Cuando los 
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 que les regala 
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 volverá, quizá, 
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    El copyright de Dios

    • 28 ene, 2011

    Bajo el increíble titular “Ni la Biblia se libra de la piratería de libros en Perú” muestra la edición digital de La Verdad de Murcia la verdadera verdad del fenómeno mal llamado piratería.

    Biblia impresa por Gutenberg en el siglo XV

    Parece ser que la Biblia, palabra de Dios para los creyentes, es objeto de pirateo en Perú porque circulan ciertas ediciones baratas procedentes de China. Y claro, la editorial de Dios se ha debido enfadar muchísimo porque las enseñanzas divinas tienen unos costes de producción altísimos, tanto como su autor, el Altísimo.

    La Verdad de Murcia señala, como el colmo de los colmos, que la Biblia también se piratee. El auténtico escándalo es que el libro más universal que existe, primera obra de Occidente en ser copiada y distribuida, la primera en ser conocida, impresa y multiplicada, difundida y predicada, sea objeto de explotación mercantil.

    El titular justo hubiera debido decir “Ni la Biblia se libra del monopolio editorial” Dudo que, en este caso, se pueda enarbolar el derecho del autor como argumento para la denuncia. Salvo que, quizá, Dios hubiera cedido el copyright.


    La irrupción del fenómeno Wikileaks reabre el debate sobre la función del periodismo y el derecho a la información pero no provoca propuestas sobre su necesaria desmercantilización.

    Julian Assange es el nuevo adalid de la libertad de prensa. Ha merecido incontables elogios y premios por su aportación a la sociedad civil gracias a su Wikileaks, ese centro de recolección y publicación de secretos oficiales, cuyas bombas informativas han desatado las iras de los círculos de poder que, hasta ahora, habían podido mantenerlos en la sombra.

    Julian Assange

    El debate sobre cómo ha de defenderse el derecho a la información, siempre enfrentado al control que distintos actores públicos o privados ejercen sobre la comunicación es, en sí mimo, sumamente oportuno, en un momento en que se resquebraja la estructura periodistica clásica y la nueva sociedad en red toma el relevo. La función periodística está siendo revisada a  marchas forzadas como consecuencia, entre otras cosas, de la crisis empresarial que le ha sobrevenido tras la consolidación de Internet. Wikileaks ha venido ha evidenciar, además, la decadencia del periodismo como contrapoder efectivo, más allá de su crisis estructural.

    …puede que vayamos a un nuevo
    estándar en que la gente espere y demande
    material que exponga más a los poderes; y
    un entorno comercial en que este tipo de
    exposición sea rentable.
    Julian Assange

    Sin embargo, es muy preocupante que un hombre como Assange, tan consciente de los resortes que posee el poder para controlar y someter la información, persista en una concepción meramente mercantilista, aunque renovada, de los medios de comunicación. En la reciente entrevista que concedió a Joseba Elola, de El País,  Assange parece apostar por un futuro absolutamente continuista, donde la información esté, una vez más, sujeta a criterios de pura rentabilidad comercial. Es muy descorazonador comprobar que, ni siquiera él sea consciente de la perversión que esto supone, que hurta a la sociedad civil la propiedad de la información que tanto y de forma tan trascendente le afecta. Quizá sin darse cuenta, el fundador de Wikileaks sea fatalmente otra víctima de un sistema que todo lo compra, con tal de que las audiencias valgan la pena.


    Las elecciones primarias del PSOE madrileño dan carnaza a los opinantes de guardia que, obsesionados por las pugnas partidistas, ningunean a los votantes.

    Trinidad Jiménez y Tomás Gómez

    ¡Postzapaterismo! ¡El principio del fin llega desde dentro! ¡Voto de castigo para Zapatero! ¡Varapalo a Ferraz! ¡Humillante derrota del Presidente del Gobierno! ¡El partido socialista está roto! Sin aparentes dudas, muchos periodistas, tertulianos y toda clase de opinantes públicos se han lanzado a despellejar al supuesto moribundo de la Moncloa, tumbado por la mano de uno de los suyos, Tomás Gómez, el díscolo y rebelde secretario general del partido en Madrid.

