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No hay mal que por bien no venga

La crisis pone bajo los focos los abusos de un sistema capitalista desorbitado y acaba con una ceguera social de décadas

Cara de asombro

Ayer, en España, saltaba la “noticia” de que las pequeñas empresas pagaban sus créditos a precios muy superiores a los que tenían que afrontar las grandes corporaciones. Es decir, que sucede lo que siempre sucedió. La desigualdad económica se realimenta como siempre lo hizo.

Llevamos muchos meses entrándonos de que los bancos abusan de su posición de privilegio sin reparar en los perjuicios sin fin que causan en tantas familias. nada nuevo bajo el sol. La banca es un oligopolio opaco e incomprensible para los mortalitos vulgares.

Nos frotamos los ojos cuando vemos que los sueldos y prebendas de los altos ejecutivos de las grandes corporaciones son estratosféricos, alejados abismalmente de los ingresos medios de los ciudadanos. Ninguna novedad. Los excedentes de las grandes empresas rara vez han revertido en beneficio general.

Políticos corruptos por doquier. Partidos políticos cuyo electoralismo profesionalizado les aleja de su misión. Burocracia insostenible e ineficaz. La cosa pública no funciona. Tampoco esto ha brotado repentinamente.

Escandalosas revelaciones sobre Internet. La flamante sociedad globalizada en red muestran su rostro más temible. La privacidad está hipotecada sin posibilidad de retorno y puesta en manos de poderes incontrolados. Desde sus albores, fuimos confiando a un puñado de grupos económicos la red llamada a convertirse en la esencia de nuestras comunicaciones. Luego no hemos hecho más que alimentar el monstruo.

Las crecientes grietas en el edificio social no son nuevas

¿Cómo pensábamos que habría que acabar pagando los desmanes de una espiral financiera sin fin?

El estado del bienestar se derrumba. Los recortes omnipresentes llevan a la precariedad la educación, la sanidad, las infraestructuras. Las crecientes grietas en el edificio social no son nuevas ¿Cómo pensábamos que habría que acabar pagando los desmanes de una espiral financiera sin fin?

Es  revelador que la profunda y pertinaz crisis, que tanta zozobra ha traído a tanta gente, ha conseguido que millones de miradas se vuelvan, como no lo hicieron desde hace muchas décadas, hacia esos rasgos tan propios del sistema que impera desde principios de los años ochenta. Vicios nada ocultos, previsibles, consecuencia de las disfunciones de una sociedad remisa a someterse a la autocrítica permanente. Enfermedades sociales que, por usuales y prevalentes, se habían vuelto invisibles.

La niebla informativa que ha acompañado los años de bonanza consiguió envolver abusos que, por repetidos, pasaban por inocuos, pero que siempre fueron el síntoma evidente de un sistema desorbitado y perverso. Parece que el sufrimiento que la crisis ha traído está, al menos, abriéndonos los ojos.

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La vivienda no era la prenda

Tan viejos como nuestra civilización son los conceptos de prenda y préstamo. Yo te presto y tú me dejas algo en prenda que me quedaré si no me pagas la deuda. Sencillo, quizá inevitable, aunque, a la vez, diabólico.

De este esquema simple se ha derivado la sempiterna profesión de prestamista como la tan odiada práctica de la usura, buena parte de la esencia misma de la banca y, naturalmente, las viejas y omnipresentes casas de empeño. Pero en la mente de todos los protagonistas, prestatario y prestamista, siempre fue claro la función de la prenda, servir de garantía para la devolución de lo prestado.

Casa hipotecada
Hipotecas

El debate actual sobre la conveniencia de dar legalmente por buena la dación como pago, es decir, que un préstamo hipotecario pueda ser saldado con la sola entrega de la vivienda hipotecada, deja al descubierto nuestra absoluta ingenuidad. Hasta hace poco, todos pensábamos que lo peor que podría pasarnos, si no pudiéramos pagar nuestra hipoteca, sería perder nuestra casa. Pero resulta que no. Resulta que la banca, siempre tan competente y celosa de sus intereses, en un amplio sentido de éstos, tenía bien amarrado el asunto para que la famosa burbuja inmobiliaria no le estallara en la cara. Si tu prenda pierde valor, no será suficiente para saldar tu deuda y deberás pagarme aún más. Así era la verdadera naturaleza de su acuerdo. Pero, ¿qué clase de prenda es esa?

Nuestro flamante nuevo gobierno acaba de tener una iniciativa para poner, supuestamente, las cosas en sus sitio. Quiere legalizar la dación de la vivienda como pago. Claro que, como segar la hierba debajo de la banca es siempre imprudente y la cosa no llegará tan lejos. Además, no deja de ser cierto que con la seguridad jurídica no conviene jugar mucho, anulando derechos la ley ampara, por muy absurdos que éstos sean, por lo que, finalmente, sólo podrán acogerse a la, digamos, ley hipotecaria natural, aquellas familias todos cuyos miembros estén en paro y que, además no tengan apenas ingresos de ningún tipo, siempre que los bancos estén de acuerdo.

