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    Un espíritu enjaulado

    • 12 abr, 2010

    La democracia, como sus leyes, tiene un espíritu que la alienta que no debe ser marginado por el culto a la letra de sus normas.

    Baltasar Garzón

    El juez Baltasar Garzón, conocido internacionalmente por su relevante papel el el encausamiento de Pinochet y por su defensa de la Justicia Universal, se encuentra inmerso en varios procesos legales abiertos contra él. Entre el regocijo de sus enemigos, no pocos, y el escándalo de sus admiradores, muchos, el juzgador es ahora juzgado por supuestas faltas sobre las que todo el mundo discute. Un debate que nos recuerda que detrás de la ley, hay legisladores y detrás de éstos, hay electores de diversas ideologías y talantes.

    El caso del juez Baltasar Garzón, para unos un proceso judicial ortodoxo, para otros, un proceso político, justicia en marcha para unos, iniquidad y atropello para otros, obliga a reflexionar sobre el papel que la sociedad otorga a la administración de justicia. No sólo cabe preguntarse sobre las atribuciones y potestades de los jueces, sino sobre las de las mismas leyes, aun corriendo el riesgo de tirar de un hilo que, como el de algunos tejidos, conduzca a que la trabajada tela de nuestro orden social, se deshaga completamente.

    Se nos ha dicho siempre, aunque últimamente no sea un lugar frecuentado por los académicos del derecho, que la ley, toda ley, se expresa por su letra, su articulado concreto, y se inspira por su espíritu, a menudo apuntado en las introducciones a la propia ley. También se ha dicho que la justicia lo es menos cuando olvida este espíritu de la ley y sólo atiende a la letra. Sobre todo cuando aplicar escrupulosamente ésta, pueda oponerse a aquél.

    Es curioso con que ahínco defienden, en algunos casos, la Constitución y, en general, todo el entramado legal, aquellos que encuentran precisamente en la letra de la ley el acomodo a sus deseos, aun cuando no fueran en absoluto fervientes promotores de la misma. Es el caso de muchos militantes del PP, el partido conservador español, que engolan la voz y se ponen graves para señalar al juez Garzón como presunto prevaricador en el caso de la fallida instrucción sobre las víctimas del franquismo en la postguerra civil española. Estos pontífices de la corrección política de quita y pon nos aleccionan con un credo que, cualquiera lo diría al oírlos, parece que se crean. La democracia es el imperio de la Ley, el estado de derecho lo es gracias a la garantía de que la Ley es igual para todos, nos recitan con cierta suficiencia “supermegademocrática”.

    Hubo que conculcar mucha letra legal vigente, trastocar hábitos, olvidar la letra pequeña, incluso la grande, para abrir paso a un nuevo régimen de libertades, para llegar a donde estamos ahora.

    Pero alguien debe recordar que la democracia se constituye en España gracias al esfuerzo de muchos por encontrar lugares de encuentro que, poco a poco, fueron cristalizando en una Constitución refrendada por una grna mayoría. Una mayoría compuesta por resignados franquistas, que renunciaban a la continuidad del régimen, con la esperanza de que no murieran todas sus herencias, y por esperanzados antifranquistas que confiaban en que el futuro fuera cada día más democrático y menos deudor del pasado.

    La nueva letra de la ley era, en la transición española, una exigencia ineludible para poder esgrimir, por fin, un texto constitucional que legitimara una nueva España. Pero lo que latía en cada voluntad, lo que animaba esa ejemplar transformación civil era el espíritu que la inspiraba, un aliento de convivencia y de libertad a ultranza del que nacería cada decisión, cada cuerdo, cada artículo constitucional. Hubo que conculcar mucha letra legal vigente, trastocar hábitos, olvidar la letra pequeña, incluso la grande, para abrir paso a un nuevo régimen de libertades, para llegar a donde estamos ahora.

    Así que si el debate pertinente es sobre si la Ley de Amnistía, nacida entonces, ha de revisarse o no a la luz del nuevo derecho internacional; si el importante debate ha de ser sobre si las víctimas del bando perdedor de nuestra guerra civil son o no aún acreedores de reparación,  no tienen ustedes ningún derecho a ponerse dignos, señores de PP, para acusar a un juez que ha promovido como pocos los gestos más bellos de nuestro joven régimen ante el mundo, apelando con farisaica demofilia a una ley, mejor dicho, a su letra, que no fue germinada para detener la mano de quien proponga un paso más en nuetra siempre inacabada transición.  Pero, a veces, conviene enjaular al espíritu de la ley.