    No hay una sola oportunidad que se desaproveche por los cronistas del morbo poítico y mucho menos por quienes pueden salir directamente beneficiados, en su caso, para agitar la opinión pública a favor de sus tesis partidistas y sectarias. Es deprimente la horfandaz informativa que aqueja a nuestro país, asolado por los eternos culebrones mediáticos, nutridos por los últimos vaivenes de la retórica oportunista de unos y otros. Aunque a eso se le llama prensa política, se parece demasiado a la mera industria del entretenimiento y, aún peor, a la manipulación propagandística.

    Las elecciones primarias del PSOE de la Comunidad de Madrid, finalmente resueltas con la victoria del candidato Tomás Gómez sobre su adversaria Trinidad Jiménez, son la nueva excusa para alimentar la confrontación pública entre partidarios del partido en el poder gubernamental y los seguidores del partido opositor, el Partido Popular. Por supuesto, hoy por hoy, no hay prácticamente otro tema más apetecido, ni siquiera las demás opciones partidarias tienen apenas cabida en los guiones sensacionalistas que pueblan la infosfera.

    Esperanza Aguirre

    La historia de las primarias socialistas es mucho más simple y, quizá, mucho más trascendente que la que se nos pretende vender por los divos mediáticos. Hace 16 años que el Partido Popular gobierna en la Comunidad de Madrid, convertida en un bastión del partido de los conservadores, primero bajo la presidencia del hábil seductor Ruiz Gallardón y después con la aún más eficaz e inteligente comunicadora, presidenta Aguirre.

    Una y otra vez, el PSOE no encuentra la persona que descerraje el dominio del PP. Rafael Simancas fue el último derrotado por Esperanza Aguirre, quien tras arrebatar el poder a los socialistas tras una oscura maniobra parlamentaria, parece hacerse más y más fuete con cada proceso electoral. Fue sustituído por Tomás Gómez, un exitoso alcalde del cinturón sur del gran Madrid, cuyo talento sólo conocían los más allegados y los militantes del partido que le auparon al liderazgo regional. Una nueva convocatoria electoral está en el horizonte cercano y nadie apuesta ni un céntimo por ese desconocido Gómez frente a la omnipresente y todopoderosa Aguirre. De hecho, Tomás Gómez está, al contrario que ella, absolutamente ausente de los medios.

    La maniobra “Trini”, orquestada por el bajo perfil público de la candidatura de Gómez, ha provocado , gracias a la voracidad sensacionaalista y veleidosa de los medios de comunicación, su propio vaciado.

    El PSOE parece condenado, una vez más, a resignarse a la inevitable derrota. Rodríguez Zapatero, consciente de la importancia del asunto, patrocina una estrategia, una más, para intentar alterar lo inalterable. Trinidad Jiménez, actual ministra de Sanidad, una de las mujeres más prominentes y populares del PSOE, cuya personalidad siempre ha cautivado a las audiencias, acepta el encargo de ser la candidata que se enfrente con Aguirre, en sustitiución del apagado Tomás Gómez, aparentemente mucho menos equipado para ganar las elecciones. Sin embargo, el sectretario general del PSOE madrileño no acepta retirarse, convencido de que si consiguiera la atención de los medios hacia su persona, que le es esquiva, su capacidad como líder le daría suficientes opciones a la victoria. Esta resistencia fiuerza al partido a celebrar primarias entre los dos aspirantes.

    Rodríguez Zapatero, junto a los demás dirigentes federales del PSOE, desean, lógiocamente, que sea Jiménez la ganadora, para poder disputar con alguna opción la presidencia de la Comunidad de Madrid y no solo no lo ocultan, sino que le dispensan cuantos apoyos pueden brindar. Pero entonces ocurre lo impensable. Los medios de comunicación encuentran en esta pugna la carnaza ideal para alimentar sus títulares y se embarcan en un culebrón que, durante meses, calentará las primarias madrileñas. La luz de los focos ilumina por fin, y de qué forma, a Tomás Gómez quien no desaprovecha ningún micrófono, ninguna cámara. Los ciudadanos madrileños, a quienes  la ministra de Sanidad, cae muy bien, descubren en Gómez un político de izquierdas moderado, sugestivo y dotado de una gran personalidad. Los votantes del partido también. La maniobra “Trini”, orquestada por el bajo perfil público de la candidatura de Gómez, ha  provocado , gracias a la voracidad sensacionaalista y veleidosa de los medios de comunicación, su propio vaciado.