Teniendo en cuenta que el valor de la vivienda en el mercado ha llegado a bajar hasta el cincuenta por ciento, en algunos casos, la diferencia entre la deuda final de las familias beneficiarias de esta medida gubernamental y la de aquellos que no puedan aprovecharse de ella puede llegar a ser de no pocas decenas de miles de euros. Por ello, la inevitable consecuencia será algo que el mismo gobierno dice insistentemente querer evitar. La economía sumergida y el paro oficial se consolidará y crecerá. ¿Quién va a querer declarar sus ingresos si, con ello, pagará impuestos, quizá elevadas tasas a la seguridad social y, además, deberá pagar veinte, treinta o cuarenta mil euros más al banco por haberlo hecho?

Veremos cómo se deshace este nudo. La ingeniería financiera y legal moderna tiene estas cosas. Cuando el viento cambia, las sencillas y elementales costumbres de toda la vida, como los puentes romanos, son las únicas capaces de sobrevivir. Perder la casa debe ser, como es natural, suficiente para saldar el préstamo obtenido para comprarla. Cuando eso no hace falta, la banca hace un inmenso negocio. Los dados no deben estar cargados siempre hacia el mismo número.

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Un hogar en el Sur

Diciembre de 2011. En el pequeño pueblo de Ouzina, un lugar cercado por la naturaleza desnuda del Sahara, se produce un encuentro intenso e íntimo. Una familia bereber recibe a Raúl y a sus amigos, viajeros del Norte. El intercambio fluye mágicamente, sin más lenguaje que el sentimiento, y por una vez, la tecnología de nuestras cámaras de vídeo se vuelve valiosa



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La maldición de Antíoco

El día en que no subimos al Nemrut Dagi

Nemrut Dagi

En 1881, el ingeniero alemán Karl Sester excavó un impresionante y enigmático monumento funerario en la cumbre de una montaña junto al río Éufrates. Lo construyó para sí mismo, a más de 2000 metros de altura, Antíoco I, rey de Comagene, en el sudeste de la actual Turquía. Sester nunca logró desvelar la tumba misma, que aún guarda sus secretos. La expedición Samarkanda 2011 visitó el lugar a su vuelta de Asia Central. Pero no todos sus miembros consiguieron hacerlo.

Comíamos al borde del Cendere, un pequeño río de montaña que, como tantos otros de la zona, vierte sus aguas en el Éufrates. Nos habíamos unido a Albert Margerit y Jaume Millán quienes, en el Mitsubishi Montero de éste, también iban adelantados en nuestra ruta. Nuestro destino es el legendario Nemrut Dagi, la mítica y aún inexplorada tumba bimilenaria de Antíoco I, en la cumbre de la montaña del mismo nombre, un gigantesco monumento funerario de inquietante belleza, que ofrece al viajero que la alcanza sensaciones únicas, especialmente en el crepúsculo. En algún momento de nuestra comida, el grueso del grupo, al que hasta entonces hemos precedido, pasa por la cercana carretera sin detenerse. Los árboles les impiden percatarse de nuestra presencia junto al río. Aunque en ese momento no tiene importancia alguna, tendré ocasión de lamentarlo más tarde.

Cuando nos disponemos a seguir ruta, Albert, siempre alerta a estas cuestiones, me hace ver que en el motor de nuestro Mercedes G hay una mancha de líquido procedente de la servodirección. No parece grave, aunque habrá que mantenerse atentos, por si acaso. Un camino lleno de curvas puede hacer imposible la conducción con una avería de este tipo. Sin más, partimos haciendo tandem con ambos coches hacia el Nemrut.

Apenas recorridos un par de decenas de kilómetros mi dirección comienza a quejarse, confirmando la fuga de lubricante. La fortuna quiere que la única gasolinera de la zona esté a menos de un kilómetro de nosotros y que, además, disponga de cuanto líquido de dirección podamos necesitar. Para pasmo y regocijo del empleado turco de la gasolinera, compro diez latas, por si acaso. Con esa provisión y en estado de alerta proseguimos nuestro camino.

