Mosqueo planetario

  • 16 may, 2010

mosqueo planetraio

Discursos incoherentes, decisiones contradictorias y estériles confrontaciones alimentan la percepción de una clase política errática e incapaz siquiera de entender lo que pasa.

Después de incontables discusiones sobre la naturaleza del fenómeno que agita el ágora mundial desde hace tantos meses, puede que, finalmente, nadie se atreva a denominarlo de otra forma que con su dudoso nombre inicial, es decir, crisis. Un apelativo cuya ambigüedad casa perfectamente con nuestra ignorante perplejidad.

Hasta ahora se han manejado apellidos más o menos aplaudidos, como crisis financiera, crisis del capitalismo, crisis económica, crisis bancaria, crisis monetaria y otros más exóticos. Todos ellos han pretendido conjurar la perplejidad, el miedo a lo desconocido, con el viejo truco de bautizar al fantasma para que pierda su inquietante halo de misterio.

Al parecer, la polémica sobre la naturaleza de la dichosa crisis no hace más crecer, defraudando toda expectativa de que los sesudos señores de la economía, esos sabios de cuya sabiduría nada aprendemos, descifren y desactiven sus complejas amenazas.

Cada vez parece más claro que, excepto cruzarse acusaciones de culpabilidad y negligencia, los políticos no hacen más que disparar al aire contra un invisible enemigo que ataca desde todos los frentes. Los expertos, ay, benditos y anónimos expertos, esa escurridiza etnia de nuestro tiempo, parecen, a su vez, más inexpertos que nunca.

Si la oveja se nos muere, a pesar de que todos los pastores andan reunidos permanentemente, o ninguno de ellos es un pastor competente, o esta oveja es un mutante y no hay pastor que la entienda. O quizá, entre tantos doctores hay quien envenena las pócimas curativas.

¿Aumentar el gasto público?, ¿disminuirlo?, ¿aumentar los impuestos?, ¿bajarlos? ¿invertir?, ¿ahorrar? ¿sostener la banca?, ¿dejarla caer?, ¿mirar a la Bolsa?. ¿ignorarla?, ¿proteccionismo?, ¿globalización? Cada vez intuimos con más claridad, aunque no se nos diga abiertamente, que no tienen ni pajolera idea de cómo meter mano al asunto. Cada día que pasa aumenta nuestra desconfianza hacia todo y hacia todos de modo alarmante. El mosqueo empieza a ser planetario.

En algunos países, la violencia ha hecho ya acto de presencia en las calles. Millones de personas tienen un futuro incierto, o mejor dicho, ciertamente nefasto. Las instituciones públicas se tambalean en todas partes azotadas por la corrupción de la que cada vez más gente quiere formar parte.

Aún hay quien pide calma arguyendo que las desigualdades y la injusticia sólo tendrán que esperar un poco más a la reanudación del crecimiento económico, ese camino a ninguna parte que hoy se manifiesta desvestido de su benéfico disfraz, esa trampa que ha servido siempre de coartada para quien no quiere repartir sus privilegios económicos.

Más vale que, de una vez, se alcen, ante la opinión pública mundial, nuevos líderes, desnudos de viejas y corruptas ideologías. Líderes que, cuya única ambición sea ayudar a que desandemos parte de lo recorrido y construyamos de nuevo nuestras verdades desde algún cruce de caminos que en el pasado confundimos o nos confundieron.

Pero, ¿queda alguien ahí capaz de hacer frente a tantos y tan fuertes? ¿queda aún alguien capaz de decirnos algo verdaderamente nuevo?


Carlos Herrera se mofa de Evo Morales pero olvida mofarse de la publicidad que ampara. Como líder de una gran audiencia se desliza hacia la desinformación mediante un estilo personal ajeno al periodismo responsable.

periodista-con-principiosAcabo de oir al ingenioso periodista Carlos Herrera, uno de los líderes de la radio matinal española, recrearse en su suerte favorita. La de la crítica faltona y oportunista, una de sus especialidades más aplaudidas. Loa ha hecho, en este caso, con motivo de unas declaraciones del presidente boliviano, Evo Morales, a quien llamó por ellas, despectivamente, “tonto del haba”. Para Herrera no hay nada más patente que la estulticia de quienes se alinean con los utópicos idealistas. No desaprovecha ocasión alguna para desacreditar, casi siempre por la vía de la ironía insultante, a cuanto cándido izquierdoso se le ponga a tiro, especialmente si pertenece a la órbita latino americana, y por supuesto, nunca en una entrevista personal.

