Pasa la bola

  • 28 Nov, 2009
Pasa la bola. Pasa la Tierra
Noticias "sin importancia". Octubre de 2009

Los desequilibrios provocados por una civilización insolidaria son tan alarmantes como siempre lo fueron.

La crisis de los países desarrollados ha movilizado inmensos recursos para salvar las instituciones de la prosperidad y la riqueza.

La última alarma suena porque Dubai no es capaz de terminar sus ciudades de oro.

Los países marginales no saben de crisis porque luchan por la supervivencia.

Un mundo sostenible habrá de incluir también un sentido elemental de la convivencia con otras especies.

Quizá debamos empezar por nuestra propia convivencia como humanos.

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El marketing de las grandes compañías hace de la ecología su principal argumento, aunque con poca coherencia.

La campaña de Toyota “Había una vez un bosque” es una muestra de la ligereza de cierto tipo de campañas

Está de moda que las grandes marcas argumenten sobre su conciencia medioambiental y lancen iniciativas ecologistas de todo tipo, como parte de su política de imagen pública. Las campañas populares de reforestación son especialmente recurrentes. La simplicidad y escaso coste de su planteamiento, la indiscutible bondad que proyecta la acción de repoblar los montes y el sencillo atractivo para la participación de quienes quieran implicarse activamente a favor del medio ambiente, pero no saben bien cómo, son factores clave para que estas campañas encuentren, nunca mejor dicho, el terreno abonado, para su proliferación.

Recientemente, Toyota, la multinacional de mayor éxito en el sector del automóvil durante las últimas décadas, ha invitado a sus cliente a participar en su Día nacional de la Reforestación, segunda edición. Siguiendo la estela de altisonante militancia a favor del medio ambiente de todo su sector que, junto con el energético-petrolero, parece abanderar la lucha contra el cambio climático desde hace algún tiempo, Toyota despliega para ello todos los encantos del markerting y el diseño.

La marca ha propuesto a niños y grandes de buena voluntad que, armados con unas semillas, 160.000 bellotas certificadas (sic) y un azadilla, planten árboles una bonita mañana de otoño. Todo un alarde de medios se ponen en marcha para este noble fin. Desde una página web, toda verde ella, en la que no faltan personajes animados creados para este fin, como un Robin Hood de la reforestación,  hasta toda una organización logística para que cada voluntario sepa exáctamente dónde y cuándo debe presentarse. No faltaron en el evento fotografías, diplomas, buen ambiente y un bocata, obsequio de la casa.

Nada que objetar. Si no fuera porque para convocar a los usuarios, Toyota ha realizado un mailing cuyo contenido es, cuando menos, sorprendente. Posters a todo color, sobres, cartulinas satinadas y toda clase de material impreso, no precisamente reciclado.

Más de uno pensaría que tendrá que plantar más de la cuenta para compensar el consumo de madera en paprel publicitario. En cierto modo es como plantar lo desplantado. Una ecología de quita y pon.

A esta paradójica cuestión hay que añadir que, para poder colaborar en la reforestación, es necesario registrarse en la web que Toyota tiene a tal efecto. Aunque parece que sólo se trata de facilitar a cada uno las instrucciones particulares para su participación, lo cierto es que cuando uno se registra, acepta, al mismo tiempo, unas condiciones contractuales por las que su dirección es incluida en la base de datos del departamento de marketing de la firma con explícito consentimiento para que pueda ser utilizada en acciones publicitarias llevadas a cabo por cualquier medio. Y si no, ¡no hay bellotas!

En fin, todo no puede ser. Reforestar sin derrochar papel y tinta o apuntarse a colaborar sin ceder tu dirección al marketing directo es mucho pedir. Es lo que pasa cuando el medio ambiente depende de un fabricante de coches.


La generación suicida

  • 17 Nov, 2009

El País, 16/11/2009

El poder político, tanto los partidos nacionales como los grandes líderes internacionales, reflejan una sociedad que, salvo excepciones, es inacapaz de reaccionar ante el desastre planetario que provoca su adicción patológica al consumo y al materialismo.

Copenhague, el último de los intentos para que el mundo reaccione ante el desastre global medioambiental será un nuevo y trágico fracaso. EEUU y China, los dos mayores contaminantes del mundo y líderes económicos internacionales, no darán el enérgico aunque tardío golpe de timón en sus políticas que el planeta necesita .

Vivimos en un mundo que debate, con más ardor del conveniente, sobre si Dios existe o no, sobre si es uno o son varios y sobre si es propiedad de tu religión o de la mía. Es comprensible que, a la luz de la ciencia y del poder de la tecnología, se ensanche el camino para el agnosticismo e, incluso, para el ateísmo.

