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    ¿Podremos salir de la crisis sin cambiar las bases de la economía?

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    El marketing de las grandes compañías hace de la ecología su principal argumento, aunque con poca coherencia.

    La campaña de Toyota “Había una vez un bosque” es una muestra de la ligereza de cierto tipo de campañas

    Está de moda que las grandes marcas argumenten sobre su conciencia medioambiental y lancen iniciativas ecologistas de todo tipo, como parte de su política de imagen pública. Las campañas populares de reforestación son especialmente recurrentes. La simplicidad y escaso coste de su planteamiento, la indiscutible bondad que proyecta la acción de repoblar los montes y el sencillo atractivo para la participación de quienes quieran implicarse activamente a favor del medio ambiente, pero no saben bien cómo, son factores clave para que estas campañas encuentren, nunca mejor dicho, el terreno abonado, para su proliferación.

    Recientemente, Toyota, la multinacional de mayor éxito en el sector del automóvil durante las últimas décadas, ha invitado a sus cliente a participar en su Día nacional de la Reforestación, segunda edición. Siguiendo la estela de altisonante militancia a favor del medio ambiente de todo su sector que, junto con el energético-petrolero, parece abanderar la lucha contra el cambio climático desde hace algún tiempo, Toyota despliega para ello todos los encantos del markerting y el diseño.

    La marca ha propuesto a niños y grandes de buena voluntad que, armados con unas semillas, 160.000 bellotas certificadas (sic) y un azadilla, planten árboles una bonita mañana de otoño. Todo un alarde de medios se ponen en marcha para este noble fin. Desde una página web, toda verde ella, en la que no faltan personajes animados creados para este fin, como un Robin Hood de la reforestación,  hasta toda una organización logística para que cada voluntario sepa exáctamente dónde y cuándo debe presentarse. No faltaron en el evento fotografías, diplomas, buen ambiente y un bocata, obsequio de la casa.

    Nada que objetar. Si no fuera porque para convocar a los usuarios, Toyota ha realizado un mailing cuyo contenido es, cuando menos, sorprendente. Posters a todo color, sobres, cartulinas satinadas y toda clase de material impreso, no precisamente reciclado.

    Más de uno pensaría que tendrá que plantar más de la cuenta para compensar el consumo de madera en paprel publicitario. En cierto modo es como plantar lo desplantado. Una ecología de quita y pon.

    A esta paradójica cuestión hay que añadir que, para poder colaborar en la reforestación, es necesario registrarse en la web que Toyota tiene a tal efecto. Aunque parece que sólo se trata de facilitar a cada uno las instrucciones particulares para su participación, lo cierto es que cuando uno se registra, acepta, al mismo tiempo, unas condiciones contractuales por las que su dirección es incluida en la base de datos del departamento de marketing de la firma con explícito consentimiento para que pueda ser utilizada en acciones publicitarias llevadas a cabo por cualquier medio. Y si no, ¡no hay bellotas!

    En fin, todo no puede ser. Reforestar sin derrochar papel y tinta o apuntarse a colaborar sin ceder tu dirección al marketing directo es mucho pedir. Es lo que pasa cuando el medio ambiente depende de un fabricante de coches.

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    “Como si no hubiera nada más importante que hacer” se ha convertido en una fácil muletilla generalizada para combatir iniciativas políticas gravemente contrarias a la propia ideología.

    Lo hemos podido comprobar recientemente con motivo de las propuestas legislativas socialistas sobre el aborto, en relación con la Ley de la Memoria Histórica, respecto de determinadas medidas económicas que el Gobierno ha tomado en el contexto de la actual crisis y, en general, cada vez que un político o cualquier otro líder de opinión se pronuncia contra algo sobre lo que no quiere recononocer una fuerte implicación personal.

    Como ejemplo de esta corriente de crítica cínica, tan de moda, el ingenioso divo de las ondas Carlos Herrera nos obsequia con un derroche de su má genuino estilo, ácido, divertido, autocomplaciente e, informativamente, inútil.

    Herrera en su onda (23-10-2009)...

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    El Consejo Escolar de Cataluña es, en esta ocasión, el objeto del ninguneo irónico que lo pone en evidencia con la habitual cantinela de “…como si no hubiera nada más importante…”

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    Pero es importante que un periodista no juegue con determinadas cosas porque su papel no es el de un político partidista y sectario, ¿o quizá sí? y se espera de él, especialmente cuando se trata de un líder de opinión que arrastra a miles de seguidores, la capacidad de iluminar, no de espesar, las brumas de la actualidad.

    Por otra parte, a C.H. se les ve el plumero. El Consejo Escolar de Cataluña, organismo discutible, por supuesto, se ha ocupado de docenas de asuntos de más peso y trascendencia que el comentado por éste periodista, como suele ocurrir en casos similares. A él no parece haberle interesado ninguno de ellos, excepto éste tan “banal”.

