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    Ha nacido iGod

    • 7 oct, 2011

    La temprana muerte de Steve Jobs lo eleva al altar de los mitos históricos

    Apple

    Vaya por delante que no he conocido a Steven Paul Jobs, ese californiano de origen sirio educado en una familia de origen armenio cuya pasión de adolescencia por los juguetes electrónicos innovadores acabó por llevarle tan lejos. Acabó por llevarle a predicar sus excelencias con tal intensidad y convicción como para que  varias generaciones lo veneren como a un auténtico profeta. No he conocido a Steven, la persona. Ignoro si hubiera sido mi amigo o no. No sé cómo era para los suyos, ni en su entorno vital. No conozco su verdadera personalidad. Por eso quiero dejar constancia de que, a su muerte, siento lo mismo que ante el fallecimiento de un desconocido. Respeto y distancia.

    Pero aclarado esto, quiero referirme a esa religión de la que Jobs es líder espiritual, ahora ya en manos de la historia y camino del olimpo. Una religión que cuenta con decenas de millones de fieles y con miles de predicadores vocacionales. Quiero hablar de Steve Jobs, el objeto de culto, el venerado profeta. Nunca como hoy, el día en que Steve  ha detenido para siempre su humano caminar, hemos podido comprobar hasta qué punto es un mito excepcional, una de esos personajes cuya fuerza icónica supera inevitablemente cualquier intento de perfilar objetivamente su figura.

    Jobs, probablemente, ha hecho mucho menos de lo que sus seguidores le atribuyen y mucho más de lo que apenas se le reconoce

    Pero, ¿qué ha hecho de Jobs un dios de nuestro tiempo? ¿Qué le ha convertido en un ser tan admirado, venerado, casi adorado? Porque Jobs, probablemente, ha hecho mucho menos de lo que sus seguidores le atribuyen y mucho más de lo que apenas se le reconoce. Como innovador de tecnología, no pasó de ser un inteligente y exigente aficionado, aunque esta afirmación me valdrá que muchos lectores abandonen aquí este artículo. Ahí radica parte de la explicación del fenómeno Jobs. En su capacidad para captar fieles seguidores de sus afirmaciones, de sus opiniones, de todo lo que hizo o dijo, capaces de defenderlo como algo propio. Un éxito mediático personal que no tiene parangón en el mundo mercantil.

    Como he dicho antes, su aportación como innovador no ha sido lo que él ha conseguido que parezca. Veamos algunos ejemplos. El ratón y esa manera paradigmática de manejar mediante iconos y clics un ordenador fue obra de Douglas Engelbart años antes de que el novedoso Apple Lisa lo hiciera suyo. Pero es la empresa de Jobs la que lleva los laureles. El MP3 y las herramientas que lo convirtieron en magia para llevar en el bolsillo toda nuestra discografía fueron, tras varios antecesores, definitivamente alumbrados por la Fraunhofer Society años antes de que Jobs acuñara la sacrosanta i del iPod, pero fue a él quien parece haberle correspondido la gloria del invento. HTC había ya desarrollado un smartphone con pantalla táctil años antes de que el sagrado iPhone capitalizara para siempre ese mérito. El tabletPC existía mucho antes del lanzamiento hiperbólico y omnidifundido del iPad

    Su concepto de lo conveniente para la sociedad es muy discutible

    Tampoco podríamos decir de Apple que ha dado ejemplo como empresa responsable en el desarrollo de sus productos.  La arquitectura cerrada, en contraposición a la arquitectura abierta de los PCs, una de las obsesiones de Jobs, ha implicado una cultura de “usar y tirar” nada edificante. Basta que un elemento de un Apple sea superado por una nueva generación, para que todo el equipo quede obsoleto. Además, la dependencia absoluta que los usuarios de Apple tienen de los suministros y desarrollos de la marca impide la competencia y tiene tintes abusivos, aunque los adictos nunca se hayan quejado. Recordemos también los años que Apple se resistió a retirar de sus fórmulas de fabricación el PVC o los retardantes bromados, cuando ya muchos de sus competidores lo habían hecho. Por cierto, Samsung fue uno de los primeros en hacerlo. O el desprecio de Apple hacia las ventajas ergonómicas y ecológicas de la tinta electrónica frente a la pantalla luminosa, un enorme avance ignorado por el iPad…

