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    ¿Podremos salir de la crisis sin cambiar las bases de la economía?

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    Tan viejos como nuestra civilización son los conceptos de prenda y préstamo. Yo te presto y tú me dejas algo en prenda que me quedaré si no me pagas la deuda. Sencillo, quizá inevitable, aunque, a la vez, diabólico.

    De este esquema simple se ha derivado la sempiterna profesión de prestamista como la tan odiada práctica de la usura, buena parte de la esencia misma de la banca y, naturalmente, las viejas y omnipresentes casas de empeño. Pero en la mente de todos los protagonistas, prestatario y prestamista, siempre fue claro la función de la prenda, servir de garantía para la devolución de lo prestado.

    Casa hipotecada
    Hipotecas

    El debate actual sobre la conveniencia de dar legalmente por buena la dación como pago, es decir, que un préstamo hipotecario pueda ser saldado con la sola entrega de la vivienda hipotecada, deja al descubierto nuestra absoluta ingenuidad. Hasta hace poco, todos pensábamos que lo peor que podría pasarnos, si no pudiéramos pagar nuestra hipoteca, sería perder nuestra casa. Pero resulta que no. Resulta que la banca, siempre tan competente y celosa de sus intereses, en un amplio sentido de éstos, tenía bien amarrado el asunto para que la famosa burbuja inmobiliaria no le estallara en la cara. Si tu prenda pierde valor, no será suficiente para saldar tu deuda y deberás pagarme aún más. Así era la verdadera naturaleza de su acuerdo. Pero, ¿qué clase de prenda es esa?

    Nuestro flamante nuevo gobierno acaba de tener una iniciativa para poner, supuestamente, las cosas en sus sitio. Quiere legalizar la dación de la vivienda como pago. Claro que, como segar la hierba debajo de la banca es siempre imprudente y la cosa no llegará tan lejos. Además, no deja de ser cierto que con la seguridad jurídica no conviene jugar mucho, anulando derechos la ley ampara, por muy absurdos que éstos sean, por lo que, finalmente, sólo podrán acogerse a la, digamos, ley hipotecaria natural, aquellas familias todos cuyos miembros estén en paro y que, además no tengan apenas ingresos de ningún tipo, siempre que los bancos estén de acuerdo.

    Teniendo en cuenta que el valor de la vivienda en el mercado ha llegado a bajar hasta el cincuenta por ciento, en algunos casos, la diferencia entre la deuda final de las familias beneficiarias de esta medida gubernamental y la de aquellos que no puedan aprovecharse de ella puede llegar a ser de no pocas decenas de miles de euros. Por ello, la inevitable consecuencia será algo que el mismo gobierno dice insistentemente querer evitar. La economía sumergida y el paro oficial se consolidará y crecerá. ¿Quién va a querer declarar sus ingresos si, con ello, pagará impuestos, quizá elevadas tasas a la seguridad social y, además, deberá pagar veinte, treinta o cuarenta mil euros más al banco por haberlo hecho?

    Veremos cómo se deshace este nudo. La ingeniería financiera y legal moderna tiene estas cosas. Cuando el viento cambia, las sencillas y elementales costumbres de toda la vida, como los puentes romanos, son las únicas capaces de sobrevivir. Perder la casa debe ser, como es natural, suficiente para saldar el préstamo obtenido para comprarla. Cuando eso no hace falta, la banca hace un inmenso negocio. Los dados no deben estar cargados siempre hacia el mismo número.

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    El enfrentamiento de intereses contamina la necesaria reflexión sobre el futuro de la propiedad intelectual. Como de costumbre, el debate se sustituye por la simple descalificación personal.

    Seguimos donde siempre.

    Otra vez se libra batalla entre el ejército de las industrias culturales, esas que no son más culturales que cualquier otra industria, aunque ostentan ese codiciado título, y todos los demás. Ángeles González Sinde, con su resplandeciente uniforme de Ministra de Cultura, es sólo una diligente primera oficial que cumple órdenes. Al fin y al cabo su carrera se forjó en la selecta infantería de las sociedades recaudadoras de la industria del cine.