    Tomás Gómez ha sido, aunque con un estrecho margen, el ganador de las primarias. La apuesta de Rodríguez Zapatero no estaba equivocada, como tantos quieren señalar. Sólo que hubiera sido innecesaria si los líderes de opinión y muchos programas informativos se hubieran ocupado de informar de la existencia de un emergente e interesantísimo líder socialista en Madrid. Que ahora lo sepa todo el mundo es, para el PSOE, una buena noticia, y para Zapatero también. Eso sí, ¡pobre Trini!


    Los sistemas electorales de la democracia real son sumamente imperfectos pero lo peor es la incapacidad de la sociedad política y mediática para debatir sobre sus defectos, al margen de la confrontación partidista.

    Con motivo de las últimas elecciones en el Reino Unido hay quien se sorprendió por lo “injusto” del sistema electoral británico, tras analizar las causas de que el emergente liberal Clegg no triunfara en las urnas, sino que, paradójicamente, hubiera sucumbido.

    En los últimos días, Venezuela, siempre buena salsa para cualquier guiso mediático, puso de manifiesto, de nuevo, esta aparente contradicción. Los detractores de Chávez se indignan porque el sistema electoral venezolano permite que tengan mayor representación parlamentaria aquellos que, en realidad, han obtenido un menor número de votos.

    Resulta desalentador, aunque no muy sorprendente, que nos demos cuenta de estas cosas sólo cuando sentimos que nuestros particulares intereses han sido injustamente tratados por un sistema que, hasta ese momento, teníamos por ejemplar. No ayuda el hecho de que políticos y líderes de opinión parecen vivir de espaldas a estas cuestiones cuando se les llena la boca de democracia en las habituales soflamas de unos y otros.

    Porque no hace falta mirar tan lejos para descubrir esta paradoja, tan tramposa para algunos, como legal para todos. En el sistema electoral español la representación parlamentaria resultante de las urnas puede beneficiar a uno de los partidos contendientes por encima de lo que le ha favorecido la diferencia de votos. En España  se da una circunstancia especial, además, la ventaja electoral de los partidos nacionalistas, por la que éstos acceden al parlamento estatal con un porcentaje de representación superior al proporcional a su electorado.

    Diputados por provincia/circunscripción

    Como parece que aún no lo tenemos claro, veamos. La práctica electoral, base del sistema por el que nos gobernamos, ha de resolver el complejo desafío de la representatividad. Somos demasiados para asistir personalmente a nuestro parlamento y votar sobre cada una de las decisiones políticas de ámbito estatal. Así que la tradición democrática nos ofrece dos soluciones bien diferenciadas y todas las  intermedias entre ambas. A saber, el sistema electoral mayoritario y el proporcional. Mediante el primero serán nuestros representantes quienes hayan obtenido más votos. Serán nuestros delegados a la hora de decidir. Los de todos los votantes. Aquellos candidatos que no hayan ganado en la contienda electoral se quedarán en su casa. Por el segundo, sin embargo, designamos representantes proporcionalmente a los votos emitidos, es decir, que la mayoría de ellos serán afines a los votos más numerosos mientras que los menos representarán a los votantes minoritarios. A diferencia de lo que ocurre en el sistema mayoritario, el debate político se prolonga más allá de las urnas puesto que en el parlamento habrá que conciliar distintas posturas.

    tabla elecciones 2004
    Estudio sobre las elecciones de marzo del 2004

    Según este esquema, el sistema mayoritario pone en manos de una sola persona, el ganador, la representación popular. Aunque pueda ser aceptable para la elección de un presidente de gobierno, no parece cabal para la actividad parlamentaria que, como dice su propio nombre, implica debate y dialéctica. Además, la democracia es representación y no parece de recibo que millones de personas sean representadas por una sola. En el otro lado, el sistema proporcional acarrea también sus propios vicios. El número de votos de una gran ciudad o de una zona de gran concentración demográfica se impondría siempre sobre las zonas menos densas, por importantes y numerosas que éstas sean, que jamás podrían aspirar al poder de decisión política. Es aquí donde aparece el tercer brazo de todo sistema electoral, cuya trascendencia, pese a ser poco analizada, es enorme. Hablamos de la circunscripción electoral.

