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Capítulo III

Nada parecía ya igual. Lo que antes fue un constante ir y venir de gentes, entrando y saliendo de la casa de Orial y Edith, donde se guardaba la olla mágica, eran ahora espaciadas visitas. Donde fueran las disputas entre quienes aspiraban, pujando con ardor por ser los primeros en comer, no había más que una sorprendente tranquilidad. Ni los menesterosos rondaban ya la casa por ver si, al menos, el mágico aroma les alcanzaba cuando la puerta de la casa estuviera abierta. Pero todo el mundo sabía lo que estaba pasando. Las ollas “falsas” se habían multiplicado por la ambición de unos pocos, calmando las ansias de comer aquel manjar a ricos y pobres, vecinos y forasteros.

Los señores de la comarca se sintieron ofendidos y engañados, cuando descubrieron que habían pagado enormes sumas por algo que cualquiera podía tener gratis. Dispuestos a exigir que su afrenta fuera resarcida, acudieron airados a pedir explicaciones a los dueños de la olla mágica, quienes se deshicieron en disculpas y también en maldiciones contra los criminales autores del robo.

Tras horas de gritos y trifulcas, alguien propuso un plan que a todos pareció satisfacer. Los poderosos señores pondrían armas y soldados para vigilar casas, fondas y caminos, con el fin de que nadie osara servirse de sopa mágica alguna que no fuera la auténtica y original. Exigieron a cambio, lo que pareció justo a unos y otros, que la mitad de los beneficios que, a buen seguro, volverían a obtenerse del negocio, fuera a parar as sus nobles bolsillos.

Todos, por fin satisfechos y seguros de haber resuelto el problema, sellaron su acuerdo con una buena cena de exquisita sopa mágica.

 

Continúa en La Olla Mágica IV

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