Nuestra ruta discurría por las laderas de estrechos valles que flanquean la cara norte del monte Nemrut. Abordábamos un intrincado entramado de pistas que suben, bajan, se cortan o se desdoblan imprevisiblemete. La radio empezaba a ser un hervidero de mensajes entrecruzados entre los distintos subgrupos de vehículos en que estaba desgajada la expedición. Para entonces, un hecho parecía claro. Existían dos ejes de ruta claramente diferenciados. Uno conducía por pistas francas y suaves hasta las inmediaciones mismas de la mítica cumbre y otro se internaba por los valles de norte, desde donde habría que sortear mil encrucijadas y puertos que suben y bajan sin fin, hasta encontrar la salida correcta hacia el lado sur. Aunque todos compartíamos, en nuestros respectivos dispositivos GPS, el mismo punto de destino, cada uno intentaba contrastar los lugares de paso con los demás para  evitar cometer errores y tomar caminos equivocados. No hace falta decir que nuestros dos vehículos rodaban por la alternativa larga y difícil.

Inevitablemente, la fuga de líquido requiere una parada cada puñado de kilómetros para rellenar el circuito y no dañar la dirección. Adrián y yo apenas hablamos, sólamente atentos a no perder la rueda del Montero que, como consecuencia de nuestro problema, se va alejando paulatinamente de nosotros. No era esa la idea que nos habíamos hecho de nuestra llegada al monte Nemrut, desde luego. Albert procura transmitirnos por radio la descripción de lugares de paso correctos para evitarnos kilómetros de más. Pronto tenemos que prescindir de esta ayuda ya que la distancia creciente entre ambos coches la hace, primero confusa y más tarde imposible. Nuestras cortas pero frecuentes paradas han puesto entre nosotros demasiadas encrucijadas y dudas acerca de las opciones a tomar  como para que puedan ya guiarnos. Sus últimas indicaciones serán las referidas a un puente que deberemos abordar en el fondo del valle para cruzar a la otra vertiente. Parece fácil pero el laberinto en el que estamos metidos nos hace dar media vuelta una y otra vez. Tardaremos aún un buen rato en encontrarlo. Seguimos oyendo a algunos de nuestros compañeros por radio, lo que nos sirve para saber que Miguel Ángel y Oliva han llevado ya su Pathfinder hasta lo alto del Nemrut Dagi. Los demás aún lo intentan desde diversas distancias y rutas.

Entre los valles, la tarde se oscurece por momentos. Las rocas de las cumbres comienn a mostrar, anaranjadas, un bello atardecer que a nosotros nos gustaría retrasar. La dirección de nuestro coche pide irritantemente su ración de líquido perdido con regularidad. Ya han caído tres botellas de nuestra reserva. Adrián y yo hemlos mecanizado el procedimiento de llenado de líquido de forma que apenas tardamos 30 o 40 segundos en realizarlo, pero nuestro retraso acumulado es particularmente preocupante ante la perspectiva de la llegada de la noche. Empezamos a perder nuestra lucha contra el reloj y somos conscientes de ello. No hablamos excepto para elegir derecha o izquierda, arriba o abajo, o para, resignadamente, decidir dar media vuelta ante un rumbo equivocado. Siempre con la vista puesta en la cumbre a la que nos dirijimos y los nervios a flor de piel por la preocupante avería.

No somos los únicos que no han llegado aún al Nemrut Dagi, a tenor de los comentarios que entran de vez en cuando en nuestra radio, cada vez más silenciosa por la distancia que se interpone entre nosotros, pero de lo que no cabe duda es de que somos los más alejados del destino y, desde luego, los que menos kilómetros de curvas innecesarias debiéramos hacer. El anochecer se nos echa encima. Adrián no quiere rendirse y sueña con alcanzar la cumbre antes de la noche, así que detengo el coche, le miro a los ojos y, disimulando mi rabia por frustrar su ilusión, le digo simplemente: “No vamos a llegar” Tras unos segundos, con una mezcla de rabia y resignación, acepta que nuestra única pretensión posible, cuando el crepúsculo es ya un hecho, es alcanzar el punto de encuentro donde el grupo pasará la noche.

Por fin, hemos dado con una pista asfaltada que circunda la ladera norte del Nemrut en dirección oeste y que se dirige hacia el punto por el que han ascendido los demás. Nuestros reiterados exámenes del mapa, las escasas referencias escuchadas antes a nuestros compañeros por radio y las indicaciones gestuales, apenas inteligibles, que recordamos de algún lugareño, nos lo confirman inequívocamente. Nos lamentamos profundamente porque ya es demasiado tarde para intentar siquiera la ascensión y, para nuestra desesperación, tenemos que seguir parando cada dos por tres para cumplir con el ritual del líquido de la dirección que ya había acabado con la mitad de nuestras reservas. Nos hemos convertido en una verdadera máquina automática para hacerlo, salvo porque tenemos que apretar los dientes para contener nuestra exasperación.