    En España, la norma constitucional establece 50 circunscripciones, una por provincia más Ceuta y Melila. Eso quiere decir que en cada provincia se presentan y son votadas candidaturas a representantes parlamentarios. El resultado será independiente de los del resto de circunscripciones y sólo se sumará a ellos para componer el mapa parlamentario final. Se ha pretendido conjugar la representatividad del sistema proporcional con la simplicidad y eficacia del mayoritario.

    Cada provincia tiene un número asignado de diputados o escaños en función de su población que van desde 3 en las menos pobladas hasta los 35 de la provincia de Madrid. Esta diferencia permite que la penetración de los partidos de segunda fila en el parlamento sea mucho menor que en la sociedad, debido a que en las provincias “pequeñas” no alcanzarán diputado alguno. En ellas el sistema es prácticamente mayoritario. En las “grandes”, en cambio, un partido local o nacionalista puede lograr una nutrida representación parlamentaria porque le podrán ser serán asignados un número importante de diputados. Si hubiera una sola circunscripción en todo el estado, la proporcionalidad aumentaría aunque también la variedad de partidos, aspecto que preocupó a los legisladores constituyentes españoles.

    En conclusión, nadie puede presumir de que los votos sean reflejados con exactitud en los órganos parlamentarios. No estaría mal que, antes de criticar los sistemas electorales ajenos, nos aplicáramos a mejorar el nuestro. Quizá los recelos que en 1978 justificaron el diseño electoral vigente no tienen ahora cabida y podría ser un buen momento para abordar su mejora. Porque la democracia real lo será más cuanto mayor sea su su capacidad para la autocrítica.


    El País, 28-04-2010

    Tras el hábito creciente, aparentemente inocuo, de referirse a las encuestas de manera simplificada, se consolida una visión totalitaria de la democracia.

    Una vez más, encontramos un titular destacado en la prensa donde, al hilo de una encuesta o de un recuento electoral, se adjudica el cómputo resultante a un pensamiento colectivo inexistente. La redacción de El País, a través de lo que expresa su titular, que “los españoles” rechazan el velo pero no el crucifijo, simplifica peligrosamente los fundamentos de la democracia representativa, o sea, su inherente pluralidad de opiniones.

    La mayoría de los españoles rechazan el velo, mientras que una minoría lo aceptan. Esta es una afirmación mucho más democrática ya que no ningunea a las minorías. Por otra parte, si seguimos el mal hábito de tratar un colectivo de individuos como a uno solo podríamos caer en situaciones surrealistas. Supongamos que en otra publicación elevaran esta simplificación al ámbito europeo. Si la mayoría de ciudadanos comunitarios consultados aceptase el uso de velo, aunque la mayoría de españoles no lo hiciera, titularíamos “los europeos rechaza el velo…”

    La democracia exige un escrupuloso respeto a la minoría, cuyos derechos son los mismos que los de la mayoría.

    No. No son admisibles estas simplificaciones, por muy habituales que sean. La representación de la minoría es básico en nuestro sistema. Si no fuera así, no necesitaríamos parlamento. Una buena noticia para mejorar las cuentas públicas, desde luego, pero una aberración para nuestros logros políticos más queridos. Si, por ejemplo, en las próximas elecciones españolas, el PSOE no obtuviera votos suficientes para formar gobierno, hemos de esperar titulares del tipo “los españoles castigan al PSOE por…”, cuando, en realidad, sólo una pequeña parte de ellos, los que hayan cambiado su voto, puedan haberlo hecho. Es muy frecuente, entre la clase política, afirmar que los españoles expresaron en las urnas tal o cual cosa o que han tomado nota del mensaje popular. Pero ¿quién es ese individuo llamado “los españoles”?

    Bastan ya con las muchas y poderosas fuerzas que, en nuestra sociedad mediática, homogeinizan, uniforman y aunan ideas, modas y modos. No hacen falta ayudas extra para, además, convertir la democracia representativa en una mera pugna por hacerse con el cetro del poder. Pueden valer estos reduccionismos para dilucidar quién es el campeón de una competición donde el vencedor ostenta el derecho a sentirse como tal y los otros quedarán fuera del reconocimiento que, quizá, merecieran.

    La democracia exige un escrupuloso respeto a la minoría, cuyos derechos son los mismos que los de la mayoría. Porque cada individuo ha de estar representado y no ignorado. Quien entienda el régimen parlamentario como la dictadura de la mayoría es que, probablemente, no es demócrata.


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