    He leído como Alejandro Sanz, ese talentosísimo artista a quien admiro y con quien he tenido la suerte de colaborar, se encabrona indignado por la debilidad de sus filas y les llama cobardes por haber dado un pasito atrás. Tranquilo, Alejandro, sólo un pasito.

    Creatividad
    Creatividad

    Es una pena que acabemos metidos en las trincheras y perdamos la ocasión para reflexionar sobre nuestro recién estrenado sistema social de intercambio digital. Si yo ocupara un destacado puesto entre los beneficiarios del sistema vigente de la propiedad intelectual, me vería seguramente inclinado a defender mi fuero, claro.  Pero la sociedad necesita algo más que constantes batallas por intereses económicos particulares.

    Dice Alenjandro Sanz que internautas somos todos y que él no se siente representado por la llamada Asociación de Internautas. Tiene razón, es como si hubiera una asociación de peatones o de hablantes, pongamos por caso. Aunque lo cierto es que los agentes de tráfico no parecerían ser parte de los primeros ni los académicos de la Lengua de los segundos. Porque, en este caso, no se trata tanto de estar representado como de sentirse defendido por unos o por otros.

    Puestos a matizar, admirado Alejandro, ¿a quién representa la llamada Coalición de Creadores? Porque creadores somos todos, desde los que inventan desternillantes chistes hasta los que diseñan escaparates, los blogueros que te hablamos, los ingenieros, los dentistas y en general, cualquiera cuyo ingenio trasciende y se convierte en utilidad para otros. Tu música es grande. Muchos participaron en el proceso creativo de tus éxitos. ¿Fueron todos ellos beneficiarios de los derechos que tanto defiendes?

    Aquí se dilucida el futuro de un negocio basado en la capacidad para intervenir la difusión y la copia de las sustancias digitales del conocimiento. Un enorme negocio que poco o nada tiene que ver con los principios que dice promover. Admitamos que tenemos un problema difícil. Pero no juguemos más con los tópicos que nos convienen en cada momento. ¿”Dictadura de los Señores de la Red”, dices, Alejandro? Una simplificación así evidencia, siento decirlo, escasa creatividad.

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    Las elecciones primarias del PSOE madrileño dan carnaza a los opinantes de guardia que, obsesionados por las pugnas partidistas, ningunean a los votantes.

    Trinidad Jiménez y Tomás Gómez

    ¡Postzapaterismo! ¡El principio del fin llega desde dentro! ¡Voto de castigo para Zapatero! ¡Varapalo a Ferraz! ¡Humillante derrota del Presidente del Gobierno! ¡El partido socialista está roto! Sin aparentes dudas, muchos periodistas, tertulianos y toda clase de opinantes públicos se han lanzado a despellejar al supuesto moribundo de la Moncloa, tumbado por la mano de uno de los suyos, Tomás Gómez, el díscolo y rebelde secretario general del partido en Madrid.

    No hay una sola oportunidad que se desaproveche por los cronistas del morbo poítico y mucho menos por quienes pueden salir directamente beneficiados, en su caso, para agitar la opinión pública a favor de sus tesis partidistas y sectarias. Es deprimente la horfandaz informativa que aqueja a nuestro país, asolado por los eternos culebrones mediáticos, nutridos por los últimos vaivenes de la retórica oportunista de unos y otros. Aunque a eso se le llama prensa política, se parece demasiado a la mera industria del entretenimiento y, aún peor, a la manipulación propagandística.

    Las elecciones primarias del PSOE de la Comunidad de Madrid, finalmente resueltas con la victoria del candidato Tomás Gómez sobre su adversaria Trinidad Jiménez, son la nueva excusa para alimentar la confrontación pública entre partidarios del partido en el poder gubernamental y los seguidores del partido opositor, el Partido Popular. Por supuesto, hoy por hoy, no hay prácticamente otro tema más apetecido, ni siquiera las demás opciones partidarias tienen apenas cabida en los guiones sensacionalistas que pueblan la infosfera.

    Esperanza Aguirre

    La historia de las primarias socialistas es mucho más simple y, quizá, mucho más trascendente que la que se nos pretende vender por los divos mediáticos. Hace 16 años que el Partido Popular gobierna en la Comunidad de Madrid, convertida en un bastión del partido de los conservadores, primero bajo la presidencia del hábil seductor Ruiz Gallardón y después con la aún más eficaz e inteligente comunicadora, presidenta Aguirre.

