.
Tras la noticia, los señores y nobles que se habían juramentado contra aquella calamidad se reunieron en seguida, animados por la expectativa de disfrutar de los beneficios que, por fín, se avecinaban. No obstante, sabían que retener a los ladrones que iniciaron el saqueo no evitaría el mal, pues la sopa se reproducía ya en cientos de lugares. Tras mucho cavilar, decidieron que, puesto que tenían a los culpables, un castigo ejemplar disuadiría a los demás de seguir con su afrenta, así que, encadenados y sobre un carro enrejado que se pudiera ver bien por caminos y veredas, los condujeron al palacio real para que el monarca dictara una sentencia pública que se hiciera notar, a la altura de las circunstancias.
Continúa en La Olla Mágica VII