    Habría que instituir un Premio Nobel del Marketing sólo por él

    Sin embargo, son indiscutibles los apabullantes méritos de Steve Jobs. Habría que instituir un Premio Nobel del Marketing sólo por él. Para reconocer su inigualable genialidad. Steve Jobs se haría merecedor de él media docena de veces, al menos. Que nadie interprete mal mi alusión al marketing. No es en absoluto peyorativa. Me refiero a esa importantísima disciplina empresarial bajo cuyas directrices y principios nacen y evolucionan los productos e, incluso, las empresas mismas.

    Steve Jobs supo, como muy pocos, penetrar en la psicología del usuario potencial para obligarse y obligar a sus colaboradores a buscar obsesivamente los rasgos que hacen de los productos de consumo algo diferente en la mente del consumidor, algo, sobre todo, deseado. Steve Jobs supo refrendar como nadie uno de los más permanentes axiomas del marketing según el cual es mucho más importante la percepción que el consumidor tiene de un producto y de sus singularidades que la realidad de su verdadera naturaleza.

    Cualquier experto en marketing sabe que un producto verdaderamente nuevo y revolucionario se vende mal. Está destinado, en el mejor de los casos,  a que los consumidores de riesgo, algunos atrevidos snobs sirvan de pioneros tras los cuales, con el tiempo, llegue el gran mercado. Sin embargo, una vez que un producto es aceptado y ha perdido su condición de rareza, el único desafío que impone el marketing para llegar al éxito es encontrar la diferencia que lo haga más deseable que sus competidores. Diferencia real o aparente. Pero no basta con eso. Hay que difundirla, comunicarla, hacerla presente como una verdad indiscutible. Steve Jobs sabía todo esto más que nadie. Y sobre todo, lo puso en práctica como nadie. Siempre encontró esas diferencias, reales o aparentes, siempre deseables. Su capacidad para difundirlas con un coste mínimo ha sido asombrosa, un alarde de dominio de los medios. Fue dueño de los telediarios, de la prensa, de los debates, de los botellones… Supo subordinar la perfección a la seducción, la invención al diseño, lo bueno a lo adictivo. Su concepto de lo conveniente para la sociedad es muy discutible, aunque el concepto que tuvo de lo conveniente para su empresa rozó lo sobrenatural.

    Hoy mismo he podido escuchar el testimonio de un seguidor de Apple narrando cómo se había caído del caballo, según sus propias palabras, como San Pablo, para convertirse a la religión de la Manzana: “Yo siempre había tenido un PC. Pero cuando compré mi nuevo iMac, caí vencido nada más ver y tocar su embalaje, su textura, cómo encajaban las solapas…todo.” Esa ha sido la verdadera magia de Jobs. Entender como nadie que el precio solo ha de tener relación con el valor subjetivo que para un consumidor tiene poseer el objeto que compra, el objeto soñado. Entender como nadie que el deseo irracional puede mover el mundo más que la propia razón. Y saber dónde nace y de qué se alimenta ese deseo. Un secreto que quizá se haya llevado consigo.

     

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    Prohibido compartir

    El consumo individual, como factor de crecimiento, se extiende sistemáticamente a todo tipo de producto o servicio, pese a su insostenibilidad y el daño social que provoca.

    Hace poco leí una reflexión sobre el paulatino descenso en la actividad de las salas de exhibición de cine. El autor se preguntaba dónde acabaríamos por ver el cine, alarmado por la perspectiva que ofrecen las nuevas tendencias de consumo directo desde Internet.  ¿Dónde veremos el cine? Cada uno sabrá.

    Hace mucho tiempo que la radio se escuchaba en grupo. Un apasionado grupo humano compartía noticias, música, folletines y conversación. Después llegarían los transistores de bolsillo, la miniaturización, los autoradios y los auriculares. ¿Alguien recuerda la radio en el salón?

