El País, 28-04-2010

Tras el hábito creciente, aparentemente inocuo, de referirse a las encuestas de manera simplificada, se consolida una visión totalitaria de la democracia.

Una vez más, encontramos un titular destacado en la prensa donde, al hilo de una encuesta o de un recuento electoral, se adjudica el cómputo resultante a un pensamiento colectivo inexistente. La redacción de El País, a través de lo que expresa su titular, que “los españoles” rechazan el velo pero no el crucifijo, simplifica peligrosamente los fundamentos de la democracia representativa, o sea, su inherente pluralidad de opiniones.

La mayoría de los españoles rechazan el velo, mientras que una minoría lo aceptan. Esta es una afirmación mucho más democrática ya que no ningunea a las minorías. Por otra parte, si seguimos el mal hábito de tratar un colectivo de individuos como a uno solo podríamos caer en situaciones surrealistas. Supongamos que en otra publicación elevaran esta simplificación al ámbito europeo. Si la mayoría de ciudadanos comunitarios consultados aceptase el uso de velo, aunque la mayoría de españoles no lo hiciera, titularíamos “los europeos rechaza el velo…”

La democracia exige un escrupuloso respeto a la minoría, cuyos derechos son los mismos que los de la mayoría.

No. No son admisibles estas simplificaciones, por muy habituales que sean. La representación de la minoría es básico en nuestro sistema. Si no fuera así, no necesitaríamos parlamento. Una buena noticia para mejorar las cuentas públicas, desde luego, pero una aberración para nuestros logros políticos más queridos. Si, por ejemplo, en las próximas elecciones españolas, el PSOE no obtuviera votos suficientes para formar gobierno, hemos de esperar titulares del tipo “los españoles castigan al PSOE por…”, cuando, en realidad, sólo una pequeña parte de ellos, los que hayan cambiado su voto, puedan haberlo hecho. Es muy frecuente, entre la clase política, afirmar que los españoles expresaron en las urnas tal o cual cosa o que han tomado nota del mensaje popular. Pero ¿quién es ese individuo llamado “los españoles”?

Bastan ya con las muchas y poderosas fuerzas que, en nuestra sociedad mediática, homogeinizan, uniforman y aunan ideas, modas y modos. No hacen falta ayudas extra para, además, convertir la democracia representativa en una mera pugna por hacerse con el cetro del poder. Pueden valer estos reduccionismos para dilucidar quién es el campeón de una competición donde el vencedor ostenta el derecho a sentirse como tal y los otros quedarán fuera del reconocimiento que, quizá, merecieran.

La democracia exige un escrupuloso respeto a la minoría, cuyos derechos son los mismos que los de la mayoría. Porque cada individuo ha de estar representado y no ignorado. Quien entienda el régimen parlamentario como la dictadura de la mayoría es que, probablemente, no es demócrata.


Carlos Herrera se mofa de Evo Morales pero olvida mofarse de la publicidad que ampara. Como líder de una gran audiencia se desliza hacia la desinformación mediante un estilo personal ajeno al periodismo responsable.

periodista-con-principiosAcabo de oir al ingenioso periodista Carlos Herrera, uno de los líderes de la radio matinal española, recrearse en su suerte favorita. La de la crítica faltona y oportunista, una de sus especialidades más aplaudidas. Loa ha hecho, en este caso, con motivo de unas declaraciones del presidente boliviano, Evo Morales, a quien llamó por ellas, despectivamente, “tonto del haba”. Para Herrera no hay nada más patente que la estulticia de quienes se alinean con los utópicos idealistas. No desaprovecha ocasión alguna para desacreditar, casi siempre por la vía de la ironía insultante, a cuanto cándido izquierdoso se le ponga a tiro, especialmente si pertenece a la órbita latino americana, y por supuesto, nunca en una entrevista personal.

