La fiebre del hielo

  • 29 Jul, 2009

De espaldas al cambio climático y los graves riesgos medioambientales, Dinamarca, Estados Unidos, Canadá, Noruega y Rusia enarbolan las viejas banderas coloniales y se disponen a repartirse la explotación del gas y el petróleo del Ártico.

Expectativas de extracción de hidrocarburos en el Ártico (The Economist, 2009)

Justo cuando el mundo empieza lentamente a reaccionar frente a sus propios excesos, alertado al fin ante las consecuencias de su ligereza energética, apenas recién nacida su incipiente conciencia medioambiental.

Justo cuando hablar en serio de energías renovables y consumo sostenible no es una exclusiva de extravagantes ecologistas. Cuando el cambio climático es un hecho  que se alza como una gran señal de alarma global. Cuando, aunque sea gracias a la crisis del capitalismo real, se buscan en todas partes alternativas viables a lo que ha sido una insensata y desenfrenada explotación de los recursos naturales del planeta. Justo cuando el discurso verde, por fin, se abre paso, hemos descubierto, maldita sea, una enorme reserva de gas y petróleo bajo los hielos del cada vez menos remoto, cada vez menos helado Ártico.

Bandera de titanio con la que Rusia "conquista" el fondo ártico

Instigados por el lobby petrolero y sin que nada ni nadie pueda frenarlo, al amparo de la llamada Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, firmada en 1982, cinco países pugnan por hacerse con la explotación exhaustiva del subsuelo marino que circunda el Polo Norte. También conocida como la “Constitución de los océanos”, esta convención dio legalidad plena a lo que era un hecho desde hacía décadas, la ampliacón a 200 millas del área sobre la que un país ribereño tenía derechos exclusivos preferentes. Estos derechos no eran otros que los que la evolucionada tecnología de prospección y explotación de recursos marinos de la segunda mitad del siglo XX podía ofrecer a una economía ciega de amor al crecimiento, aún ajena a la dimensión real de sus excesos.

Gracias a estos avances, la plataforma continental, la zona no profunda que circunda las costas, se fue constituyendo en una fuente de enorme potencial de riqueza. Lo demás no es más que una prosaica discusión sobre derechos de propiedad, de soberanía, en terminología política cuyo resultado es la Convemar. Pero lo grave es que esta convención internacional deja abierta la puerta a la ampliación del área de eventuales explotaciones de los recursos minerales ·nacionales” más allá incluso de las famosas 200 millas, siempre que se demuestre que la plataforma continental se extiende más allá de ellas. Desde que se conoce la riqueza de las reservas energéticas del Ártico, todas las plataformas continentales de la zona se están considerando mayores. Para que quede claro, Rusa realizó un gesto inédito de gran impacto, cuando un robot alzó sobre el fondo ártico su bandera nacional. Hasta el punto que, prácticamente no queda ya área ártica in pretendiente.

Asistimos a una surrealista versión de la fiebre del oro, lo que podría ser cómico si no fuera porque estamos jugándonos el futuro del planeta. No cabe duda de que existe una inercia descomunal que no cesa de empujar a favor del viejo y dañino hábito de explotar todo lo explotable, allí donde se encuentre, siempre que sea rentable. Al Océano Ártico le esperan días de prueba. Su calentamiento, motivo de preocupación para muchos, es visto por algunos grandes inversores como fuente de nuevas oportunidades. A la eventual explotación de su subsuelo se unirá, si nadie lo remedia, la de sus rutas de navegación que se prevén abiertas todo el año para el 2050.

Muchos se frotan las manos. Otros se lavan las manos. Los demás, nos echamos las manos a la cabeza.


El que quema, mata

  • 28 Jul, 2009

Asesinos con cerillasDespués de tantos años denunciando el azote del fuego provocado en el monte, la sociedad no encuentra el modo de ser eficaz contra esta maldición sin fin. Mientras tanto, la vida, la del bosque y la de sus héroes, es simpre la víctima.

