Bob y la farola

Un vendedor de La Farola no deja de cantar. Puede dejarte atónito porque quizá todo sea mentira

Mientras los líderes políticos del mundo se reúnen una y otra vez para paliar el desastre de la economía mundial. Mientras nuestro Rajoy aguijonea a nuestro Zapatero con monótonas alusiones a su incapacidad para sacarnos del agujero, del abismo económico por el que se precipitan miles de empleos diarios. Mientras todos mostramos nuestra frustración porque hemos dejado de aumentar nuestro bienestar, un inmigrante subsahariano, de esos que en España ocupan el último, el más bajo de los escalones sociales, canta reggae mientras intenta vender “La Farola“.

“La Farola” es ese periódico que nadie lee porque, dicen, es solo la coartada para pedir limosna sin resultar humillado. Se compra con una sonrisa de complicidad, porque parece que muchos prefieren que los que no tienen nada no dejen de parecerlo. Da igual que “La Farola” sea una publicación más que digna, que no recibe ni un duro de publicidad, nacida de la decencia, por encima de las posibles debilidades de su fundador George Mathis, a imagen de otros diarios de los “sin techo”, idea iniciada por el neoyorquino “Street News“.

Vender estos periódicos es y será, reconocerse ante los demás como un indigente, como un necesitado extremo. Los que lo hacen mascullan algunas tímidas palabras, los que tienen ánimo para hacerlo, para llamar la atención de los transeúntes y despertar su sentido de la compasión, ya que nadie mostrará interés en su mercancía.

Este clip requiere Flash 8

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Pero día tras día, con un sentido insolente de la tristeza, hay un vendedor de “La Farola” que, en alguna esquina de un barrio rico de Madrid, despierta desde lejos los sentidos. Con un timbre de voz muy cercano al jamaicano de oro, no deja de cantar, una y otra vez, canciones eternas del eterno Bob Marley. En una mano sostiene un ejemplar de “La Farola”, que mueve rítmicamente al son de una música que no se oye, pero que su voz sugiere con una fuerza insólita. No está claro si canta porque alegrar a quien le oye o por ahuyentar su propia pena. Quizá encuentra en las letras esperanzadas de Marley un atisbo de luz con que iluminar su sombrío futuro. Lo que es seguro es que no es la alegría por lo que sus ojos brillan, esos ojos que no quiere que veamos por un sentido obsesivo y patético de la supervivencia.
Lo que es seguro que no le preocupan los derechos de autor. Y lo que también es seguro es que deja sin argumentos a los que lamentamos, entre la nube de nuestra opulencia, nuestra falsa, falsísima pobreza.


Los banqueros se lamen sus heridas, los gobiernos rompen sus huchas, los pensionistas tiemblan, los inmigrantes emigran, los jóvenes no votan y los cerdos engordan la gripe.

Aún así, todavía se puede uno consolar si se pone a ello. Claro que nada garantiza el resultado. La inédita recesión que sufre Alemania, la más contundente desde la Segunda Guerra Mundial, parece susurrar al oído de la gran locomotora económica europea aquella vieja y patética admonición romana: “recuerda que eres mortal”. Un país que, después de su enorme tragedia, recobró la fe en sí mismo a golpe de conciencia y eficiencia ciudadana, que por fin se resarció de tan triste humillación dando lecciones de un nuevo capitalismo del bienestar social, que ha incluso sido faro de la vanguardia ecologista cuando más podía presumir de su extraordinaria industrialización, es ahora, como tantos otros, víctima y testigo del mazazo económico global. Aunque el mundo se hubiera vuelto loco, aunque la humanidad tuviera más papeletas para sucumbir que para pervivir, el mundo moderno era, hasta hace poco, orwelianamente feliz. Unos consumían compulsivamente, mientras otros se consumían. Se destruía para poder construir. Se tiraba para poder producir. Y todos aspiraban a la nueva aristocracia de la modernidad, la ciudadanía consumista, segura y pasiva, otro eco del romano pan y circo, por la que todo valía la pena.

Manifestación del RentnerinenP und Rentneren Partei (Partido de las pensionistas y los pensionistas (
Manifestación del RPP (Partido de los jubilados)

Pero ahora que parece que todo el mundo se ha vuelto socialista, al menos mientras dura la penuria, ahora que en todas partes se apela al estado para que acabe con el mayor de los horrores de nuestro tiempo, la incertidumbre, la inseguridad, un sudor frío recorre Occidente. Unos hacen virtuales viajes a las playas de Hawai, como los jóvenes surferos del Englische Garten de Munich mientras otros, cómo el nuevo partido de los jubilados alemanes levantan sus pancartas al grito de “Milliarden für die Banken, die Renten lasst ihr kranken” (“Dáis millones a los bancos y dejáis que enfermen las pensiones”), reconfortados por el agradable sonido de la queja justa, colectiva, valiente, aunque quién sabe, quizá inútil.


