Un solo anuncio donde caben 2800.
Los anuncios por palabras, una prueba más del liberalismo que pregonan los falsos liberales.
Recientemente se publicaba en El País un anuncio, mejor dicho, un mega anuncio de Hyundai, la multinacional coreana del automóvil, que se insertaba en la sección de anuncios por palabras. El hecho de que se publicara en este área del periódico ponía de relieve, no sabemos si intencionadamente, la insultante desigualdad que la publicidad, tal como la conocemos en la actualidad, lleva consigo. Se dirá, con razón, que el precio suele ser proporcionado a las posibilidades de que un anuncio sea visto o leído, en este caso a su superficie.
Esto, lejos de contradecirme, lo corrobora plenamente. Una de las perversiones más frecuentes y también menos reprobadas del sistema de comunicación que rige en nuestra sociedad es, precisamente, aquella por la que quien más pueda pagar, más podrá ser escuchado.
En el caso de este anuncio de Hyundai, la superficie que normalmente ocupan, aproximadamente, 2800 anuncios por palabras, unos 50 por columna, por 7 columnas, por 8 páginas, muchos de ellos de no más de 15 euros de coste, es ocupada por un solo anuncio, cuyo precio de publicación supera varios cientos de miles de euros. Ahí queda eso.

La unión Luciano Benetton – Oliviero Toscani, ha sido, probablemente, la más estimulante noticia de la segunda mitad del siglo XX, en lo referente a la llamada cultura de masas.

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200 medios de comunicación, 300 periodistas y 15 cámaras de televisión cubrieron la presentación de una nueva novela, antes siquiera de llegar a las librerías. La empresa editorial monta un estreno hollywoodiense en el Liceu de Barcelona, tras el éxito comercial de la anterior obra del mismo autor, al que acuden en tromba todos los medios invitados, dispuestos a cumplir con su papel en la explosiva promoción.
Olga Viza y Ruiz Zafón en el escenario del Liceu
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Más importante que retratar un conflicto es informar a tiempo para evitarlo.
A menudo, un reflexivo reportaje es el eco tardío de una nefasta información.Como un bonito epitafio que pretende hacer justicia con quien fue despreciado en vida.
Descubro hoy, en El País, un reportaje vergonzante. No por su falta de rigor en lo expuesto, de lo que habría ya mucho que hablar, sino por reflejar sin ningún rubor los lamentables perjuicios sociales que la falta de una mínima información periodística ha permitido, si no promovido y exaltado. Lo digo porque el autor del reportaje habla de lo que habla, la cara oculta de los deslumbrantes avances tecnológicos que inundan el mercado de consumo. Lee el resto de esta entrada »

¿Hasta cuándo los periodistas nos complaceremos en que la información sea pagada, no por aquel para quien, supuestamente, se elabora, el lector, el oyente, el telespectador, sino por quien sólo persigue, por interés particular, una sustanciosa audiencia?
No discuto la dificultad, hoy mayor que nunca, de esquivar el aparato publicitario, como infraestructura necesaria de los medios, pero me indigna contemplar la aparente indiferencia con que el “profesional de la información” ni siquiera se lo cuestiona jamás, más allá de algunos superficiales, si no meramente frívolos, jugueteos críticos de cuando en cuando.
Sé que suena extemporáneo. Medios, anunciantes, productores y editores entremezclan ya hace tiempo sus intereses empresariales con frenesí. Y a todos nos parece estupendo. Eso es lo malo. Que los periódicos de mayor tirada sean ahora gratis no deja de ser un “salir del armario” definitivo. Por si no estuviera ya suficientemente claro que no nos interesan nuestros públicos como clientes, sino como mercancía. La mercancía, claro, no paga, en todo caso se paga. Queda ya lejos el tiempo en que se justificaba la publicidad como medio para no encarecer demasiado el precio de la sacrosanta información. No la encareció, desde luego, la hizo suya.
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