Si es verdad que la deforestación avanza a la velocidad que se nos dice, si es verdad que el aumento de CO2 en nuestra atmósfera es tan alarmante, si es verdad que la disminución de las masas forestales a favor de cultivos y urbanización es tan dañino, si es verdad que el aumento de los desiertos hace desaparecer la vida en todas sus formas, si es verdad que cuando vemos que el fuego consume siglos de naturaleza, si son verdaderas las muertes que ello provoca.

Si todo esto es verdad, entonces, quienes provocan conscientemente el fuego y la destrucción de los bosques, son asesinos. La sociedad debiera asumir de una vez que la gravedad de los actos incendiarios en la naturaleza no es menor que la de utilizar armas biológicas, por poner un ejemplo de algo extremadamente condenado por nuestra civilización.

Es obvio que sofocar un incendio forestal es, en la mayoría de los casos, complicado y difícil, cuando no imposible. El aumento constante de medios que las distintas administraciones españolas, por ejemplo, han sostenido durante las últimas décadas, no ha servido más que para paliar algunos daños, sufrir y lamentar otros y, como balance final, para conseguir una agridulce sensación de haber cumplido con una obligación moral, por una parte, y por otra, haber resultado inútil.

Por otra parte, el negocio de la extinción puede florecer, pese a su dudosa utilidad social. No es de esperar que este sector promueva, precisamente, una disminución de los incendios, sino más bien, su protagonismo en ellos.

Extracto resumido por GreenFacts del informe de la FAO 2005

Pero lo más triste es que el comportamiento normal de las economías modernas, acarrea mucho más daño que el de estos odiosos asesinos furtivos. Permanentemente inmersas en esa peligrosa huida hacia adelante que supone el constante crecimiento cuantitativo de la producción como única respuesta a los desequilibrios del desarrollo humano, arrasan bosques y espacios naturales, a lo que añaden nocivas y contaminantes actividades. Consumismo, desigualdad y codicia son un coctel explosivo tan incendiario como esa maldita cerilla que, al abrigo de las sombras, desata un infierno tras otro en nuestros veranos.


Rayan sí estaba solo

  • 24 Jul, 2009

Rayan sí estaba solo

Al grito de “¡Compañera, no estás sola!” se han alzado las enfermeras, tras la muerte del bebé Rayan, para protestar por el trato que reciben. Como antes hicieran los jueces y otros colectivos, pretenden dar su cara más solidaria sólo cuando peligran sus propios intereses.

Manifestaciones multitudinarias, paros laborales y declaraciones públicas de denuncia sobre las condiciones en que las enfermeras han de trabajar han recorrido nuestros hospitales tras la trágica muerte de Rayan, un bebé prematuro que, por desgracia, fue protagonista mediático toda su cortísima vida.

La repentina noticia del accidente clínico por el que el bebé perdía la vida trajo consigo que todos los medios fijaran sus objetivos sobre otros casos anteriores que no tuvieron relevancia pública, aunque causaran también tanto dolor y estupefacción en sus respectivas familias como el triste caso de Rayan.

Una ventana del Hospital Gregorio Marañón y un enfermera anónima haciendo la V, el signo de la victoria
Una ventana del Hospital Gregorio Marañón y una enfermera anónima haciendo la V, el signo de la victoria

Hoy, las enfermeras, apoyadas por sus instituciones corporativas, pretenden hacer ver a la sociedad que su indignación tiene que ver con su honda preocupación por evitar estos errores clínicos. Pero no parece verosímil, si cuando ocurrieron anteriores desgracias análogas, no exigieron públicamente medida urgente alguna y sólo ahora, cuando una de sus compañeras ha sido señalada, hacen notar su indignación.

Ya lo hicieron antes otros colectivos profesionales cuyo servicio es vital para la comunidad. Cuando los jueces vieron cómo los medios se hacían eco de casos graves de errores judiciales cuyas consecuencias alarmaban a la sociedad, y no antes, cuando también los hubo de similar entidad, se precipitaron como un solo hombre para hacer ver sus reivindicaciones.