El auge de los nacionalismos fragmentarios, huérfano de una auténtica reflexión ideológica, desestabiliza la geopolítica de hoy sin cimentar la del mañana.

La Europa de las Regiones
El Partido Bávaro por "La Europa de las Regiones"

Aunque en España se da con especial intensidad, el nacionalismo no es patrimonio exclusivo de nuestro patio local. Las fronteras han sido y, me temo, serán siempre una de las excusas preferidas por los pueblos de todas partes para excitar las pasiones del enfrentamiento y del odio. Como telón de fondo, una estéril discusión sobre un vago concepto de potestad colectiva sobre el territorio.

En Europa, en la Europa unida de la UE, se ha ido extendiendo, con cierto éxito, una versión pretendidamente renovada del viejo nacionalismo bajo la curiosa denominación de Europa de los Pueblos y de las Regiones. La novedad consiste en que a la fuerza centrífuga que aleja las periferias del centro de poder, cargándolas de anhelos separatistas, se quiere sumar la fuerza centrípeta que las liga con un gran centro estatal europeo. Parece que hubieran conseguido la cuadratura del círculo. Un bello sueño para la paz definitiva entre los pueblos, tantas veces tejida y tantas deshecha.

Pero antes de aplaudir, no me resisto a preguntar un par de cosas a quienes defienden una idea tan bienintencionada. La primera es relativa a su visión de Europa como gran estructura política. Si hoy pesa como una losa sobre las decisiones políticas de la UE la complejidad de un entramado de 27 países, a cual más celoso protector de su soberanía y de sus tradiciones, ¿cómo se supone que va a evitarse la parálisis total de una Europa de, digamos, 80 países? Es importante aportar ideas para semejante desafío si se quiere mantener alguna credibilidad. Porque pretender que Europa sirva de colchón para todo lo que la independencia no alcance a sostener, financiar o proteger, exige un compromiso más allá de un bonito enunciado.

Los nacionalismos fragmentarios
Los nacionalismos fragmentarios

La segunda pregunta no será contestada, me temo, salvo que se reconozca la inconsistencia de la idea misma de la autodeterminación, supuesta base conceptual de las reivindicaciones nacionalistas por una Europa multifragmentada. Pero ojalá me equivoque. Tal como reza el cartel de la fotografía, registrada en las calles de Munich, la Europa de las Regiones se propone como alternativa al centralismo. Pero digo yo, ¿van los gobiernos de estas regiones a combatir el centralismo local? Es decir, por poner un ejemplo crecano, ¿se facilitará la autodeterminación de Menorca o de Lérida, frente a su capital local? ¿Podrá Vitoria independizarse cuando lo desee del País vasco? Son sólo ejemplos sin valor alguno, pero evidencian la dificultad para conciliar una flamante ideologia con unas aspiraciones dudosamente puras.

European Free Alliance
European Free Alliance

Es muy posible que en el viejo continente haya llegado la hora de superar la etapa de los grandes estados nación. Ojalá sea pronto, por el bien de una nueva Europa en paz. Pero mientras estas dudas se despejan, sigamos jugando con las palabras bonitas y con las bellas ideas, pero no demasiado. No vaya a ser que entre tanta confusión acabemos por encontrar sólo la mezquindad de la ambición por el poder, tan a amenudo disfrazada de nobles propósitos.


De cuando entrevisté a Álvaro Pérez Alonso, el más simpático y eficaz de los mercenarios al servicio de los círculos de poder.

“Me limito a poner un escaparate. Luego, el dueño del establecimiento pone allí lo que quiere para que sea vendido.” A.P.A.

Cursaba yo por entonces, abril de 2001, el tercer año de mi carrera universitaria de Periodismo, cuando mi profesor de Redacción Periodística, Javier Mayoral, a quien no he olvidado, nos encargó hacer una entrevista. Dejó que cada cual eligiera libremente su personaje protagonista, después de darnos alguna indicaciones generales sobre la técnica que debíamos emplear.

"El Bigotes"

Como mis compañeros, sufrí durante días la presión del calendario, mientras daba mil vueltas a los candidatos que se me antojaban idóneos. Políticos, artistas, científicos, deportistas… desfilaban, una y otra vez, ante mi proyecto imaginario de entrevista, haciéndome dudar, con no poca razón, de mi capacidad para llevar adelante el asunto. Me obsesionaba la idea de conseguir algo enjundioso, de verdadero interés para quien lo leyera.