La pequeña carretera nos lleva hacia el exterior del valle, junto a los restos de la fortaleza mameluca de Yeni Kale que, en ese momento, es para nosotros solo un impactante y oscuro castillo en ruinas sobre un promontorio rocoso. A nuestra derecha, la aldea de Kocahisar, un pequeño grupo de casas rurales, ahora en penumbra. Puesto que ya no estamos encajonados entre montañas, intentamos por enésima vez comunicar por radio con nuestros compañeros. En ese momento, como surgido repentinamente de la nada, un hombre alto y moreno, de mediana edad, se ha acercado hasta nosotros. Absortos en la radio, no le hemos visto llegar. En un inglés sorprendentemente aceptable nos dice que vive en la cercana aldea de Kocahisar. Se interesa, lleno de curiosidad, por la razón que nos ha traído allí a esas horas. Me interroga con la mirada mientras escucha cómo yo, al pie del coche con el micro en la mano llamo insistentemente por radio. Repentinamente, la voz entrecortada de Albert suena en el altavoz. Por fin. Apenas le indicamos la referencia del castillo, que recuerda de inmediato, nos indica que sigamos un poco más adelante hasta un cruce de caminos donde el Hummer de Fernando Muñoz y el Toyota FJ de Joaquín Jiménez, van a encontrarse con nostros.

No queremos ser descorteses con el turco, quien insiste en indagar sobre nuestras necesidades, pero para nosotros no es el mejor momento para charlar e intentamos hacerle entender que nuestra prioridad es encontrar con urgencia a nuestros compañeros de ruta.

 

Animados ante la perspectiva de unirnos al grupo y descansar, nos dirigimos al lugar convenido, que encontramos a poco más de un kilómetro de distancia. La última claridad del anochecer se apaga a nuestro alrededor mientras esperamos la llegada de nuestros compañeros. Al cabo de un rato que empieza a parecernos largo, llamamos por la emisora a quien pudiera estar en ese momento a la escucha. Tras varios intentos podemos constatar que, de nuevo, nadie nos oye, pese a que dos coches venían, supuestamente, a nuestro encuentro. Paciencia, nos decimos el uno al otro. Ahora vendrán. Seguro.

En parte para no estar inactivo durante la espera y, sobre todo, porque era consciente de que la dichosa avería, convertida ya en una evidente amenaza para nuestra movilidad, podría condicionar nuestra capacidad para salir de allí, decido consumir parte del escaso saldo que aún tenía mi teléfono satélite para llamar a la persona que, sin duda, mejor conoce nuestro coche, el mecánico y preparador Carlos Acosta, en quien confío plenamente. Afortunadamente, lo localizo y ,en pocas palabras, le pongo al corriente del problema. Sin dudarlo un momento, me asegura que cualquier taller, por modesto que sea, podria hacer la reparación de emergencia que el coche necesita y que me explica rápidamente. La noticia supone un enorme alivio para nosotros puesto que, aún sin otra ayuda externa, nuestra mermada y decreciente reserva de líquido podría servirnos para alcanzar alguna población pequeña donde acabar con una de nuestras dos pesadillas. La otra empieza a tomar cuerpo a causa de una sorprendente realidad. Nadie llega al lugar de encuentro. No hay contacto alguno por radio. La noche hace rato que nos envuelve por completo. Tras otro estéril rato de tensa espera y pese a la preocupación añadida de tener que consumir más líquido, decidimos desandar el camino hasta el altozano junto al castillo, puesto que es el último lugar donde hemos podido comunicar con los demás.

Junto a la tenebrosa silueta del castillo en ruinas, ahora tenuemente enmarcada por el cielo estrellado, detenemos el motor y llamamos compulsivamente por radio a quien pudiera estar a la escucha. Pero lamentablemente, esta vez, nadie en absoluto. Adrián está nervioso y ya solo espera que nos reunamos con los demás lo antes posible. Intento calmarlo disimulando como puedo mi propio estado de ánimo. Ambos somos conscientes de que en algún momento, nuestro coche se detendrá definitivamente, en cuanto se agote nuestra mermada reserva del imprescindible líquido. Las incesantes y enervantes paradas para rellenar el dañado circuito están agotando, también, nuestra reserva de paciencia y nuestra confianza en salir de allí a tiempo para unirnos al grupo que, por otra parte, hemos perdido.

En cuanto nos ve, el turco se acerca corriendo de nuevo hasta nosotros. Le explicamos brevemente nuestra extraña situación. Se muestra excéptico sobre nuestras posibilidades de encontrar al grupo que le describimos pues, según nos asegura, por allí no han pasado. Por desgracia, no hay nada que podamos decirle que pueda servirle de pista para indicarnos el camino a tomar. Nos ofrece reiteradamente comida y alojamiento en su casa que, según nos explica, es también una posada. Lleno de sentido común, no entiende que queramos irnos. Pese a su insistencia, declinamos su ofrecimiento y, tras prometerle que volveremos allí en caso de que no encontremos a nuestros compañeros, nos disponemos a proseguir nuestra búsqueda, aunque, ciertamente, no sabemos muy bien cómo.