Es verdad, desde luego, que los medios informativos también pecan de una enorme hipocresía cuando hacen del duelo y de la tristeza sus cabeceras, sólo porque un determinado caso ha traspasado la zona gris de lo privado para resonar en la actualidad pública. Tampoco ellos bucearon en su momento, como es su obligación, bajo la superficie de la rutina de servicios tan vitales, como la salud o la justicia. Ahora lo hacen sacudidos por el mismo escalofrío que recorre a la gente de la calle, que sólo conoce de estos asuntos cuando se publican.

Pero ni las enfermeras, ni los jueces, ni los medios de comunicación, tienen derecho a indignarse tan tarde, si quieren presentarse ante los ciudadanos como verdaderos valedores de sus intereses más sensibles. Pese a lo que quieren aparentar, cabe sólo creer que, seguramente, no lo son más que aquellos ante quienes, con razón, protestan y denuncian.

El corporativismo, usado como arma de fuerza para exigir mejoras sociales puede ser útil a todos. Pero usado como protección colectiva sitemática, que otros no poseen, ante la crítica de la sociedad, es injusto y dañino, además de amparar, no pocas veces, una honda hipocresía.

Es verdad que la desgraciada enfermera que protagonizó el lamentable error merece no estar sola. Pero no más que lo merecía Rayan, a quien ninguno de los ahora indignados miembros del colectivo de enfermería supo evitar a tiempo un accidente, cuya alta probabilidad de suceder, al parecer, todos conocían.


¿Están realmente los ciudadanos tomando el relevo de los periodistas para participar activamente en el proceso de comunicación pública que, hasta ahora, han monopolizado los medios informativos?

Exhibicionistas y voyeurs
Exhibicionistas y voyeurs

Parece que a los periodistas les viene preocupando mucho este asunto, razón por la que me obligo a opinar, antes de que me ponga nadie en casillero alguno.

Primero, lo primero. Todavía el mundo tiene varias velocidades y mientras nosotros llenamos de bits nuestra ruidosa y enfebrecida vida, aún hay quien, bajo un sol inclemente, camina junto a una vieja mula para traer un odre de agua a su familia, que espera en un diminuto poblado, junto a infinitos campos yermos y casi vacíos. Así que pido perdón a quien, con toda razón, le parezca estúpida y estéril esta discusión.

Pero si nos ceñimos a nuestra civilización teleaudiovisual, soy de los que cree que en el mundo se distinguen, básicamente, dos tipos de ciudadanos: los exhibicionistas y los voyeurs. Los megalómanos y los mitómanos, los líderes y los secuaces, los vanidosos y los humildes.

Los primeros aman el estrellato en singular. Los segundos se complacen, sin embargo, en pertenecer a alguna masa de correligionarios. Que nadie interprete esto como una visión del bien y el mal, sino más bien como el retrato desapasionado de dos perfiles psicológicos absolutamente complementarios. No se entendería uno sin el otro. El periodsimo, como profesión, ha sido tradicionalmente, como la literatura o el arte, refugio de los primeros.

Tal como se ha comprobado siempre con la televisión y, ahora, con Internet, existen siempre bolsas de ciudadanos ansiosos por cruzar la línea que separa a los actores de los espectadores. Son los eternos candidatos al dichoso “minuto de gloria”. Paralelamente, el fenómeno de los fans no desciende, sino que abarca sin freno todos los ámbitos públicos.

Hasta hace muy poco, los micrófonos, las imprentas, las cámaras y, sobre todo, las antenas difusoras, habíam venido siendo patrimonio exclusivo de las empresas relacionadas con el periodismo profesional, los viejos medios de comunicación de masas, un club elitista donde unos pocos elegidos del primer grupo encontraban acomodo, mientras el resto debía conformarse con estar a la sombra. Pero la última revolución tecnológica, que sobre todo es comunicativa, ha roto la presa donde se contenían en silencio tantas voces potentes, bellas, interesantes, petulantes, rabiosas, inteligentes, agresivas o frustradas.