Mucho menos comprensible es que se renuncie a ética alguna, a un sentido, al menos intuitivo, de la moral y de la justicia. Probablemente son valores necesarios para nuestra propia e individual supervivencia bajo el principio de no desear para nadie lo que no deseas para tí.

Pero lo que escapa a toda lógica, lo que es ajeno a la mínima razón, al sentido común más común, es dar la espalda a la realidad indiscutible de que la Naturaleza es, a la vez, nuestra madre y nuestra casa.

Madre Tierra” no es un concepto folclórico de nuestro acerbo tradicional. Es una idea que, de momento, no puede ser negada. Es nuestra madre, ya que de ella procedemos y de ella nos alimentamos, como también es nuestra única casa, el único lugar del Universo donde somos capaces de vivir. Sin la Tierra, no tenemos nada.

“Madre Tierra” no es un concepto folclórico. Es una idea que no puede ser negada. De la Tierra procedemos y de ella nos alimentamos. Es el único lugar del Universo donde somos capaces de vivir. Sin la Tierra, no tenemos nada.

Sin embargo, la mayor parte de la humanidad vive de espaldas al problema que nuestro modo de vida ha generado. La insostenibilidad, el calentamiento global, el deterioro de la biodiversidad, el agotamiento de los recursos naturales, son conceptos que, en todo el mundo, se asocian a ciertos movimientos políticosociales, verdes, ecologistas, progres o antisistema, según las distintas sensibilidades, pero que no se asumen como el eje de nuestras preocupaciones ni de nuestras prioridades.

Crecimiento, una palabra que suena bien. ¡Qué crecidito estás! decimos a los chicos que se crían sanos. Pero en economía “crecimiento” sólo significa “aumento de las compraventas y del consumo”

Recientemente, hemos visto cómo los gobiernos de todo el mundo industrializado ponían en marcha una inmensa operación global sin precedentes para salvar el sistema financiero mundial. La gran preocupación de todos ellos era recuperar el crecimiento. Una palabra que suena bien. ¡Qué crecidito estás! decimos para piropear a los chicos que se crían sanos y se nutren bien.

Pero en economía “crecimiento” sólo significa “aumento de las compraventas y del consumo”. Y este aumento permanente, desencadenado desde la primera revolución industrial, hace ya dos siglos, es una máquina que, además de engrandecer los capitales hasta hacer de las grandes multinacionales entes mucho más poderosos que los gobiernos, es también  responsable de que las vidas de millones de personas se hayan convertido en una simple compulsión por consumir, mientras otros muchos millones, sumidos en la pobreza, aspiran a ese falso paraíso que el marketing vocea globalmente.

Pero el crecimiento es también es, fatalmente, el causante de que en nuestra Tierra, en nuestra querida e imprescindible Tierra, esté en peligro nuestra propia supervivencia. Porque ya no hay recursos naturales suficientes para atender el voraz apetito de la producción, se ha desbordado la capacidad natural para “digerir” nuestros descomunales desechos y nuestras crecientes emisiones envenenan el aire y filtran el sol. Porque el calentamiento global puede acarrear un cambio tal en nuestros ecosistemas que nadie pueda asegurar ya dónde ni de qué modo habrá un hábitat que permita mirar al futuro de nuestros hijos sin agachar a cabeza.

El consumismo desaforado infecta nuestras mentes de forma tal que quizá hayamos encontrado nuestro fin como civilización a manos de nosotros mismos.

¿Cuántos científicos más deben advertirnos e ilustrarnos sobre el problema? ¿Cuántos desastres naturales extraordinarios más han de suceder?¿Cuántas especies más han de desaparecer?¿Cuántos mares hay que envenenar?¿Cuántas más tierras han de convertirse en desierto?¿Cuántas veces más debemos rehuir nuestra grave responsabilidad?

La única respuesta posible a preguntas tan insólitas es que la sociedad está enferma.  Como el toxicómano, como el ludópata, como cualquier adicto grave, el ciudadano moderno de los países industrializados prefiere dejarse llevar por las voces que justifican su patología, esas que, contra toda lógica, niegan la gravedad de la situación para perpetuar un statu quo que favorece sus intereses. El consumismo desaforado, verdadero motor del mundo contemporáneo, infecta nuestras mentes de forma tal que quizá, si no encontramos un momento de lucidez suficiente para sacudirnos de  nuestras dependencia y reordenar nuestras prioridades, hayamos encontrado nuestro fin como civilización a manos de nosotros mismos.


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