¿Qué fue del 15 M?

Todavía hay quien habla, aunque cada vez menos, de la conocida como “Spanish Revolution” que eclosionó el 15 de mayo de 2011. Para muchos, un ejemplo de movilización cívica contra una democracia incapaz de dar respuesta a los problemas reales.

De pronto, la Puerta del Sol madrileña era lo nunca visto. Pacifismo a ultranza y protesta sin paliativos en una combinación ejemplar. La expresión viva de una sociedad cansada de la inoperancia de la clase política vigente. Una mezcla ghandiana que sedujo a propios y extraños. Una luz de esperanza en el monótono túnel de una crisis sin culpables oficiales ni soluciones creíbles. Un alto en el camino para revisar nuestro compromiso con los valores democráticos que todos tanto decimos defender.

Da igual si el movimiento 15M se inspiró en las sentadas de las capitales musulmanas o si fue fruto de la efervescencia de las redes sociales. Lo cierto es que para muchos, entre los que me cuento, fue un gran revulsivo, el repentino despertar de un letargo lleno de escepticismo y desesperanza. Tanto simpatizantes como detractores hablábamos cada día de esa  Puerta del Sol, repentinamente reconvertida en el auténtico kilómetro cero de una nueva forma de convivencia. Unos aplaudíamos, otros se mostraban escépticos o despectivos, otros perplejos y los más, interesados. Todos nos preguntábamos ¿y ahora qué? Una pregunta que, por desgracia, no iba a ser nunca respondida.

La Puerta del Sol apareció como el auténtico kilómetro cero de una nueva manera de convivencia

Una de las cosas que ha hecho del movimiento de “los Indignados” algo verdaderamente inédito es que, además de concitar a muchos jóvenes, siempre ávidos de cambio, también incorporó a mayores de toda condición, que anhelaban un futuro más esperanzador, cansados de ser la comparsa de un régimen cada día más ineficaz y frustrante. Con su presencia física o simplemente con su simpatía, el movimiento crecía alentado por estudiantes, parados, amas de casa, intelectuales, obreros, okupas, inmigrantes, oficinistas, políticos en desuso, y toda clase de gente, sorprendentemente, un río de personas que no se sentía representada por nadie en los foros públicos.

Por supuesto, todos los medios de comunicación encontraron una valiosa mina en la Puerta del Sol. La plaza de Tahrir de El Cairo o la de la Qasba de Túnez, ahora en el mismísimo patio de nuestra casa. Puesto que indignación no falta en nuestros días, sobretodo ante un poder político incapaz de despejar incertidumbres y, aún menos, de llenar las despensas y los bolsillos, una imparable y creciente resonancia se puso en marcha. ¿Y ahora qué? seguía siendo la pregunta clave. Mientras se alzaban tiendas de campañas, se redactaban ingeniosas pancartas y se constituían espontáneas e idealistas asambleas, llegaron las elecciones municipales.

Las elecciones son a los medios de comunicación, al menos en España, lo que la miel a  las abejas. Acostumbrados a protagonizar la fiesta ritual de la democracia desde los tumultuosos años setenta, nada ni nadie iba a impedir que focos, flashes y redactores cumplieran con la liturgia sagrada de freírnos hasta abrasarnos con datos de porcentajes, participación, vencedores y vencidos, celebraciones y lamentos, pactos, declaraciones, contradeclaraciones, dicciones y contradicciones extraídos del día grande de las urnas. “Los Indignados” deberían esperar a que la veleta de la actualidad publicada les fuera de nuevo favorable.

Mientras tanto, pese a perder brillo mediático y gracias a la tenacidad de sus menguantes protagonistas, el 15M fue sedimentando lo que iba a germinar como movimiento asambleario primero y, finalmente, como el partido político de nuevo cuño y nuevas promesas Podemos, bajo el liderazgo del incansable Pablo Iglesias. Una broma del destino quiso que su nombre fuera idéntico del que fuera, más de un siglo antes, el mítico fundador del Partido Socialista Obrero Español, al que Iglesias incluiría en su peyorativo “partidos de la casta”.

¿Acabó Podemos con el 15M o el 15M murió para alumbrar Podemos?

Hay quien dice que Podemos acabó con la vida del 15M y quien sostiene que el 15M murió para dar a luz a Podemos. Sea como fuera, Podemos, ya integrado en el sistema parlamentario, es el depositario de un encargo lleno de esperanza aunque escaso de concreción que representa nada menos que a todos los que quieren ver cómo el sistema se renueva, se limpia y se acerca a las inquietudes reales de quienes apenas tienen más voz que un voto cada cuatro años. 

Es descorazonador, aunque quizá no demasiado sorprendente, que Podemos haya acabado por ser sólo una nueva secta de la izquierda, incapaz de asumir un papel distinto, transversal e integrador, precisamente para superar una actitud política que, abducida por las refriegas electorales, suele acabar por alejarse poco a poco de la vista del ciudadano, y desde luego, de los indignados de a pie, esos que miraban, callados, con brillo en sus cansados ojos, al prometedor 15M. 

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