Nuestro único plan es utilizar el teléfono satélite, cuyo saldo es ya terminal, para intentar conseguir de nuestros amigos las coordenadas de su situación. Si lo conseguimos, tendremos quizá una oportunidad de evitar quedarnos definitivamente a nuestra propia suerte. La idea de quedarnos inmovilizados e incomunicados en plena noche en un paraje tan solitario como desconocido no nos hace ninguna gracia. Me pongo en marcha para alejarnos hacia un lugar elevado donde poder intentar la conexión con alguno de los móviles de nuestros compañeros. En un tramo cualquiera de la carretera de tierra que circunda el Nemrut por el valle que ya conocemos, a la sola luz de nuestro faros, marco el número de Jordi, el líder de la expedición. Apenas puedo oirle por lo que decido colgar para intentarlo de nuevo en otro lugar. Esta vez hablo con nuestro amigo Miguel Ángel quien, como sabré después, está intentando frenéticamente contactar con nosotros para ayudarnos. Hace unos días era él quien, en el desierto de Karakum, en Turkmenistán, pasó por una situación parecida y fuimos precisamente nosotros quienes acudimos en su ayuda en plena noche. Quizá por ello, oír su voz es un verdadero bálsamo para nosotros. Todos se encuentran hace ya un buen rato, nos explica, en una posada junto a un río truchero que les ha facilitadio la cena. Sin perder un instante,  anotamos las coordenadas que Miguel Ángel nos repite una y otra vez. Quedamos en dirigirnos a su encuentro de inmediato.

De nuevo animados, hemos introducido las coordenadas en nuestro ordenador de a bordo y trazado una complicada ruta hacia nuestro destino. La noche cerrada es causa más que suficiente para deshechar lo que parece el rumbo más directo, a través del laberinto de caminos de montaña, así que optamos por  una ruta en forma de u, mucho más larga pero, aparentemente, mucho más sencilla y segura. Según nuestros mapas, nos llevará a otro valle y al ansiado encuentro con nuestros amigos. Pocos minutos más tarde, nos vemos obligados a pasar de nuevo junto a las ruinas de Yeni Kale. Como suponíamos, sale a nuestro encuentro una vez más nuetro amigo a quien hacemos gestos de saludo mientras pasamos a su lado sin detenernos. No tenemos fuerzas ni tiempo para explicarle el por qué de tantas idas y venidas ni excusas razonables para rechazar su hospitalidad, así que hemos optado por no perder ni un segundo más en emprender lo que parece, por fin, nuestro definitivo fin de etapa.

Constatamos que el itinerario transcurre por una interminable, solitaria y oscura carretera de tierra cuya anchura, por fortuna, nos mantiene alejados de los taludes que se abren a ambos lados. Nos concentramos en llegar cuanto antes al todavía lejano punto de encuentro. El ordenador es nuestra único guía. A cada momento, le pregunto a Adrián, quien se encarga de vigilar nuestro rumbo, si recibimos buena señal GPS, si estamos en el buen camino, a qué distancia está nuestro destino…acaba por pedirme que me tranquilice, que me concentre en las curvas y que me avisará si falla cualquier cosa. Un conocido chirrido de la dirección me avisa por sí solo. Una nueva parada de mantenimiento. La rutina es hipnótica y tan apresurada como enervante. Parar motor, bajarse con guantes puestos y los frontales encendidos, Adrián al capó y al circuito, yo a por la botella abierta y la siguiente, uno con el embudo, otro rellena,  arranco el motor, baja el líquido, lo apago, más relleno, cerrar todo, guardar botellas, recontar, maldecir, suspirar, arrancar. Me culpo por no haber sabido salir de este embrollo a tiempo. Nuestro tributo de líquido consume unas reservas que empiezan a alarmarnos seriamente. Queda ya muy poco para llegar, me digo. Gracias a ello, conduzco sin titubeos a través de la noche, sabiendo que pronto terminará nuestra accidentada jornada.

Por fin, unas luces frente a nosotros. El mapa nos revela una aldea en ese lugar y apenas un puñado de kilómetros más allá, el punto donde nos espera un merecido descanso. Es hora de probar la radio. Nuestra amiga Oliva, la encantadora mujer de Miguel Ángel nos contesta con sonido nítido. Se alegra de oírnos tanto como nosotros de escuchar su voz. Estimamos que apenas nos queda un par de kilómetros para dar con ellos aunque aún no hemos encontrado el camino que nos saque de la carretera serpenteante y nos lleve a la casa de campo donde nos esperan. Nos han guardado cena. Por fin, vamos a poder detenernos. Llevamos más dieciséis horas en el coche y las  últimas cinco han sido demoledoras.

