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Capítulo IV

Durante algún tiempo, la amenaza de caer bajo el acero de los hombres de armas contuvo un poco el trajín de de odres y tinajas encantadas en patios, campas y callejas, pero el ingenio popular acabó por burlar la tenaz vigilancia. Dicen que fue un pastor quien, comiendo sopa encantada agazapado entre los juncos que orillaban una laguna, extravió, por accidente, su valiosa y bien colmada cantimplora. Más tarde un caminante la encontró por azar y decidió no llevarla consigo sino dejarla allí mismo para provecho de otros, tras servirse en la suya propia. Poco tiempo pasó antes de que cientos de recipientes fueran la pesadilla de los soldados. Si encontraban diez, se escondían ciento, multiplicándose como una plaga los lugares donde poder comer sin pagar.

Los desesperados y enfurecidos propietarios de la marmita, apremiados por la cólera de los frustrados señores, apelaron al rey. Acudieron a palacio, tras muchas leguas de duro viaje, para pedir al monarca que terminara con aquella afrenta. Sus antes pingües ganancias no llegaban ya más que para mantener la bien ganada holganza familiar. Pero desde el robo de la sopa mágica y su fatal multiplicación, habían perdido muchos de sus antiguos clientes y buena parte de su extraordinario y legítimo negocio. Cuando al fin fueron recibidos por el rey, quien nunca había oído la historia de la olla mágica, les preguntó de qué se quejaban y qué era lo que demandaban exactamente.

– Majestad – imploraban, indignados, Orial y Edith-, sólo pedimos justicia. Se nos ha robado y atropellado vilmente. Hace tiempo…

– ¿Y creéis que yo debo encargarme – interrumpió, irritado, el rey – de cuantos robos y asaltos ocurran en mi reino? ¿Para eso habéis venido a molestarme?

– Pero…perdemos más de mil monedas de oro cada año, majestad. Supone nuestra ruina – se justificaban los afrentados.

Los presentes, cortesanos y sirvientes reales, se miraron sorprendidos. Mil monedas de oro era más de lo que habían visto nunca, una verdadera fortuna.

El rey, también sorprendido, pareció interesarse más por el asunto. Después de mesarse su poblada barba durante un interminable momento, compuso un semblante más calmado y, repentinamente intrigado, dijo:

– ¡Vaya! ¿Y qué os han robado? ¿ganado? ¿joyas?

– No, majestad, se trata de nuestra sopa.- comenzó a explicar Orial –

La carcajada del rey, inmediatamente emulada por los cortesanos, les interrumpió.

– ¿Una sopa, decís? ¿Una sopa? – les preguntó aún riéndose.

– Sí, mi señor. Hace años que nos sirve de sustento ya que acuden a probarla de todas las comarcas. Es una sopa única cuya receta hemos perfeccionado durante generaciones y que sólo nosotros conocemos.

– Está bién, está bien – dijo el rey, tras una breve pausa, todavía riendo – os ayudaré. Pero quiero probar esa sopa. A buen seguro debe tratarse de una receta excepcional

Orial y Edith, esperanzados, le prometieron volver a palacio muy pronto para satisfacer sus deseos. Se inclinaron respetuosamente, se retiraron y regresaron a toda prisa a su casa, no sin antes informar a los impacientes nobles que reclamaban una pronta solución al conflicto. Las nuevas lograron calmar un tanto su impaciencia, que no su  avidez por participar en el reavivado negocio, ahora decadente, de la Olla Mágica.

Continúa en La Olla Mágica V

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