    En los años 60, no hace tanto tiempo, se celebraba en España la proliferación de teleclubs, un aplaudido invento comunitario por el que la gente de todo un pueblo se reunía para ver la televisión. Es cierto que la tele era para aquella españa todo un lujo pero compartirlo no hacía ningún daño ¿Nos acordamos de los  Teleclubs? Hoy la apisonadora de las operadoras telefónicas nos adoctrina para acabar por ver la tele en nuestros móviles.

    Un ordenador en casa. Algo increíble e ingénuamente futurista. Corrían los años 70. Algunas décadas después pocas son las casas “civilizadas” que no tengan su PC familiar. Pero ya no es suficiente. Ahora son los tablets, “smart phones” y otras tentaciones los que deben tomar el relevo. Pero ahora, eso sí, cada yuno con el suyo.

    ¿Quién recuerda esa generación de jóvenes que se reunía al calor de un “tocadiscos” para compartir su entusiasmo y sus emociones? Luego llegaría el “walk-man”, el “disc-man”, rebasados hoy por los diminutos reproductores de mp3, y cada uno debe entusiasmarse individualmente.

    Nuestros abuelos se criaron en una extensa familia que se alojaba en una casa común donde varias generaciones convivían ycompartían recursos, espacio y las idas y venidas de la vida cotidiana. Las clases sociales, como siempre, marcaban las distancias, discernían excesos y carencias pero nadie dudaba en considerar el domicilio familiar como un lugar comunitario donde cabían muchos más que mamá, papá y los niños.

    Un coche siempre fue un signo externo de buena posición por lo que la familia que poseía un utilitario era como si se revistiera de prosperidad pero, tras algunas décadas, tener varios coches en una familia es casi normal. Por supuesto, cualquier joven aspira a tener el suyo lo antes posible.

    Es una fuerza centrífuga imparable. Ya no se come en familia, sino que cada cual tiene sus hora y sus hábitos. Hubo un tiempo en que había un solo teléfono en casa. Ya nadie se impacienta porque la línea está ocupada en casa por el adolescente de turno y nadie puede comunicar…porque ahora todos pueden comunicar aal mismo tiempo, esclavos de su móvil. Lo que fueron juegos de mesa caseros se llevan hoy en el bolsillo y, aunque pueden compartirse, los videojuegos son ya parte de la colección de propiedades individuales.

    Sólo hay una explicación para esta imparable decadencia de los consumos compartidos. Es la misma que en su día llenó el mundo de pañales, mecheros, platos, vasos, envases, bolígrafos, bolsas, cajas, y todo tipo de objetos de “usar y tirar”. Se trata de multiplicar las unidades de producción y consumo en aras de nuestro dios Crecimiento, un dios que poco a poco nos va revelando su verdadera cara. Su auténtica dimensión de maldad, derroche, injusticia y suicidio planetario.

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    El hombre es el único animal que se empeña en caer siempre en la misma piedra, sobre todo si el daño recae en otros.

    25 años no han bastado para que la reflexión y la prudencia se impongan a una carrera industrial desenfrenada que en nada ha conseguido satisfacer las aspiraciones constantes de la humanidad.

    ¿Cuántas veces habrá de suceder?

    Este clip requiere Flash 8

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    Mientras apenas se van considerando las consecuencias del desastre de Fukushima, el mundo consume hoy más de 13.000.000.000 de litros de petróleo cada día, cifra que sigue aumentando

    En el delta del río Niger

    Sin contemplaciones. No hay por qué alarmarse. Los expertos calculan que las reservas de petróleo existentes en los yacimientos durarán más de cincuenta años. No solo eso, sino que si continuamos emitiendo gases de efecto invernadero al ritmo de hoy contribuiremos al calentamiento global y con ello al deshielo ártico, un verdadero chollo para poder extraer petróleo también del subsuelo marino polar, gracias a los avances tecnológicos de la perforación en aguas profundas. El “accidente” de BP en el Golfo de Méjico no es más que un acicate para mejorarlas y también, por qué no, una oportunidad para las productoras de cine. El único desafío para las grandes petroleras y sus ávidos clientes sigue siendo, como siempre, conseguir que la extracción sea cada día “safer and cheaper” – más segura y más barata -.  Quizá algún día, incluso, el cambio climático les permita atacar las bolsas de crudo bajo la Antártida, hoy un santuario, sólo por su aguda inhabitabilidad.