El lugar señalado por nuestras coordenadas se hace de rogar. Damos vueltas y más vueltas en sus cercanías subiendo y bajando, yendo y viniendo, entrando y saliendo de docenas de pequeños caminos rurales a la búsqueda del camino que nos acerque al destino. Consultamos una y otra vez los gráficos inequívocos del ordenador. Nada. Oliva, cada cierto tiempo, nos da una nueva pista para que podamos encontrar el camino bueno. Pero ninguna de ellas acaba por servirnos. En una ocasión llegamos a internarnos en una pequeña finca cuyos moradores nos miran alarmados por nuestra presencia, dispuestos a defenderese del extraño asalto a la quietud nocturna de su casa. Damos la vuelta en una maniobra casi imposible para evitar estropear su pequeña huerta y nos alejamos para refugiarnos en nuestra soledad errante. Algo va mal. ¿Dónde está la casa que buscamos? Lo que intuíamos como un pronto y feliz encuentro estaba tornándose una intriga muy desagradable.

Por si faltaba algo, nuestro ordenador de a bordo se acaba de colgar. Nos detenemos. La única ventaja de que estemos en un lugar tan poco transitado es que podemos parar el coche en cualquier momento allí donde nos plazca. Adrián tiene que reiniciar el ordenador y yo intento relajarme. El proceso se nos antoja inoportunamente lento. Hay que rearrancar todos lo programas de navegación e introducir las coordenadas de destino otra vez. Por fin estamos listos. El GPS nos indica de nuevo la dirección y la distancia. Pero algo extraño sucede. Atónitos, comprobamos que ahora señala en dirección opuesta y que la distancia a recorrer pasa de ser unos 600 metros a unos ¡¡40 kilómetros!! Sin mediar palabra, Adrián repite todo el proceso. Yo le ayudo corroborándolo, paso por paso. Nada cambia. Lo hacemos de nuevo. El resultado es siempre el mismo. Hemos anotado en nuestro cuaderno, con extremo cuidado, las coordenadas que Miguel Ángel nos ha dado. Son correctas con toda seguridad.  Sin embargo, todo indica que las que nos han guiado hasta aquí estaban equivocadas.

El destino parece jugar con nosotros. Nos sentimos abatidos. Adrián, habitualmente tan eficaz en su papel de navegante, ha cometido un pequeño y desgraciado error al introducir los datos en el ordenador. Tras la obsesión por transcibirlos con exactitud de la ruidosa comunicación de radio a nuestro cuaderno, ninguno de los dos hemos repasado las cifras tecleadas al programa de navegación, al que seguimos ciegamente. Nuestro error nos ha alejado fatalmente de nuestros compañeros y una penosa mezcla de cansancio, frustración, rabia e impotencia nos domina por completo. En la radio suena la llamada de nuestra compañera, que no entiende por qué aún no nos ha visto. Decido contestar yo antes de que Adrián lo haga y se castigue aún más, acusándose de la situación. Al fin y al cabo, habíamos fallado ambos. Instintivamente, comunico que nos dirigimos al punto de encuentro con algo de retraso porque hemos cometido un error de navegación. Ni siquiera intento calcular el tiempo necesario para recorrer el endiablado itinerario nocturno que repentinamente nos separa de nuestra interlocutora. Ni quería comprobar lo tarde que era en en el reloj. Y me resisto a pensar en el maldito líquido de la dirección. Nuestra amiga no nos pide explicaciones ni pregunta nada, adivinando nuestro estado de ánimo.

Ponemos rumbo hacia el nuevo objetivo de manera automática. Una vez más recorremos la serpenteante y oscura carretera de tierra, ahora desandando nuestro último recorrido. Luchamos inútilmente contra el tiempo sabiendo que es una batalla ya perdida hace mucho rato. En realidad no sabemos qué otra cosa intentar. Cuando nuestra avería haya agotado el ya escaso líquido de que disponemos, nos detendremos. Es lo único de lo que tenemos certeza. Apenas nos hablamos. ¿Qué vamos a decir? Pasado un buen rato de silencio, obligadas paradas y curvas infinitas, rebasamos una vez más el promontorio del castillo en ruinas para seguir el nuevo rumbo que nos conduce, como en una burla del destino, al camino que ya habíamos recorrido horas antes. Al pasar, no miramos hacia la aldea por temor a encontrarnos con el solícito turco y enfrentarnos a sus preguntas, perdiendo un tiempo que se nos escapa a chorros, como nuestro lubricante. Seguramente ya hace mucho que duerme.