Extracto de Herrera en la Onda 21-04-2010

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Las declaraciuones de Evo Morales son, no cabe duda, extravagantes. Sobre todo si se sacan de su contexto, algo imprescindible para que la información quede a un lado a favor de la hilarante caricatura. Puede que Morales se equivoque, incluso que peque de insensato, cuando señala los males derivados de las hormonas del pollo de granja, como causantes de un exceso de homosexualidad en Europa – y, aunque no se citó, de algunos problemas en la pubertad de las niñas -. Puede o puede que no. Quizá no se equivoque tanto. Quizá Carlos Herrera nos lo podria aclarar pero, claro, eso es mojarse y lo suyo es sólo mofarse. Y, aunque al célebre periodista no le interese, el presidente de Bolivia también ha habló de los antiecológicos envases desechables, de los invasivos cultivos transgénicos y, en general, de los indiscutibles excesos de un sistema capitalista que, guste o no, es el único responsable de la capacidad del hombre para actuar sensiblemente sobre la naturaleza. Todo esto no es tan chistoso y no interesa a Herrera. Tampoco le ha interesado mencionar que Morales inauguraba la Primera Cumbre Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático, única alternativa en marcha a la fracasada cumbre de Copenhague que ha merecido también el apoyo esplícito de la ONU y la representación de grupos cívicos de más de 120 países. Habrá que recurrir a la televisión china que, en nuestro propio idioma, se digna informarnos.

Pero para decirlo todo, puesto que estos ecologistas pobres son los únicos que evidencian su ignorancia, al parecer, cuando asocian las hormonas del pollo con la homosexualidad o al afirmar otras “barbaridades”, vale la pena comentar que en los medios de comunicación “civilizados”, caso de la cadena Onda Cero, tribuna de Carlos Herrera, se lanzan diariamente mensajes publicitarios como, por ejemplo, el que promueve una pulserita de silicona que lleva adherida una pegatina con el holograma de un logo en el que “se ha almacenado una frecuencia presente en la naturaleza” que, por solo 35 euros, mejora nuestro equilibrio, nuestra fuerza y elasticidad, nuestro “enfoque” y nuestro bienestar. Según el propio anuncio, se han vendido más de 45 millones de estas maravillas en los nada sospechosos Estados Unidos de America, que, como todo el mundo sabe, no están afectados por el virus boivariano que deteriora el entendimiento. Por cierto, que Carlos Herrera anuncia su propio negocio en la web de dicha joyita de la ciencia.

La ignorancia, como se ve, va por barrios. Es verdad, eso sí hay que reconocerlo, señor Herrera, que siempre ha habido clases. Y claro, no se puede comparar, una estupidez con otra.


violencia de parejaMás allá de la polémica lingüística, la expresión “violencia de género” puede ser un obstáculo para la solución de una dramática realidad.

Es bien conocido el viejo debate, aparentemente superado, acerca de la conveniencia de utilizar unas u otras expresiones para denominar estos sucesos que nos sobrecogen y nos dejan una inquietante sensación de pandemia trágica. “Violencia de género”, “violencia machista”, “terrorismo machista” se han ido imponiendo a otras, más acordes con los criterios de los lingüistas, como “violencia de pareja” o “violencia doméstica”, y por supuesto, han enterrado definitivamente el viejo “crimen pasional”.

Puede parecer una polémica estéril, cuestión meramente superficial, la de cómo llamemos a unos crímenes que, en todo caso, todos repudiamos, pero no es cierto. Las palabras, se ha dicho muchas veces, no son inocuas. La machacona insistencia con que se utiliza, contra la opinión expresada una y otra vez por las voces más autorizadas, la expresión “…de género”, merece una cierta reflexión.