    Pero no pensemos mal. No todo son malas intenciones. Los defensores del plan para la erradicación total de la pobreza en el mundo, esa fuerza omnímoda que se autoproclam liberal, que pregona los dones del crecimiento como la única religión posible, proponen que se aumente  la producción de energía alternativa a los combustibles fósiles,  defendiendo la eficiente, limpia y barata energía nuclear. Pese a la insistencia del ecologismo, ese ingenuo, ignorante y trasnochado movimiento, las energías llamadas renovables no pueden, de ninguna manera, hoy por hoy, competir -pongámonos de pie ante esta sacrosanta palabra – con la fisión atómica o el petróleo. Desde su púlpito matinal de tertuliano, Alberto Artero ilumina nuestra torpe y ofuscada reacción ante la nueva calamidad nuclear de Fukushima:

    Alberto Artero, un tertuliano que nos alecciona

    Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

    Todo hace pensar, eso sí, que viviremos unos meses de contención verbal, tras el recientísimo accidente nuclear de Japón, cuyas consecuencias aún están por conocer. Fieles a sí mismos, los mentores de lo nuclear se avienen a reconocer que habrá que hacer un esfuerzo, aquí también, a favor de lo “safer and cheaper”. Se ha desatado, de nuevo, el eterno debate nuclear, tan estéril como las cumbres de la Tierra, esa periódica válvula de escape de la opinión pública que sirve de coartada para quienes aún sostienen que nuestra sociedad es libre.

    Pocos plantean, y los que lo hacemos, clamamos en el desierto – nunca mejor dicho, hablando de petróleo – una moratoria indefinida para la extracción de combustibles fósiles y el consumo de energías no renovables, por la paradójica razón de que, sin ellos, nuestro actual sistema productivo no podría sostenerse.  Como si la economía  compulsiva que nos rige fuera sostenible. El crecimiento económico constante no ha solucionado los males que, se presume, debe combatir desde su consagración tras la Segunda Guerra Mundial. Pasado el espejismo de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, la llamada primera crisis del petróleo desnudó los cimientos del progreso industrial, el suministro energético, por cuyo control se desviven hasta hoy quienes tienen algún poder para ello. Las muchas voces que clamaron entonces por la sustitución de las fuentes energéticas sólo fueron escuchadas para fomentar una profunda revisión de la dependencia de Occidente de los países productores de petróleo. Este proceso se saldó con la eclosión nuclear y la búsqueda obsesiva de la eficiencia, tanto tecnológica como productiva, que trajo consigo una trágica carga de desempleo, nunca jamás aliviado, y finalmente bautizado con el apelativo de paro estructural, como si formara parte inevitable de la naturaleza.

    El crecimiento económico constante no ha solucionado los males que se presume debe combatir desde su consagración tras la Segunda Guerra Mundial.

    Pero hoy el petróleo vuelve a ser el oro negro de siempre, más buscado que nunca, gracias a nuestros alardes tecnológicos, siempre crecientes. Perp, más allá de otras consideraciones, ¿quién nos ha dado permiso para vaciar de petróleo el subsuelo de nuestro planeta? ¿Es que tenemos derecho a acabar en unas pocas generaciones con una fuente energética que se ha ido generando y acumulando durante millones de años? Sería más razonable que pudiéramos utilizarlo de modo marginal y sostenible – esa palabra de ecologista terco y recalcitrante – en un modo de vida que creciera en calidad y no en cantidad. En una civilización que también velara por la seguridad y el patrimonio de la humanidad venidera.

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    e-bomba

    Desde una pantalla de ordenador no se ganan guerras ni se derriban regímenes totalitarios…pero alguien muere por ello

    La guerra del Vietnam fue la última guerra que los estadounidenses emprendieron con el convencimiento previo de la victoria. Después de ella nada sería igual. Tras ella la tecnología se haría más y más sofisticada para dotar a los ejércitos de occidente de la capacidad de aniquilar al enemigo minimizando el riesgo, manteniendo el número de bajas en un nivel asumible. Por fortuna, hace tiempo que las infames armas de destrucción masiva no son ya viables. No representan ya más que una incierta capacidad disuasoria en una guerra fría que ya terminó, una peligrosa tentación para los ejércitos de los pobres y para los grupos terroristas o, como mínimo, una amenaza constante de autodestrucción global.