Así que pese a quien le pese, hay ciudadanos que no van a renunciar, mientras tengan medios para hacerlo, a participar activamente en la construcción del relato global de nuestro tiempo. Son los exhibicionistas. Otros, los voyeurs, no lo harán nunca, pero vibrarán y aplaudirán al oir a quien logre saltar, sea o no periodista, por encima de la monotonía y los mensajes manidos.

¿Creéis realmente que el ciudadano de a pie tiene un interés real en participar en el proceso de comunicación que a día de hoy monopolizan los medios informativos?

Todavía el mundo tiene varias velocidades y mientras nosotros llenamos de bits nuestra ruidosa y enfebrecida vida, aún hay quien, bajo un sol inclemente, camina junto a una vieja mula para traer un odre de agua a su familia, que espera en un diminuto poblado, junto a infinitos campos yermos y casi vacíos.

Pero si nos ceñimos a nuestra civilización teleaudiovisual, soy de los que cree que en el mundo se distinguen, básicamente, dos tipos de ciudadanos: los exhibicionistas y los voyeurs.
Los megalómanos y los mitómanos, los líderes y los secuaces, los vanidosos y los humildes. Los primeros aman el estrellato singular. Los segundos se complacen en la masa de correligionarios. Que nadie interprete esto como una visión maniqueista del bien y el mal, sino más bien un retrato desapasionado de dos perfiles psicológicos complementarios. No se entendería uno sin el otro. El periodsimo, como profesión, ha sido tradicionalmente, como la literatura o el arte, refugio de los primeros.

Tal como ha comprobado con la televisión y más recientemente, con Internet, existen siempre bolsas de ciudadanos ansiosos por cruzar la línea que separa a los actores de los espectadores, eternos candidatos al dichoso “minuto de gloria”. Paralelamente, el fenómeno de los fans no desciende, sino que abarca todos los ámbitos públicos.

Hasta hace muy poco, los micrófonos, las imprentas, las cámaras y, sobre todo, las antenas difusoras, han sido patrimonio exclusivo de las empresas relacionadas con el periodismo profesional, los viejos medios de comunicación de masas, un club elitista donde unos pocos elegidos del primer grupo encontraban acomodo, mientras el resto debía conformarse con estar a la sombra. Pero la última revolución tecnológica, que sobre todo es comunicativa, ha roto la presa donde se contenían en silencio tantas voces potentes, bellas, interesantes, petulantes, rabiosas, inteligentes, agresivas o frustradas.

Así que pese a quien le pese, hay ciudadanos que no van a renunciar, mientras tengan medios para hacerlo, a participar activamente en la construcción del relato global de nuestro tiempo. Otros, no lo harán nunca, pero vibrarán y aplaudirán al oir a quien logre saltar por encima de la monotonía y los mensajes manidos, sea o no periodista.

Eduardo L.


La tiza en el asfalto

  • 4 Jul, 2009

Un espectáculo insólito. Un pequeño gran espectáculo. Un tramo de una calle de barrio de Madrid está cortada al tráfico. No hay ningún socavón, ni obras, ni accidente alguno. No son las fiestas del barrio. Tampoco se va a rodar una película, ni hay nigún vehículo pesado que impida circular. No pasa nada que justifique las vallas, la policía municipal y los letreros que avisan de la anomalía.

Hay un montón de niños que, llenas las manos de tizas de colores, dibujan y escriben sobre el asfalto, por un día convertido en una pizarra gigante. Todops se divierten, ríen y juegan. Pero todos tienen la misma idea que van volcando, poco a poco, en el suelo. Están pintando por la paz. El colmo de la ingenuidad boba, si lo dice un adulto de izquierdas, de la ñoñería anticuada si lo dice una monja, de la hipocresía diplomática si un embajador. El colmo de la impotencia si se hace en la ONU.

Pero son sólo unos niños, qué saben ellos. Nos piden la paz.

Mejor miremos para otro lado. No vaya a ser que nos demos cuenta de que los adultos, cada uno un poco, somo cómplices de la barbarie generalizada, convertida en algo normal. No vaya a ser que se den cuenta ellos, con sus tizas, de que deben obligarnos a escucharles.


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