    La prueba de la contradicción en la que Herrera incurre, propia de este tipo de actitudes, últimamente tan frecuentes, es que le concede durante todo el programa y en la tertulia que dirije a continuación la importancia que primero le niega. Probablemente le duele o le alarma el asunto aunque no le gusta o no le interesa confesarlo.

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    La obsesiva crítica a las medidas anticrisis del Gobierno de los que se dicen más liberales revela una paradójica atención al poder público y el reconocimiento implícito de su importancia como actor socioeconómico.

    No le quitan ojo. El gobierno español, gracias a sus conocidos pronunciamientos de izquierdas, se ha convertido en su diana preferida. La de todos cuantos defienden las bondades del mercado. Tertulianos que pontifican sin rubor sobre la economía mundial, políticos conservadores atrapados entre sus ideas obsoletas y la nada, empresarios que se tambalean tras años de bonanza sin fin y en general, y cuantos temen reconocer el fracaso del paradigma del mal llamado libre mercado, apenas apartan sus focos del apurado ejecutivo.

    Han encontrado en un desbordado gobierno, que apenas logra paliar las consecuencias de una caída desde alturas que se escalaron sin prudencia ni medida, el blanco perfecto donde estrellar su impotencia. Porque la crisis azota sin piedad las previsiones de la política neoliberal de las últimas décadas. Porque se su propia crisis. Quedan lejos las promesas de riqueza para todos que una globalización integral de la economía iba a precipitar sobre a la humanidad del siglo XXI.

    Pero, por desgracia, son muy pocos los que se han caído del caballo. Aferrados a sus micrófonos y rotativas amigas, a la religión del crecimiento y a su glorioso pasado, acusan al Gobierno, supuestamente socialista, de no saber resolver la crisis o de empeorarla si cabe. Fuego a discreción. No hay tregua para la indignación.

    Ellos lo hubieran resuelto mejor. Porque ellos, los neoliberales, saben muy bien lo que hay que hacer, que la crisis, no vino por su doctrina sino por algún incauto izquierdoso que debió colarse en Lehmann y en otros santos lugares. En España, clandestinos socialistas, a buen seguro, debieron boicotear el armónico y muy sostenible desarrollo socioeconómico que con tanto mimo habían promovido los especuladores inmobiliarios, la banca  y las administrciones valenciana o madrileña, por poner un ejemplo.

    Los neoliberales, saben muy bien lo que hay que hacer, que la crisis, no vino por su doctrina sino por algún incauto izquierdoso que debió colarse en Lehmann y en otros santos lugares.

    ¿Por qué no hacer una crítica honesta al mundo empresarial, al mercado que, tal como había venido evolucionando, nos ha llevado a esto? El paro estructural, de más de cuarenta años de antigüedad, sigue sin resolverse. Las desigualdades entre los pueblos han aumentado. La crisis energética, cuyo primer aldabonazo data de los años setenta, es cada vez más acusada. La salud, la educación, el estado del bienestar no han mejorado. El terrorismo, las hambrunas, la contaminación, el racismo y el miedo al futuro han aumentado. ¿Por qué no fijar el análisis en los errores cometidos por un sistema que no funciona bien?

    Perpectivas económicas por países del FMI

    El Gobierno no sabe arreglar el desaguisado, de acuerdo. Pero ni la política fiscal, ni los presupuestos generales, ni las medidas excepcionales, ni las acciones de los ministros “económicos”, ni la política monetaria, ni la negociación sociolaboral con patronos o sindicatos, ni ninguna otra de las “desastrosas” acciones del gobierno Zapatero, han traído la crisis. Y que nadie crea la simpleza de que sólo España ha sido señalada por el FMI como economía que no se recupera de la recesión. Todos los países han emprendido de nuevo la senda del crecimiento, para bien y para mal. España llegará un poco más tarde a cifras positivas.  Pero de entre los paíes ricos, también se retrasarán Luxemburgo, Islandia e Irlanda, la del gran milagro ecnómico alabado por los neoliberales (tal como alabaron el llamado milagro español).

    Quizá sea que, ante la oscuridad repentina, la desorientación, la incertidumbre que brota del agotado pensamiento único, los liberales, quiero decir, los que presumen tan fanáticamente de serlo, encuentran natural exigir ahora al Gobierno, a la mano bien visible del Estado, un poco de protección, otro poco de punto de apoyo y un mucho de guía. Exigen que el Estado garantice un futuro de nuevo esplendor para el dios mercado. Cuando llegue, dirán que el Gobierno estorba.

    Quieren soltarse de manos en la bici del mercado porque son hábiles ciclistas. Pero papá Gobierno debe agarrar el sillín cuando proceda porque peligra su integridad. Y si, finalmente,  se caen, la culpa es de papi. Sobre todo si no le cuelga la etiqueta de liberal.