Extracto de Herrera en la Onda 21-04-2010

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Las declaraciuones de Evo Morales son, no cabe duda, extravagantes. Sobre todo si se sacan de su contexto, algo imprescindible para que la información quede a un lado a favor de la hilarante caricatura. Puede que Morales se equivoque, incluso que peque de insensato, cuando señala los males derivados de las hormonas del pollo de granja, como causantes de un exceso de homosexualidad en Europa – y, aunque no se citó, de algunos problemas en la pubertad de las niñas -. Puede o puede que no. Quizá no se equivoque tanto. Quizá Carlos Herrera nos lo podria aclarar pero, claro, eso es mojarse y lo suyo es sólo mofarse. Y, aunque al célebre periodista no le interese, el presidente de Bolivia también ha habló de los antiecológicos envases desechables, de los invasivos cultivos transgénicos y, en general, de los indiscutibles excesos de un sistema capitalista que, guste o no, es el único responsable de la capacidad del hombre para actuar sensiblemente sobre la naturaleza. Todo esto no es tan chistoso y no interesa a Herrera. Tampoco le ha interesado mencionar que Morales inauguraba la Primera Cumbre Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático, única alternativa en marcha a la fracasada cumbre de Copenhague que ha merecido también el apoyo esplícito de la ONU y la representación de grupos cívicos de más de 120 países. Habrá que recurrir a la televisión china que, en nuestro propio idioma, se digna informarnos.

Pero para decirlo todo, puesto que estos ecologistas pobres son los únicos que evidencian su ignorancia, al parecer, cuando asocian las hormonas del pollo con la homosexualidad o al afirmar otras “barbaridades”, vale la pena comentar que en los medios de comunicación “civilizados”, caso de la cadena Onda Cero, tribuna de Carlos Herrera, se lanzan diariamente mensajes publicitarios como, por ejemplo, el que promueve una pulserita de silicona que lleva adherida una pegatina con el holograma de un logo en el que “se ha almacenado una frecuencia presente en la naturaleza” que, por solo 35 euros, mejora nuestro equilibrio, nuestra fuerza y elasticidad, nuestro “enfoque” y nuestro bienestar. Según el propio anuncio, se han vendido más de 45 millones de estas maravillas en los nada sospechosos Estados Unidos de America, que, como todo el mundo sabe, no están afectados por el virus boivariano que deteriora el entendimiento. Por cierto, que Carlos Herrera anuncia su propio negocio en la web de dicha joyita de la ciencia.

La ignorancia, como se ve, va por barrios. Es verdad, eso sí hay que reconocerlo, señor Herrera, que siempre ha habido clases. Y claro, no se puede comparar, una estupidez con otra.


Un espíritu enjaulado

  • 12 abr, 2010

La democracia, como sus leyes, tiene un espíritu que la alienta que no debe ser marginado por el culto a la letra de sus normas.

Baltasar Garzón

El juez Baltasar Garzón, conocido internacionalmente por su relevante papel el el encausamiento de Pinochet y por su defensa de la Justicia Universal, se encuentra inmerso en varios procesos legales abiertos contra él. Entre el regocijo de sus enemigos, no pocos, y el escándalo de sus admiradores, muchos, el juzgador es ahora juzgado por supuestas faltas sobre las que todo el mundo discute. Un debate que nos recuerda que detrás de la ley, hay legisladores y detrás de éstos, hay electores de diversas ideologías y talantes.

El caso del juez Baltasar Garzón, para unos un proceso judicial ortodoxo, para otros, un proceso político, justicia en marcha para unos, iniquidad y atropello para otros, obliga a reflexionar sobre el papel que la sociedad otorga a la administración de justicia. No sólo cabe preguntarse sobre las atribuciones y potestades de los jueces, sino sobre las de las mismas leyes, aun corriendo el riesgo de tirar de un hilo que, como el de algunos tejidos, conduzca a que la trabajada tela de nuestro orden social, se deshaga completamente.

Se nos ha dicho siempre, aunque últimamente no sea un lugar frecuentado por los académicos del derecho, que la ley, toda ley, se expresa por su letra, su articulado concreto, y se inspira por su espíritu, a menudo apuntado en las introducciones a la propia ley. También se ha dicho que la justicia lo es menos cuando olvida este espíritu de la ley y sólo atiende a la letra. Sobre todo cuando aplicar escrupulosamente ésta, pueda oponerse a aquél.

Es curioso con que ahínco defienden, en algunos casos, la Constitución y, en general, todo el entramado legal, aquellos que encuentran precisamente en la letra de la ley el acomodo a sus deseos, aun cuando no fueran en absoluto fervientes promotores de la misma. Es el caso de muchos militantes del PP, el partido conservador español, que engolan la voz y se ponen graves para señalar al juez Garzón como presunto prevaricador en el caso de la fallida instrucción sobre las víctimas del franquismo en la postguerra civil española. Estos pontífices de la corrección política de quita y pon nos aleccionan con un credo que, cualquiera lo diría al oírlos, parece que se crean. La democracia es el imperio de la Ley, el estado de derecho lo es gracias a la garantía de que la Ley es igual para todos, nos recitan con cierta suficiencia “supermegademocrática”.