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    Cuando se dice de una entidad que no está animada por el afán de lucro se suele indicar, más allá de su singular estatus legal, una especial naturaleza empresarial.

    Una naturaleza que se adorna ante los ojos de la sociedad con el bello ropaje del desinterés material, lejos del egoísmo materialista que impera en el mercado.

    Normalmente están adscritas a este excepcional atributo sociedades de fines altruistas, como es el caso de muchas ONG, fundaciones más o menos nobles, muchas instituciones públicas y algunas entidades de difícil calificación. Entre éstas últimas encontramos las llamadas sociedades de gestión de los derechos de propiedad intelectual que, supuestamente, son meros entes recaudadores por cuenta ajena.

    No deja de ser curioso, sin embargo, que sean precisamente estas instituciones, muy especialmente la inefable SGAE, quienes luchan a brazo partido a favor de la reparación de un negocio, hoy lesionado, que ha sido fuente inagotable del lucro más deslumbrante durante décadas. Porque nada hay más lucrativo que explotar indefinidamente y en exclusiva un producto cuyo coste de producción es, a partir de cierta cantidad vendida, igual a cero.

    Lucro según la RAE

    Se da la circunstancia que la SGAE promueven sin cesar la imposición y generalización de un peaje por oír o ver las obras artísticas, el famoso canon que lucra tanto que nunca como ahora, pese a los reiterados lamentos sobre la piratería aún da para que la SGAE, tras repartir su recaudación, acumule un patrimonio descomunal.

    Quizá la explicación de todo esto sea simplemente que los socios de SGAE no tienen afán de lucro, aunque se lucren sin cesar. Quizá, muy a su pesar, no pueden evitar forrarse. Su verdadero afán no es de lucro sino de que la ley les “obligue” a lucrarse.

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    violencia de parejaMás allá de la polémica lingüística, la expresión “violencia de género” puede ser un obstáculo para la solución de una dramática realidad.

    Es bien conocido el viejo debate, aparentemente superado, acerca de la conveniencia de utilizar unas u otras expresiones para denominar estos sucesos que nos sobrecogen y nos dejan una inquietante sensación de pandemia trágica. “Violencia de género”, “violencia machista”, “terrorismo machista” se han ido imponiendo a otras, más acordes con los criterios de los lingüistas, como “violencia de pareja” o “violencia doméstica”, y por supuesto, han enterrado definitivamente el viejo “crimen pasional”.

    Puede parecer una polémica estéril, cuestión meramente superficial, la de cómo llamemos a unos crímenes que, en todo caso, todos repudiamos, pero no es cierto. Las palabras, se ha dicho muchas veces, no son inocuas. La machacona insistencia con que se utiliza, contra la opinión expresada una y otra vez por las voces más autorizadas, la expresión “…de género”, merece una cierta reflexión.

    El llamado “género”, entendido como un atributo de las personas, no es otra cosa, en castellano, que el “sexo” de toda la vida, a diferencia del carácter masculino o femenino de las palabras, asunto meramente lingüístico que viene referido por el término “género”. Es obvia la diferencia entre ambos conceptos, como se evidencia con infinidad de ejemplos. En lo tocante al sexo, encontramos algunos que, por indecorosos, no dejan de ser ilustrativos.  El “pene”, palabra de género masculino que se refiere a un órgano típicamente masculino en lo sexual, recibe, a menudo, nombres de género femenino, como “la picha”, “la pilila” y otros más o menos elegantes, lo que, lógicamente, no altera su significado. Paralelamente, “vagina”, vocablo de género femenino, es tan cabalmente referido a  las mujeres y a su sexo como lo son los menos presentables “coño” o “chocho”, sustantivos de género masculino.

    Pero como “sexo” es, en nuestro días, una sustantivo que apela, sobre todo a la experiencia sexual, un valor en alza que reclaman para sí unos, otras y todo tipo “otres”, la expresión “violencia sexual” no parece sino una confusa alusión al sadomasquismo o,quizá, a la fogosidad llevada al límite.