    Una y otra vez, el PSOE no encuentra la persona que descerraje el dominio del PP. Rafael Simancas fue el último derrotado por Esperanza Aguirre, quien tras arrebatar el poder a los socialistas tras una oscura maniobra parlamentaria, parece hacerse más y más fuete con cada proceso electoral. Fue sustituído por Tomás Gómez, un exitoso alcalde del cinturón sur del gran Madrid, cuyo talento sólo conocían los más allegados y los militantes del partido que le auparon al liderazgo regional. Una nueva convocatoria electoral está en el horizonte cercano y nadie apuesta ni un céntimo por ese desconocido Gómez frente a la omnipresente y todopoderosa Aguirre. De hecho, Tomás Gómez está, al contrario que ella, absolutamente ausente de los medios.

    La maniobra “Trini”, orquestada por el bajo perfil público de la candidatura de Gómez, ha provocado , gracias a la voracidad sensacionaalista y veleidosa de los medios de comunicación, su propio vaciado.

    El PSOE parece condenado, una vez más, a resignarse a la inevitable derrota. Rodríguez Zapatero, consciente de la importancia del asunto, patrocina una estrategia, una más, para intentar alterar lo inalterable. Trinidad Jiménez, actual ministra de Sanidad, una de las mujeres más prominentes y populares del PSOE, cuya personalidad siempre ha cautivado a las audiencias, acepta el encargo de ser la candidata que se enfrente con Aguirre, en sustitiución del apagado Tomás Gómez, aparentemente mucho menos equipado para ganar las elecciones. Sin embargo, el sectretario general del PSOE madrileño no acepta retirarse, convencido de que si consiguiera la atención de los medios hacia su persona, que le es esquiva, su capacidad como líder le daría suficientes opciones a la victoria. Esta resistencia fiuerza al partido a celebrar primarias entre los dos aspirantes.

    Rodríguez Zapatero, junto a los demás dirigentes federales del PSOE, desean, lógiocamente, que sea Jiménez la ganadora, para poder disputar con alguna opción la presidencia de la Comunidad de Madrid y no solo no lo ocultan, sino que le dispensan cuantos apoyos pueden brindar. Pero entonces ocurre lo impensable. Los medios de comunicación encuentran en esta pugna la carnaza ideal para alimentar sus títulares y se embarcan en un culebrón que, durante meses, calentará las primarias madrileñas. La luz de los focos ilumina por fin, y de qué forma, a Tomás Gómez quien no desaprovecha ningún micrófono, ninguna cámara. Los ciudadanos madrileños, a quienes  la ministra de Sanidad, cae muy bien, descubren en Gómez un político de izquierdas moderado, sugestivo y dotado de una gran personalidad. Los votantes del partido también. La maniobra “Trini”, orquestada por el bajo perfil público de la candidatura de Gómez, ha  provocado , gracias a la voracidad sensacionaalista y veleidosa de los medios de comunicación, su propio vaciado.

    Tomás Gómez ha sido, aunque con un estrecho margen, el ganador de las primarias. La apuesta de Rodríguez Zapatero no estaba equivocada, como tantos quieren señalar. Sólo que hubiera sido innecesaria si los líderes de opinión y muchos programas informativos se hubieran ocupado de informar de la existencia de un emergente e interesantísimo líder socialista en Madrid. Que ahora lo sepa todo el mundo es, para el PSOE, una buena noticia, y para Zapatero también. Eso sí, ¡pobre Trini!

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    Los sistemas electorales de la democracia real son sumamente imperfectos pero lo peor es la incapacidad de la sociedad política y mediática para debatir sobre sus defectos, al margen de la confrontación partidista.

    Con motivo de las últimas elecciones en el Reino Unido hay quien se sorprendió por lo “injusto” del sistema electoral británico, tras analizar las causas de que el emergente liberal Clegg no triunfara en las urnas, sino que, paradójicamente, hubiera sucumbido.

