Morir por una bandera

Entre el espectáculo morboso, la épica nacionalista y la ingenuidad histórica, la activista saharaui Aminatou Haidar “amenaza”con morirse, mientras sus seguidores jalean el drama desde la barrera.

No, no estoy de acuerdo, no puedo estarlo. ¿Quién puede estar de acuerdo con que una nación es más que una vida? Porque martirio no es lo mismo que suicidio. No, no estoy de acuerdo con quienes animan a Aminatou a resistir.

Claro que las desigualdades y las infames injusticias no afectan sólo a las personas como individuos. Afectan también, por supuesto, a muchos pueblos que sienten su identidad como el único patrimonio que heredaron de su antepasados. Un patrimonio colectivo que se asienta en la tierra en la que sus padres nacieron, rieron, lloraron y murieron. Un bien  sagrado. Un bien que nunca podrá ensombrecerse bajo ninguna bandera.

Una bandera no podrá nunca robar el corazón de nuestra memoria más querida. Pero, a menudo, sí puede robarnos la razón…y la vida.

Pero demasiadas veces en la historia se ha jugado con la tierra y con el poder que la puede dominar, para enseñorearla por la fuerza de las armas, de la riqueza o del miedo. Los pueblos llanos han servido siempre como  combustible barato para avivar los desafíos nacionalistas, ese virus irracional que se alimenta de odios, de envidia, de guerras y de inútiles héroes. Porque los héroes que caen por una bandera son siempre inútiles. Dejan tras de sí un reguero de sangre que tiñe a partes iguales de vanidad y rabia a vencedores y vencidos, que amontonan sus mitos, los de unos  sobre los de los otros, con cada muerte, con cada luto. Los inútiles héroes del nacionalismo son productos del miedo que nunca cesa, sacrificios en el altar que los sacerdotes del poder mantienen ante ellos, como un espejismo de falsa esperanza.

Aminatou Haidar en huelga de hambre

Si los hijos de Aminatou Haidar no piden a su madre que desista de arriesgar su vida  por causa de su nación es porque ellos también han sido raptados por la deslumbrante promesa de gloria eterna para su madre. Pero les han engañado. No hay gloria para los vencidos, ni amor para los vencedores. Sólo lápidas manoseadas por los que siguen luchando sin fin. Las naciones pasarán, la historia se retorcerá entre los recovecos de sus contradicciones. Pero la tierra seguirá siendo llamada madre porque una madre es nuestro máximo valor. Una madre vale por todo lo que nace de ella. Vale tanto que nos hemos querido creer que esos niños, los hijos de Aminatou aceptan su sacrificio. Sólo porque oyen que su madre es una heroina que camina hacia el altar sin mirar atrás .

¿Dónde están las izquierdas internacionalistas que siempre han avisado del abismo humano al que conducen los nacionalismos? ¿A quién quiere amnistiar Amnistía Internacional cuando apoya la huelga de hambre de Aminatou? ¿Qué hacen los “intelectuales” que se solidarizan con ella?¿Por qué ninguno de ellos se suma a la huelga suicida, si tanjustificad está? ¿Por qué es más importante presionar al gobierno de Marruecos para que ceda una baza en la inacabable partida que a a la misma Haidar para que no se descarte de su inapreciable vida?¿Por qué no ha habido hasta ahora una lucha tan notoria por la nación saharaui?¿Acaso faltaba la víctima propiciatoria?

Una bandera no podrá nunca robar el corazón de nuestra memoria más querida. Pero, a menudo, sí puede robarnos la razón…y la vida.

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