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  • Periodistas, alcaldes, ministros, jefes de estado y gente guapa asisten esta semana a la capital danesa donde se la juegan las ciudades candidatas a sede olímpica. Dos meses después se celebrará en el mismo lugar un debate, del que apenas se habla, donde se la juega todo el planeta.

    El Congreso del Comité Olímpico Internacional se abrirá el sábado 3 de octubre en Copenhague. Cuatro ciudades compiten para acoger los Juegos Olímpicos de 2016, Chicago, Madrid, Río de Janeiro y Tokyo. Cada una de ellas apura sus últimas bazas, desplegando hasta la extenuación su ya casi exhausta capacidad de seducción ante los miembros del COI para ganar su voto. La delegación española, por ejemplo, se nutre con nuestros más altos representantes (más altos no hay). Desde el sonriente alcalde de la endeudadísima capital española hasta el mismo rey Juan Carlos, que igual sirve para un roto que para un descosido, pasando por el presidente del gobierno del estado o la presidenta de la Comunidad de Madrid.

    Algo va a suceder en Copenhague después del tinglado olímpico que más valdría la atención de tantos mascarones de proa capaces de influir en las conciencias.

    Tanto plumaje raya lo grotesco. Ensayos secretos de estratégicas presentaciones, rutilantes campañas de imagen, relaciones diplomáticas al rojovivo, análisis de probabilidades, debates, apuestas, nervios y, por supuesto, gran pompa mediática (que no falte) son parte de los signos externos de esta especie de pelea concelebrada por lucir el aura olímpica y disfrutar de sus mieles. Pocas veces, si es que hay alguna, se ponen en juego tantos y tan costosos recursos para influir en una decisión puntual. Todo sea por que sea la ciudad de cada cual la gozosa elegida.

    Pero Copenhague no cierra el gran tinglado internacional tras el rito del COI. Algo va a suceder después que más valdría la atención de tantos mascarones de proa capaces de impactar en las conciencias. El 7 de Diciembre de 2009 se alzará el telón de la Cumbre Mundial del Clima, quizá, la última oportunidad para la esperanza de trabajar unidos.

    Más valdría contener entonces la respiración por ver si somos capaces entre todas las ciudades, olímpicas, paralímpicas, megapólicas o raquíticas, entre todos los talentos, deportivos, cognitivos o consultivos, con todas nuestras fuerzas, de mimar como merece la llegada del año 2016 y, si fuera posible, de los siguientes.

    A diferencia del lema olímpico, en lo que se refiere al cambio climático, para mal o para bien, lo imposible es no participar.

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    Queridos intrusos

    • 17 sep, 2009

    intrusismo_laboral

    Cada cierto tiempo, hay sectores laborales que, en nombre de la protección del consumidor, se indignan por la irrupción de intrusos, etiqueta maldita para quienes se atreven a competir sin permiso.

    Intrusismo, una palabra que siempre me ha resultado desconcertante. ¿Quién es profesional de algo?, ¿quien gana su sustento de una determinada actividad laboral?, ¿como empelado de una gran empresa?, ¿como modesto autónomo?, ¿el que es reconocido como una autoridad en la materia?, ¿quien ejerce un hobby con más dedicación y ahínco que su trabajo?, ¿o quien tiene un título oficial?, ¿cuánto de oficial?, ¿con qué calificaciones?, ¿el que desempeña una labor brillantemente?, pero…¿cuánto de brillantemente?, ¿a juicio de quién?

    Al final, sólo podremos establecer ciertos convencionalismos legales cuando los haya, que siempre serán discutibles y rebatibles. Ser o no ser periodista, para mí no es la cuestión, como no lo es si debe o no llamarse matrimonio la unión civil homosexual. Me importa muy poco. Y a las personas de a pie, que no van paseando ni blandiendo sus títulos, merecidos o no, virtuales o tangibles, tampoco.

    Al hilo de la protesta que plantean los taxistas de Madrid, no está de más reflexionar sobre la contradicción que supone defender, por un lado, la plena y libre competencia en el seno de un mercado liberalizado, y por otro, reclamar una extricta regulación colectivista que impida la irrupción de nuevos competidores.

    Un caso muy ilustrativo es el debate que ha penetrado la profesión periodística. Porque si, de verdad, somos los periodistas consecuentes con nuestra supuesta vocación, no nos va a quedar más remedio que preocuparnos de que el ciudadano sea libre para opinar, votar y actuar, en función de la más rica y plural información y opinión. Y si no nos vale el paternalismo informativo como excusa para justificar la censura, no nos debe valer criba alguna para descalificar ni clasificar a nadie a la hora de expresarse públicamente.

    Si nos preocupa lo de periodista sí o no es porque no queremos que se ningunee el esfuerzo realizado para obtener nuestro título académico. A los taxistas les duelen los dineros y paciencia gastados parea obtener una licencia. De acuerdo, a mí también me pasa. Pero debemos asumir que ese esfuerzo se defiende sólo demostrando ante los demás solvencia a la hora de trabajar y nada más.

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