El llamado “género”, entendido como un atributo de las personas, no es otra cosa, en castellano, que el “sexo” de toda la vida, a diferencia del carácter masculino o femenino de las palabras, asunto meramente lingüístico que viene referido por el término “género”. Es obvia la diferencia entre ambos conceptos, como se evidencia con infinidad de ejemplos. En lo tocante al sexo, encontramos algunos que, por indecorosos, no dejan de ser ilustrativos.  El “pene”, palabra de género masculino que se refiere a un órgano típicamente masculino en lo sexual, recibe, a menudo, nombres de género femenino, como “la picha”, “la pilila” y otros más o menos elegantes, lo que, lógicamente, no altera su significado. Paralelamente, “vagina”, vocablo de género femenino, es tan cabalmente referido a  las mujeres y a su sexo como lo son los menos presentables “coño” o “chocho”, sustantivos de género masculino.

Pero como “sexo” es, en nuestro días, una sustantivo que apela, sobre todo a la experiencia sexual, un valor en alza que reclaman para sí unos, otras y todo tipo “otres”, la expresión “violencia sexual” no parece sino una confusa alusión al sadomasquismo o,quizá, a la fogosidad llevada al límite.

Se ha impuesto, por tanto, la “violencia de género” o “machista” como inequívoca apelación a este tipo de violencia. Puede ser que se justifique por la intención de significar inequívocamente violencia de hombres hacia mujeres (excepcionalmente viceversa). Lo grave es que, quizá, estemos ante un fenómeno que poco o nada tiene que ver con eso.  Porque no he encontradao una sola noticia de ataques indiscriminados a mujeres por parte de hombres. En nuestra sociedad, no se conocen bandas de machistas que apaleen a mujeres como, por desgracia, sí ocurre en otros casos, como los neofascistas agreden a los negros o a los mendigos, por ejemplo. Porque cada dramático caso se ciñe a una relación hombre-mujer particular y única. Ninguno de los homicidas de esta especie han extendido su agresión al resto de mujeres de su entorno.

¿No sería más sensato y más realista hablar de violencia de pareja?, ¿No estaremos, quizá ante un síndrome que se genera en la intimidad de la relación entre dos personas? Por supuesto, es lógico pensar que habrá hombres y mujeres más susceptibles de transformarse en agresores violentos. Pero en un contexto de pareja.

La sociedad haría bien en poner bajo el microscopio las circunstancias en que dos personas pueden relacionarse íntimamente, o dejar de relacionarse, para intentar descubrir cuales son los factores que desencadenan estas terribles situaciones.

Quizá sea el momento de empezar otra vez desde cero en este maldito asunto. Quizá también de reinventar las mismas palabras con que lo describimos. Si sólo nos dejamos llevar por el camino simple de los diagnósticos feministas más repetidos y ruidosos, que nacen de el mismo y único prisma, el que divide a los humanos en dos bandos enfrentados, desperdiciaremos, quizá, mucha de la energía bien intencionada que, cada día, se pone en juego para combatir infructuosamente un horror con el que todos, “todos y todas”, queremos acabar.


La verdadera crisis de los medios de comunicación no es económica sino profesional. Su creciente servidumbre del marketing de consumo global, su impúdica y gratuita publicidad de las grandes multinacionales traiciona todos los principios de independencia y justicia informativa.

¿Publicidad o información?
El País, 31 de Enero de 2010

Cada vez con más frecuencia nos desayunamos con noticias, enmarcadas en la información general de los medios, que no son más que el eco de los comunicados de marketing de las grandes marcas globales.

Ya nos habíamos acostumbrado a que la industria cultural, es decir, el cine, los libros, la música y toda clase de espectáculos, se alimentaran de la publicidad gratuita que los medios de todo tipo ponían a su servicio, si cumplían la premisa de protagonizar un millonario lanzamiento. La crisis del sistema de propiedad intelectual, junto con el advenimiento de la red de redes, ha puesto en cierto peligro esa tradicional simbiosis que ha sido sustituida por una nueva, aún más perversa.