    Se ha impuesto, por tanto, la “violencia de género” o “machista” como inequívoca apelación a este tipo de violencia. Puede ser que se justifique por la intención de significar inequívocamente violencia de hombres hacia mujeres (excepcionalmente viceversa). Lo grave es que, quizá, estemos ante un fenómeno que poco o nada tiene que ver con eso.  Porque no he encontradao una sola noticia de ataques indiscriminados a mujeres por parte de hombres. En nuestra sociedad, no se conocen bandas de machistas que apaleen a mujeres como, por desgracia, sí ocurre en otros casos, como los neofascistas agreden a los negros o a los mendigos, por ejemplo. Porque cada dramático caso se ciñe a una relación hombre-mujer particular y única. Ninguno de los homicidas de esta especie han extendido su agresión al resto de mujeres de su entorno.

    ¿No sería más sensato y más realista hablar de violencia de pareja?, ¿No estaremos, quizá ante un síndrome que se genera en la intimidad de la relación entre dos personas? Por supuesto, es lógico pensar que habrá hombres y mujeres más susceptibles de transformarse en agresores violentos. Pero en un contexto de pareja.

    La sociedad haría bien en poner bajo el microscopio las circunstancias en que dos personas pueden relacionarse íntimamente, o dejar de relacionarse, para intentar descubrir cuales son los factores que desencadenan estas terribles situaciones.

    Quizá sea el momento de empezar otra vez desde cero en este maldito asunto. Quizá también de reinventar las mismas palabras con que lo describimos. Si sólo nos dejamos llevar por el camino simple de los diagnósticos feministas más repetidos y ruidosos, que nacen de el mismo y único prisma, el que divide a los humanos en dos bandos enfrentados, desperdiciaremos, quizá, mucha de la energía bien intencionada que, cada día, se pone en juego para combatir infructuosamente un horror con el que todos, “todos y todas”, queremos acabar.

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    Entre los nueve municipios que compiten para albergar el almacén de residuos nucleares, suman menos de 5.000 habitantes. Para ellos, los millones de euros prometidos al ganador son una buena razón para no pensar en posibles perjuicios.

    Jugarse el tipo por dinero es algo que hacen, a diario, cientos de millones de personas en todo el mundo. Muchos de ellos se juegan abiertamente la vida por su sustento o por su simple supervivencia. Pero no es un fenómeno repartido aleatoriamente. Si elaboráramos un ranking del riesgo en el trabajo diario por países, no cabe duda de que los más pobres ocuparían los prtimeros puestos. No sólo porque, a menor riqueza, menores infraestructuras en seguridad personal y salud, sino porque el valor mismo de la vida es algo subjetivo, que tiene mucho que ver con nuestros miedos más íntimos. Y la pobreza nunca ha sido madre del miedo sino de la desesperación, y la desesperación genera temeridad, esa temeridad, casi suicida, de los que sólo han conseguido sobrevivir.

    La pobreza nunca ha sido madre del miedo sino de la temeridad

    Todo esto lo sabemos. Es parte de la vida misma, nos gusta decir. Paliamos nuestra cuota de culpa, asumiendo, al menos de boquilla, la defensa de un futuro más justo y equitativo. Sin embargo, cada día cedemos a los más desfavorecidos el “privilegio” de asumir, precisamente por serlo, los riesgos que nosotros, los acomodados burgueses del occidente postindustrial, rechazamos para nosotros mismos. Y en el negocio del riesgo de las actividades industriales peligrosas, es una vieja tradición. Ya hace treinta años desde que se inaugurara la maldita planta de producción de isocianato de metilo en Bhopal, esa que llevó a la India una tragedia dantesca en forma de envenenamiento masivo. Las potencias coloniales del siglo XIX y XX fueron maestras en ignorar las bajas humanas que las explotaciones de materias primas, destinadas a la metrópolis, provocaban entre la población indígena.

    Si se precisa gente que asuma riesgos indeseables, no hay más que dar dinero a los que lo necesitan de verdad.