Repentinamente, caí en la cuenta de que conocía a alguien que podía muy bien ser el personaje que buscaba. No se trataba de nadie conocido, recuerdo ahora con tristeza, pero tenía el inconfundible perfil de quien es distinto a los demás, de quien puede poner en aprietos a cualquiera que pretenda catalogarlo. Qué irónico resulta ver hoy una verdadera avalancha de artículos que presumen de hacerlo. No era famoso, ni una celebridad en ningún sentido. Pero no dudé ni un instante que merecía serlo.

De aquel trabajo sólo conservo lo que escribí, a modo de presentación, sobre su perfil personal, no así la entrevista en sí. Pero tal como el mismo profesor Mayoral se encargó de subrayar, era lo más interesante. El contenido de la entrevista no iba más allá de una serie de tópicos, exentos de interés, acerca de la campaña electoral vasca, en la que mi personaje estaba implicado indirectamente y cuyas respuestas, como las preguntas, eran también sólo tópicos, más o menos recurrentes. De hecho, creo que, curiosamente, es la única conversación aburrida que he mantenido con Álvaro Pérez Alonso. Podría añadir o quitar muchas cosas, a la luz de los acontecimientos, de aquel trabajo de redacción. Pero no lo voy a hacer, porque creo que poco o nada sé hoy que haya podido alterar la esencia de su contenido.

Álvaro Pérez Alonso en Abril de 2001

Hoy mi amigo Álvaro ya no es el de siempre. Debió apearse del tren cuando presentía que debía.  Pero no lo hizo y hoy las puertas están, de momento, selladas. Cuando me explicaba, un día, el por qué de su llamativo bigote. me dijo que, pese a lo incómodo que resultaba mantenerlo, era su arma secreta para ser reconocido por todo aquel a quien, alguna vez, hubiera saludado. De ese modo, decía, tendría siempre un plus de notoriedad que él sabría utilizar a favor de sus intereses profesionales, siempre ligados a las relaciones personales.

Seguramente habrá descubierto a muchos de los que tantas veces trató que, de pronto, no le reconocen, pese a su bigote. Es más que posible , incluso, que ya no le interese ser reconocido. Pero, al contrario que  sus  huidizos mentores, dudo que, aún afeitado, pierda nunca su inagotable capacidad para dejar huella. Una indefinible huella, aunque pocos lo crean, de más ingenuidad que astucia,  de más ternura que altivez.  De quien se ha equivocado al creer que cuanto más se siembra, más se recolecta, olvidando que no vale cualquier semilla ni cualquier lugar para que la cosecha valga la pena. Una huella que, ojalá, vuelva a ser anónima, excepto para sus amigos. Los que quedemos.


Pere Navarro, Director General de Tráfico
Pere Navarro, Director General de Tráfico

El PP excluye de su discurso político toda alusión a la política de seguridad vial del PSOE, pese a sus indiscutibles resultados.

La oposición, en particular el Partido Popular español, parece ignorar los relevantes datos que arrojan las estadísticas de los últimos años acerca de la accidentalidad en nuestras carreteras. Tal como corrobora lo acontecido durante la pasada Semana Santa, período tradicionalmente significativo por alta incidencia en la mortandad por accidentes de tráfico, los logros en este ámbito de la política del Gobierno de España son innegables.

La reducción de accidentes mortales durannte el último período vacacional, con respecto del año 2007, tan solo hace dos años, es del 50%, nada menos. Claro que como hablamos de un hecho indiscutiblemente positivo, la oposición no incluye en su agenda pública alusión alguna al mismo.

Pere Navarro Olivella, director de la DGT, el hombre responsable de que en España se conduzca más despacio de un tiempo a esta parte, es uno de los altos cargos de PSOE más ignorados por la oposición, tan aficionada a acusar a cualquier alto cargo que asome la cabeza de incapaz o de mentiroso. Y eso que Navarro está constantemente en el candelero de la actualidad por sus medidas, frecuentemente impopulares. No pasa desapercibido, y es objeto constante de reportajes y entrevistas. Sin embargo, para la oposición, apenas existe.

Desde luego, hay también quien pide la dimisión del Director General de Tráfico. Y no precisamente con moderación. Pero el PP no se suma a estas críticas, como suele hacer en otras cuestiones donde el Gobierno muestra el más mínimo flanco débil. Seguramente el señor Rajoy sabe que mordería en hueso porque la realidad objetiva es demasiado buena, aunque siempre sea insuficioente, como para poder rentabilizar a su favor cualquier debate al respecto.

No deja de resultar mezquino que la política no permita aplaudir al adversario, aunque sea excepcionalmente. Quizá sea esta la razón de su descrédito ante una ciudadanía que se sabe espectadora de un circo montado sólo poara el enfrentamiento mediático y la pelea de gallitos.

Si un gobierno influye directamente en que haya menos muertos entre la ciudadanía, ¿no es el mayor de los logros con que un gobernante pueda soñar? ¿Es eso lo que quiere ignorar el PP?


-->