Los móviles, los videojuegos, las novedades de las grandes marcas de hardware y software y, en general, cualquier nueva tecnología digital de consumo, nutren las redacciones de periódicos, radios y televisiones, prestos siempre a servir de altavoz a todo lo que pueda tener éxito, con o sin razón.

El caso de Apple, la marca de informática que viene últimamente arrasando las primeras planas, es un ejemplo paradigmático. Parece que los medios le han cogido el gusto a seguir fielmente la pauta del marketing de esta marca, especializada en rediseñar inventos ya existentes para convertirlos en objetos de culto y signos de estatus social. Sin rubor alguno, las redacciones se lanzan a cubrir las convocatorias de la firma de la manzana, dejando de lado el relevante hecho de que ésta, como otras marcas de las llamadas “nuevas tecnologías”, utilizan a los serviles informadores para dejar constantemente obsoletas sus propias novedades, apenas unos meses después de convencer a medio mundo, el rico, claro, de que son soluciones definitivas para nuestro futuro.

La complicidad de los medios de comunicación con esta espiral de ultra consumismo tecnológico no está acompañada de crítica alguna ni de la mínima prudencia informativa. Aunque, en ocasiones, se acompañan estas bombas informativas de cierto análisis crítico, no dejan de ser un jugoso servicio a mayor gloria de los protagonistas.

No es sostenible que sólo algunos consigan siempre romper el “cordón policial” que rodea a las noticias para colar sus acciones publicitarias.Periodismo insostenible

No pocas veces ha quedado demostrada la precipitación de una campaña de este tipo, que ha perjudicado gravemente a los consumidores, como en el caso reciente de los decodificadores de TDT. En el caso del “iPad”, asistimos a una explosión de culto hacia un producto que, aparte de ser muy dudosamente novedoso, contra la falsedad de sus mensajes publicitarios, quedará fuera de juego en muy poco tiempo, sustituido probablemente por otro de la misma Apple.

Pero al periodismo actual parece importarle muy poco su función de utilidad social con tal de aprovecharse del tirón de este tipo de “noticias”, material sensacionalista comercial revestido burdamente de información. Es hora de decidirse. Tal como los Juegos Olímpicos, conscientes de su absoluta impureza amateur, tuvieron que admitir la profesionalización del deporte, para evitar agravios comparativos, tendrán los medios de comunicación que admitir la libre información sobre productos y mercados, ya que no es sostenible que sólo algunos consigan siempre romper el “cordón policial” que rodea a las noticias para colar sus acciones publicitarias sin más contrapartida que la de tomarnos el pelo, el dinero y alimentar nuestra insensatez.


EncuestasMikel Lejarza, director general de Antena3 Televisión, nos propone imaginar cómo mejoraría el periodismo escrito si fuera sometido a los métodos de la televisión.

Ser esclavo de las audiencias a la hora de programar los contenidos televisivos es, para Mikel Lejarza, director de Antena3 Televisión, una escuela que potencia las virtudes del buen periodista. Difícilmente podemos encontrar un mejor ejemplo de Síndrome de Estocolmo, ese estado psicológico por el que un secuestrado, incapaz de defenderse de la agresión emocional a la que es sometido, desarrolla sentimientos de simpatía y aprobación hacia sus captores. En una reciente entrevista concedida a Onda Cero, una emisora de radio de su mismo grupo empresarial, Lejarza habla de las bondades de trabajar al dictado de la cuota de pantalla, que la televisión escruta minuto a minuto.

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Mikel Lejarza

Es de suponer que, quien piensa así, aplaudirá de igual modo esa generalizada tendencia por la que los políticos lanzan, moldean o censuran sus propuestas en perfecta sintonía con las expectativas de opinión pública que los sondeos y encuestas les van indicando.

Debe tratarse de un nuevo concepto de libertad de expresión, según el cual uno debe hacer públicas sus ideas, siempre y cuando éstas vayan siendo bienvenidas por la mayoría. Groucho fue, no cabe duda, un verdadero adelantado para su tiempo.


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