Muchas curvas más tarde, trazadas con exasperante lentitud por culpa de nuestra avería, después de la enésima parada de mantenimiento, a sabiendas de pretender un absurdo, decidimos que la distancia a nuestro destino es demasiado larga aún como para estar seguros de poder llegar con el exiguo resto de líquido de dirección disponible. Nuestras posibilidades inmediatas empiezan a agotarse. Adrián se impacienta ante la idea de quedarnos allí, en un lugar inquietante, solitario y remoto. Decido no continuar y reservar nuestra ya escasa autonomía para poder salir de allí en la única dirección posible conocida, las ruinas de Yeni Kale y la casa de nuestro ahora añorado amigo turco.

Mientras tanto, Miguel Ángel, nuestro compañero, cuya incansable amistad le mantiene en guardia permanente a la espera de vernos seguros, ha salido con su coche del lugar donde todos ya duermen para alcanzar una cota suficientemente elevada como para poder comunicar con nosotros por radio. Su voz sale del altavoz de nuestro coche nítidamente. Cálida y reconfortante para nosotros pese a la inconfundible tensión que se aprecia en ella. Mantenemos una breve conversación en la que nuestro amigo nos convence, en realidad yo ya estaba convencido de antemano, del peligro que implicaría intentar proseguir nuestro intento de aproximación. Es consciente de nuestro agotamiento y de nuestras lamentables circunstancias técnicas. Nos hace prometerle que no nos moveremos de donde estamos hasta que no hayamos descansado unas horas o hasta que, con el día, puedan montar una operación de ayuda eficaz. No cerramos la conexión hasta que está seguro de que lo haremos así. En realidad, no hubiéramos podido hacer otra cosa.

Esa noche transcurrió breve y extraña. En una cuneta de algún camino en las cercanías del mistereioso Nemrut Dagi. El amanecer nos despertó por partida doble. Porque nuestra aventura parecía, al alba, una pesadilla, un mal sueño. Algo más tarde, nuestros compañeros llegaban hasta donde estábamos. Miguel Ángel, quién si no, tenía algo de líquido de dirección en su propio coche que nos sirvió para lograr alcanzar la población de Katha y un taller salvador, alejados ya del monte maldito. Maldito, al menos para Adrián y para mí, que no pudimos siquiera acercarnos a la tumba de Antíoco. Nuestra nacionalidad, alemana, como la del hombre que profanó su milenario secreto por primera vez, confundió quizá a los espíritus que la guardan, quienes averiaron nuestro coche, torcieron nuestra suerte y nublaron nuestro entendimiento.

 

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Ha nacido iGod

La temprana muerte de Steve Jobs lo eleva al altar de los mitos históricos

Apple

Vaya por delante que no he conocido a Steven Paul Jobs, ese californiano de origen sirio educado en una familia de origen armenio cuya pasión de adolescencia por los juguetes electrónicos innovadores acabó por llevarle tan lejos. Acabó por llevarle a predicar sus excelencias con tal intensidad y convicción como para que  varias generaciones lo veneren como a un auténtico profeta. No he conocido a Steven, la persona. Ignoro si hubiera sido mi amigo o no. No sé cómo era para los suyos, ni en su entorno vital. No conozco su verdadera personalidad. Por eso quiero dejar constancia de que, a su muerte, siento lo mismo que ante el fallecimiento de un desconocido. Respeto y distancia.

Pero aclarado esto, quiero referirme a esa religión de la que Jobs es líder espiritual, ahora ya en manos de la historia y camino del olimpo. Una religión que cuenta con decenas de millones de fieles y con miles de predicadores vocacionales. Quiero hablar de Steve Jobs, el objeto de culto, el venerado profeta. Nunca como hoy, el día en que Steve  ha detenido para siempre su humano caminar, hemos podido comprobar hasta qué punto es un mito excepcional, una de esos personajes cuya fuerza icónica supera inevitablemente cualquier intento de perfilar objetivamente su figura.

Jobs, probablemente, ha hecho mucho menos de lo que sus seguidores le atribuyen y mucho más de lo que apenas se le reconoce

Pero, ¿qué ha hecho de Jobs un dios de nuestro tiempo? ¿Qué le ha convertido en un ser tan admirado, venerado, casi adorado? Porque Jobs, probablemente, ha hecho mucho menos de lo que sus seguidores le atribuyen y mucho más de lo que apenas se le reconoce. Como innovador de tecnología, no pasó de ser un inteligente y exigente aficionado, aunque esta afirmación me valdrá que muchos lectores abandonen aquí este artículo. Ahí radica parte de la explicación del fenómeno Jobs. En su capacidad para captar fieles seguidores de sus afirmaciones, de sus opiniones, de todo lo que hizo o dijo, capaces de defenderlo como algo propio. Un éxito mediático personal que no tiene parangón en el mundo mercantil.