    Hemos aprendido mucho, en todo este tiempo. Se han desarrollado sistemas de seguridad mucho más eficaces y métodos de trabajo mucho más compasivos. Pero hay algo inmutable. Si se precisa gente que asuma riesgos indeseables, no hay más que dar dinero a los que lo necesitan de verdad. Porque si dentro de nuestras ricas sociedades occidentales hace falta, de vez en cuando, instalar un complejo industrial que todos queremos lejos, siempre podemos recurrir a ellos.

    El ATC, Almacén Temporal Centralizado, según la denominación eufemística y oficial de turno, o el “CRNP, Cementerio de Residuos Nucleares Peligrosos”, según el apelativo más realista, es un nuevo ejemplo de esta dinámica. Cerca de 15 millones de euros anuales de subvención, numerosos puestos de trabajo y toda clase de promesas materiales han convencido a los de siempre. Un grupo de municipios que apenas son capaces de sobrevivir en un cuerpo social que hace tiempo dejó de nutrir a los pequeños pueblos para abandonarlos a una muerte lenta y triste.

    Siete de los nueve candidatos tienen una población decreciente e inferior a los quinientos habitantes. Los otros dos tienen apenas unos cientos de más. Ascó, el pueblo tarraconense que ya acoge una central nuclear y que también solicita el ATC es, quizá, un caso aún más patético, pues aspira a que no le quiten los exiguos beneficios de la actividad nuclear que ya padece y que puede perder, ya que no tiene ninguna alternativa.

    Un pueblo nuclear es algo así como un pùeblo apestado. Pese a los alardes de confianza en la seguridad, nadie quiere el ATC cerca. Por eso, ofrecer unas monedas de oro a quien no tiene nada, para que acepte acogerlo, es una proposición indecente. Hacer un concurso y llamar a los solicitantes candidatos es otra indecencia.

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    El FOREX, gran casino global de divisas, especula febrilmente contra el euro, tal como denunció el ministro español José Blanco, parapetado tras el discurso de aclamados gurús económicos y editorialistas que fingen ignorarlo.

    Euforia en el mercado de divisasEsta es una comunicación promocional de uno de los cientos de intermediarios que se dedican a las gestionar apuestas en el mercado financiero más peligroso y volátil de cuantos habitan el planeta económico, el mercado internacional de divisas, conocido como Forex. Como se puede apreciar, la clave del mensaje promocional consiste en señalar el momento en que el broker avisó a sus clientes de que debían vender euros a cambio de dólares. Momentos después del aviso, el euro se desplomaba, generando inmensos beneficios a quienes siguieron la indicación. Esta caída del euro es excepcioanalmente abrupta y profunda, pero no tan difícil de prever como suelen ser este tipo de valores tan volátiles. Era más que previsible, seguro, que el desplome se produjera tras declaraciones como las de Paul Krugman, quien, impúdicamente, alarmó en su leidísimo blog sobre los peligros que se cernían sobre la moneda única europea, amenazada, no ya por la evidente inestabilidad de Grecia, sino por el inminente lastre que, drmáticamente, caería sobre el euro desde España.

    “The biggest trouble spot isn’t Greece, it’s Spain. True, Spain is running big deficits now — but that’s because of its economic collapse. And underlying that collapse is the real problem with the euro: one-size-fits-all monetary policy, which offers no relief to countries that suffer adverse shocks.” Paul Krugman

    José Blanco

    Una declaración así, en boca de un premio Nobel de economía, no puede traer más que lo que trajo. Si Krugman hacía o no conscientemente el juego a los especuladores del Forex, nunca lo sabremos. Aunque es muy significativo el hecho de que durante los siguientes días los ataques a la moneda europea dieran pingües beneficios. José Blanco fue objeto de ácidas críticas por atreverse a insinuar que eran intereses especulativos los que alentaban los mensajes de inusual alarma sobre la amenaza española.  Un ministro “paranoico” que resultó ser un blanco fácil, porque, claro, si el gran Krugman, o una columnista del Financial Times o Roudini en el cóinclave de Davos hablan, los alumnos, aplicados y fervorosos defensores de cuanto aprendieron en las escuelas neoliberales, aplauden y ríen la gracia. Lo malo es que algo debió fallar porque el blanco Blanco resultó acertado.

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