    En los últimos días, Venezuela, siempre buena salsa para cualquier guiso mediático, puso de manifiesto, de nuevo, esta aparente contradicción. Los detractores de Chávez se indignan porque el sistema electoral venezolano permite que tengan mayor representación parlamentaria aquellos que, en realidad, han obtenido un menor número de votos.

    Resulta desalentador, aunque no muy sorprendente, que nos demos cuenta de estas cosas sólo cuando sentimos que nuestros particulares intereses han sido injustamente tratados por un sistema que, hasta ese momento, teníamos por ejemplar. No ayuda el hecho de que políticos y líderes de opinión parecen vivir de espaldas a estas cuestiones cuando se les llena la boca de democracia en las habituales soflamas de unos y otros.

    Porque no hace falta mirar tan lejos para descubrir esta paradoja, tan tramposa para algunos, como legal para todos. En el sistema electoral español la representación parlamentaria resultante de las urnas puede beneficiar a uno de los partidos contendientes por encima de lo que le ha favorecido la diferencia de votos. En España  se da una circunstancia especial, además, la ventaja electoral de los partidos nacionalistas, por la que éstos acceden al parlamento estatal con un porcentaje de representación superior al proporcional a su electorado.

    Diputados por provincia/circunscripción

    Como parece que aún no lo tenemos claro, veamos. La práctica electoral, base del sistema por el que nos gobernamos, ha de resolver el complejo desafío de la representatividad. Somos demasiados para asistir personalmente a nuestro parlamento y votar sobre cada una de las decisiones políticas de ámbito estatal. Así que la tradición democrática nos ofrece dos soluciones bien diferenciadas y todas las  intermedias entre ambas. A saber, el sistema electoral mayoritario y el proporcional. Mediante el primero serán nuestros representantes quienes hayan obtenido más votos. Serán nuestros delegados a la hora de decidir. Los de todos los votantes. Aquellos candidatos que no hayan ganado en la contienda electoral se quedarán en su casa. Por el segundo, sin embargo, designamos representantes proporcionalmente a los votos emitidos, es decir, que la mayoría de ellos serán afines a los votos más numerosos mientras que los menos representarán a los votantes minoritarios. A diferencia de lo que ocurre en el sistema mayoritario, el debate político se prolonga más allá de las urnas puesto que en el parlamento habrá que conciliar distintas posturas.

    tabla elecciones 2004
    Estudio sobre las elecciones de marzo del 2004

    Según este esquema, el sistema mayoritario pone en manos de una sola persona, el ganador, la representación popular. Aunque pueda ser aceptable para la elección de un presidente de gobierno, no parece cabal para la actividad parlamentaria que, como dice su propio nombre, implica debate y dialéctica. Además, la democracia es representación y no parece de recibo que millones de personas sean representadas por una sola. En el otro lado, el sistema proporcional acarrea también sus propios vicios. El número de votos de una gran ciudad o de una zona de gran concentración demográfica se impondría siempre sobre las zonas menos densas, por importantes y numerosas que éstas sean, que jamás podrían aspirar al poder de decisión política. Es aquí donde aparece el tercer brazo de todo sistema electoral, cuya trascendencia, pese a ser poco analizada, es enorme. Hablamos de la circunscripción electoral.

    En España, la norma constitucional establece 50 circunscripciones, una por provincia más Ceuta y Melila. Eso quiere decir que en cada provincia se presentan y son votadas candidaturas a representantes parlamentarios. El resultado será independiente de los del resto de circunscripciones y sólo se sumará a ellos para componer el mapa parlamentario final. Se ha pretendido conjugar la representatividad del sistema proporcional con la simplicidad y eficacia del mayoritario.

    Cada provincia tiene un número asignado de diputados o escaños en función de su población que van desde 3 en las menos pobladas hasta los 35 de la provincia de Madrid. Esta diferencia permite que la penetración de los partidos de segunda fila en el parlamento sea mucho menor que en la sociedad, debido a que en las provincias “pequeñas” no alcanzarán diputado alguno. En ellas el sistema es prácticamente mayoritario. En las “grandes”, en cambio, un partido local o nacionalista puede lograr una nutrida representación parlamentaria porque le podrán ser serán asignados un número importante de diputados. Si hubiera una sola circunscripción en todo el estado, la proporcionalidad aumentaría aunque también la variedad de partidos, aspecto que preocupó a los legisladores constituyentes españoles.