Como he dicho antes, su aportación como innovador no ha sido lo que él ha conseguido que parezca. Veamos algunos ejemplos. El ratón y esa manera paradigmática de manejar mediante iconos y clics un ordenador fue obra de Douglas Engelbart años antes de que el novedoso Apple Lisa lo hiciera suyo. Pero es la empresa de Jobs la que lleva los laureles. El MP3 y las herramientas que lo convirtieron en magia para llevar en el bolsillo toda nuestra discografía fueron, tras varios antecesores, definitivamente alumbrados por la Fraunhofer Society años antes de que Jobs acuñara la sacrosanta i del iPod, pero fue a él quien parece haberle correspondido la gloria del invento. HTC había ya desarrollado un smartphone con pantalla táctil años antes de que el sagrado iPhone capitalizara para siempre ese mérito. El tabletPC existía mucho antes del lanzamiento hiperbólico y omnidifundido del iPad

Su concepto de lo conveniente para la sociedad es muy discutible

Tampoco podríamos decir de Apple que ha dado ejemplo como empresa responsable en el desarrollo de sus productos.  La arquitectura cerrada, en contraposición a la arquitectura abierta de los PCs, una de las obsesiones de Jobs, ha implicado una cultura de “usar y tirar” nada edificante. Basta que un elemento de un Apple sea superado por una nueva generación, para que todo el equipo quede obsoleto. Además, la dependencia absoluta que los usuarios de Apple tienen de los suministros y desarrollos de la marca impide la competencia y tiene tintes abusivos, aunque los adictos nunca se hayan quejado. Recordemos también los años que Apple se resistió a retirar de sus fórmulas de fabricación el PVC o los retardantes bromados, cuando ya muchos de sus competidores lo habían hecho. Por cierto, Samsung fue uno de los primeros en hacerlo. O el desprecio de Apple hacia las ventajas ergonómicas y ecológicas de la tinta electrónica frente a la pantalla luminosa, un enorme avance ignorado por el iPad…

Habría que instituir un Premio Nobel del Marketing sólo por él

Sin embargo, son indiscutibles los apabullantes méritos de Steve Jobs. Habría que instituir un Premio Nobel del Marketing sólo por él. Para reconocer su inigualable genialidad. Steve Jobs se haría merecedor de él media docena de veces, al menos. Que nadie interprete mal mi alusión al marketing. No es en absoluto peyorativa. Me refiero a esa importantísima disciplina empresarial bajo cuyas directrices y principios nacen y evolucionan los productos e, incluso, las empresas mismas.

Steve Jobs supo, como muy pocos, penetrar en la psicología del usuario potencial para obligarse y obligar a sus colaboradores a buscar obsesivamente los rasgos que hacen de los productos de consumo algo diferente en la mente del consumidor, algo, sobre todo, deseado. Steve Jobs supo refrendar como nadie uno de los más permanentes axiomas del marketing según el cual es mucho más importante la percepción que el consumidor tiene de un producto y de sus singularidades que la realidad de su verdadera naturaleza.

Cualquier experto en marketing sabe que un producto verdaderamente nuevo y revolucionario se vende mal. Está destinado, en el mejor de los casos,  a que los consumidores de riesgo, algunos atrevidos snobs sirvan de pioneros tras los cuales, con el tiempo, llegue el gran mercado. Sin embargo, una vez que un producto es aceptado y ha perdido su condición de rareza, el único desafío que impone el marketing para llegar al éxito es encontrar la diferencia que lo haga más deseable que sus competidores. Diferencia real o aparente. Pero no basta con eso. Hay que difundirla, comunicarla, hacerla presente como una verdad indiscutible. Steve Jobs sabía todo esto más que nadie. Y sobre todo, lo puso en práctica como nadie. Siempre encontró esas diferencias, reales o aparentes, siempre deseables. Su capacidad para difundirlas con un coste mínimo ha sido asombrosa, un alarde de dominio de los medios. Fue dueño de los telediarios, de la prensa, de los debates, de los botellones… Supo subordinar la perfección a la seducción, la invención al diseño, lo bueno a lo adictivo. Su concepto de lo conveniente para la sociedad es muy discutible, aunque el concepto que tuvo de lo conveniente para su empresa rozó lo sobrenatural.

Hoy mismo he podido escuchar el testimonio de un seguidor de Apple narrando cómo se había caído del caballo, según sus propias palabras, como San Pablo, para convertirse a la religión de la Manzana: “Yo siempre había tenido un PC. Pero cuando compré mi nuevo iMac, caí vencido nada más ver y tocar su embalaje, su textura, cómo encajaban las solapas…todo.” Esa ha sido la verdadera magia de Jobs. Entender como nadie que el precio solo ha de tener relación con el valor subjetivo que para un consumidor tiene poseer el objeto que compra, el objeto soñado. Entender como nadie que el deseo irracional puede mover el mundo más que la propia razón. Y saber dónde nace y de qué se alimenta ese deseo. Un secreto que quizá se haya llevado consigo.