    Así que la electrónica digital, las telecomunicaciones, la tecnología aeroespacial y toda la vanguardia de la ciencia se puso al servicio del ejército más grande de la Tierra. Un ejército, el de USA, cuyo presupuesto casi iguala la suma de todos los restantes del mundo.

    La guerra electrónica y toda su parafernalia de armas cibercontroladas, sin embargo, no sirvió para que EEUU derrotara a sus paupérrimos enemigos en Somalia, ni en Irán ni, desde luego, en Afganistán, ni tan siquiera en Iraq donde, en contraste con los augurios de las Azores, la discutible victoria ha sido, como mucho, pírrica.

    un mensaje real de Twitter

    Doctores tiene el Pentágono para establecer las causas de esta paradoja pero puede pensarse que, quizá, tras la pantalla de un ordenador, no pueda vencerse a quien no tiene donde huir, a quien en una guerra sólo puede vencer o ser derrotado, por la simple razón de que está ocupando el único lugar donde es capaz de sobrevivir, porque ha sido forzado a defender su vida hasta el final, le guste o no. Desde un centro de mando estratégico de guerra electrónica se puede desencadenar un castigo inmenso al enemigo pero no derrotarlo, salvo que se aniquilen todos sus refugios, sus casas, su tierra.

    Pero mientras los generales digitales se dan cuenta de la ineficacia de sus siniestros juguetes, una lluvia fina, casi transparente de muertos, huérfanos y desgraciados sin nombre ni cara, va inundando inútilmente la historia y el recuerdo de los contendientes. Van cayendo, como las carcasas vacías de las balas, inservibles ya sobre los adoquines mudos. Estúpido y cruel, pero real.

    Repentinamente aupados por una fiebre nacida más del ocio que de la inquietud social, Facebook, Twitter y cuantas redes de comunicación preñan nuestro siglo, se revelan también como los nuevos centros del activismo político. Con cierta lógica aunque con inconsciente petulancia, se arrogan miles de internautas, que todavía son una clase social, el mérito y el poder de llevar la revolución a las calles. Con nuestros ordenadores, podemos provocar la caída de los tiranos, derribar regímenes totalitarios, imponer la democracia, proclaman con orgullo. Tienen razón. Ellos, como los generales electrónicos, son capaces de resquebrajar las defensas enemigas, los castillos de los dictadores. Pero quizá incurren en un error parecido al que cometen los generales digitales.

    las madres esperan inútimente tras sus lágrimas la vuelta de sus inocentes, atrapados por una revolución tan explosiva como desnortada

    la espera tras las lágrimas

    Los nuevos ciber revolucionarios teclean sus soflamas que, inmediatamente, son multiplicadas por los ecos virtuales de miles de entusiastas seguidores encantados de participar en un auténtico contrapoder fuerte y temible. Un contrapoder que, escudado tras la virtualidad de Internet, asume, como en la guerra electrónica, el mínimo riesgo físico. Otra vez la lluvia de muertos anega de lágrimas la realidad. Aunque ahora no son militares los que aprietan los botones del desafío, sino simples internautas pacíficos, chicos soñadores hartos de la anomia que asola su generación.

    Pero también ahora las madres esperan inútimente tras sus lágrimas la vuelta de sus inocentes, atrapados por una revolución tan explosiva como desnortada. Tan pobre, que solo alcanza para derribar al tirano, ¿alguien recuerda la caída de la estatua de Sadam? La victoria de los ejércitos digitales es sólo una ilusión, porque no basta hacer temblar las rotativas ni hacer huir a los dictadores para que una revolución lleve luz a un pueblo anclado en su pasado. Sólo el tiempo, largo, áspero y caótico de una lenta historia de reconciliación y sacrificios acabará por traer, quizá, lo que la revolución prometió.

    Mientras, los internautas volverán a sus indignaciones de turno, a sus liturgias autocomplacientes. Los muertos serán olvidados y los pueblos quedarán con sus cicatrices, sus jazmines marchitos y sus esperanzas. Solos, otra vez.

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