    En conclusión, nadie puede presumir de que los votos sean reflejados con exactitud en los órganos parlamentarios. No estaría mal que, antes de criticar los sistemas electorales ajenos, nos aplicáramos a mejorar el nuestro. Quizá los recelos que en 1978 justificaron el diseño electoral vigente no tienen ahora cabida y podría ser un buen momento para abordar su mejora. Porque la democracia real lo será más cuanto mayor sea su su capacidad para la autocrítica.

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    Mosqueo planetario

    • 16 may, 2010

    mosqueo planetraio

    Discursos incoherentes, decisiones contradictorias y estériles confrontaciones alimentan la percepción de una clase política errática e incapaz siquiera de entender lo que pasa.

    Después de incontables discusiones sobre la naturaleza del fenómeno que agita el ágora mundial desde hace tantos meses, puede que, finalmente, nadie se atreva a denominarlo de otra forma que con su dudoso nombre inicial, es decir, crisis. Un apelativo cuya ambigüedad casa perfectamente con nuestra ignorante perplejidad.

    Hasta ahora se han manejado apellidos más o menos aplaudidos, como crisis financiera, crisis del capitalismo, crisis económica, crisis bancaria, crisis monetaria y otros más exóticos. Todos ellos han pretendido conjurar la perplejidad, el miedo a lo desconocido, con el viejo truco de bautizar al fantasma para que pierda su inquietante halo de misterio.

    Al parecer, la polémica sobre la naturaleza de la dichosa crisis no hace más crecer, defraudando toda expectativa de que los sesudos señores de la economía, esos sabios de cuya sabiduría nada aprendemos, descifren y desactiven sus complejas amenazas.

    Cada vez parece más claro que, excepto cruzarse acusaciones de culpabilidad y negligencia, los políticos no hacen más que disparar al aire contra un invisible enemigo que ataca desde todos los frentes. Los expertos, ay, benditos y anónimos expertos, esa escurridiza etnia de nuestro tiempo, parecen, a su vez, más inexpertos que nunca.

    Si la oveja se nos muere, a pesar de que todos los pastores andan reunidos permanentemente, o ninguno de ellos es un pastor competente, o esta oveja es un mutante y no hay pastor que la entienda. O quizá, entre tantos doctores hay quien envenena las pócimas curativas.

    ¿Aumentar el gasto público?, ¿disminuirlo?, ¿aumentar los impuestos?, ¿bajarlos? ¿invertir?, ¿ahorrar? ¿sostener la banca?, ¿dejarla caer?, ¿mirar a la Bolsa?. ¿ignorarla?, ¿proteccionismo?, ¿globalización? Cada vez intuimos con más claridad, aunque no se nos diga abiertamente, que no tienen ni pajolera idea de cómo meter mano al asunto. Cada día que pasa aumenta nuestra desconfianza hacia todo y hacia todos de modo alarmante. El mosqueo empieza a ser planetario.

    En algunos países, la violencia ha hecho ya acto de presencia en las calles. Millones de personas tienen un futuro incierto, o mejor dicho, ciertamente nefasto. Las instituciones públicas se tambalean en todas partes azotadas por la corrupción de la que cada vez más gente quiere formar parte.

    Aún hay quien pide calma arguyendo que las desigualdades y la injusticia sólo tendrán que esperar un poco más a la reanudación del crecimiento económico, ese camino a ninguna parte que hoy se manifiesta desvestido de su benéfico disfraz, esa trampa que ha servido siempre de coartada para quien no quiere repartir sus privilegios económicos.

    Más vale que, de una vez, se alcen, ante la opinión pública mundial, nuevos líderes, desnudos de viejas y corruptas ideologías. Líderes que, cuya única ambición sea ayudar a que desandemos parte de lo recorrido y construyamos de nuevo nuestras verdades desde algún cruce de caminos que en el pasado confundimos o nos confundieron.

    Pero, ¿queda alguien ahí capaz de hacer frente a tantos y tan fuertes? ¿queda aún alguien capaz de decirnos algo verdaderamente nuevo?

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