Fascinación alpina
- 25 Oct, 2009
Cielo y agua en la montaña donde se cruzan las europas
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Mientras los líderes políticos del mundo se reúnen una y otra vez para paliar el desastre de la economía mundial. Mientras nuestro Rajoy aguijonea a nuestro Zapatero con monótonas alusiones a su incapacidad para sacarnos del agujero, del abismo económico por el que se precipitan miles de empleos diarios. Mientras todos mostramos nuestra frustración porque hemos dejado de aumentar nuestro bienestar, un inmigrante subsahariano, de esos que en España ocupan el último, el más bajo de los escalones sociales, canta reggae mientras intenta vender “La Farola“.
“La Farola” es ese periódico que nadie lee porque, dicen, es solo la coartada para pedir limosna sin resultar humillado. Se compra con una sonrisa de complicidad, porque parece que muchos prefieren que los que no tienen nada no dejen de parecerlo. Da igual que “La Farola” sea una publicación más que digna, que no recibe ni un duro de publicidad, nacida de la decencia, por encima de las posibles debilidades de su fundador George Mathis, a imagen de otros diarios de los “sin techo”, idea iniciada por el neoyorquino “Street News“.
Vender estos periódicos es y será, reconocerse ante los demás como un indigente, como un necesitado extremo. Los que lo hacen mascullan algunas tímidas palabras, los que tienen ánimo para hacerlo, para llamar la atención de los transeúntes y despertar su sentido de la compasión, ya que nadie mostrará interés en su mercancía.
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Pero día tras día, con un sentido insolente de la tristeza, hay un vendedor de “La Farola” que, en alguna esquina de un barrio rico de Madrid, despierta desde lejos los sentidos. Con un timbre de voz muy cercano al jamaicano de oro, no deja de cantar, una y otra vez, canciones eternas del eterno Bob Marley. En una mano sostiene un ejemplar de “La Farola”, que mueve rítmicamente al son de una música que no se oye, pero que su voz sugiere con una fuerza insólita. No está claro si canta porque alegrar a quien le oye o por ahuyentar su propia pena. Quizá encuentra en las letras esperanzadas de Marley un atisbo de luz con que iluminar su sombrío futuro. Lo que es seguro es que no es la alegría por lo que sus ojos brillan, esos ojos que no quiere que veamos por un sentido obsesivo y patético de la supervivencia.
Lo que es seguro que no le preocupan los derechos de autor. Y lo que también es seguro es que deja sin argumentos a los que lamentamos, entre la nube de nuestra opulencia, nuestra falsa, falsísima pobreza.

Ya se ha cumplido un año desde que abrí esta ventana. Una ventana asomada a no sé muy bien qué. No sé si a un ruidoso e imprevisible patio de vecinos o a un horizonte lejano y brumoso. Al cálido rumor de los amigos o al frío silencio de la soledad. Crujen los goznes, a veces, cuando un miedo helado me congela el habla y la tentación es cerrarla. De vez en cuando me dejo llevar por ruidos lejanos, las risas y los llantos que trae la tarde hasta el alféizar. A veces, las sacudidas de mi indignación hacen crujir el marco y muchas, muchas veces siento un vértigo indefinido que me invita a tirarme, a abandonarme. Porque ahí afuera están mis enemigos pero también mis amigos, mis amores y mis dolores. Conocidos unos, desconocidos casi todos, me miran sin oírme o me gritan sin mirarme. Sólo espero estar a su altura y que mi ventana quede bien plantada, sea siempre la mía y así se sepa, no sea un agujero del que sólo brota maleza y la sombra del olvido.
Hoy, me asomo para enseñar mi copa y brindar por todos nosotros, los que hemos estado aquí y los que habéis estado allí y, alguna vez, habéis vuelto una mirada hacia esta ventana. Gracias y ¡Felicidades!
L. Eduardo Löwenberg