Hubo que conculcar mucha letra legal vigente, trastocar hábitos, olvidar la letra pequeña, incluso la grande, para abrir paso a un nuevo régimen de libertades, para llegar a donde estamos ahora.

Pero alguien debe recordar que la democracia se constituye en España gracias al esfuerzo de muchos por encontrar lugares de encuentro que, poco a poco, fueron cristalizando en una Constitución refrendada por una grna mayoría. Una mayoría compuesta por resignados franquistas, que renunciaban a la continuidad del régimen, con la esperanza de que no murieran todas sus herencias, y por esperanzados antifranquistas que confiaban en que el futuro fuera cada día más democrático y menos deudor del pasado.

La nueva letra de la ley era, en la transición española, una exigencia ineludible para poder esgrimir, por fin, un texto constitucional que legitimara una nueva España. Pero lo que latía en cada voluntad, lo que animaba esa ejemplar transformación civil era el espíritu que la inspiraba, un aliento de convivencia y de libertad a ultranza del que nacería cada decisión, cada cuerdo, cada artículo constitucional. Hubo que conculcar mucha letra legal vigente, trastocar hábitos, olvidar la letra pequeña, incluso la grande, para abrir paso a un nuevo régimen de libertades, para llegar a donde estamos ahora.

Así que si el debate pertinente es sobre si la Ley de Amnistía, nacida entonces, ha de revisarse o no a la luz del nuevo derecho internacional; si el importante debate ha de ser sobre si las víctimas del bando perdedor de nuestra guerra civil son o no aún acreedores de reparación,  no tienen ustedes ningún derecho a ponerse dignos, señores de PP, para acusar a un juez que ha promovido como pocos los gestos más bellos de nuestro joven régimen ante el mundo, apelando con farisaica demofilia a una ley, mejor dicho, a su letra, que no fue germinada para detener la mano de quien proponga un paso más en nuetra siempre inacabada transición.  Pero, a veces, conviene enjaular al espíritu de la ley.


Cuando se dice de una entidad que no está animada por el afán de lucro se suele indicar, más allá de su singular estatus legal, una especial naturaleza empresarial.

Una naturaleza que se adorna ante los ojos de la sociedad con el bello ropaje del desinterés material, lejos del egoísmo materialista que impera en el mercado.

Normalmente están adscritas a este excepcional atributo sociedades de fines altruistas, como es el caso de muchas ONG, fundaciones más o menos nobles, muchas instituciones públicas y algunas entidades de difícil calificación. Entre éstas últimas encontramos las llamadas sociedades de gestión de los derechos de propiedad intelectual que, supuestamente, son meros entes recaudadores por cuenta ajena.

No deja de ser curioso, sin embargo, que sean precisamente estas instituciones, muy especialmente la inefable SGAE, quienes luchan a brazo partido a favor de la reparación de un negocio, hoy lesionado, que ha sido fuente inagotable del lucro más deslumbrante durante décadas. Porque nada hay más lucrativo que explotar indefinidamente y en exclusiva un producto cuyo coste de producción es, a partir de cierta cantidad vendida, igual a cero.

Lucro según la RAE

Se da la circunstancia que la SGAE promueven sin cesar la imposición y generalización de un peaje por oír o ver las obras artísticas, el famoso canon que lucra tanto que nunca como ahora, pese a los reiterados lamentos sobre la piratería aún da para que la SGAE, tras repartir su recaudación, acumule un patrimonio descomunal.

Quizá la explicación de todo esto sea simplemente que los socios de SGAE no tienen afán de lucro, aunque se lucren sin cesar. Quizá, muy a su pesar, no pueden evitar forrarse. Su verdadero afán no es de lucro sino de que la ley les “obligue” a lucrarse.


violencia de parejaMás allá de la polémica lingüística, la expresión “violencia de género” puede ser un obstáculo para la solución de una dramática realidad.

Es bien conocido el viejo debate, aparentemente superado, acerca de la conveniencia de utilizar unas u otras expresiones para denominar estos sucesos que nos sobrecogen y nos dejan una inquietante sensación de pandemia trágica. “Violencia de género”, “violencia machista”, “terrorismo machista” se han ido imponiendo a otras, más acordes con los criterios de los lingüistas, como “violencia de pareja” o “violencia doméstica”, y por supuesto, han enterrado definitivamente el viejo “crimen pasional”.

Puede parecer una polémica estéril, cuestión meramente superficial, la de cómo llamemos a unos crímenes que, en todo caso, todos repudiamos, pero no es cierto. Las palabras, se ha dicho muchas veces, no son inocuas. La machacona insistencia con que se utiliza, contra la opinión expresada una y otra vez por las voces más autorizadas, la expresión “…de género”, merece una cierta reflexión.

El llamado “género”, entendido como un atributo de las personas, no es otra cosa, en castellano, que el “sexo” de toda la vida, a diferencia del carácter masculino o femenino de las palabras, asunto meramente lingüístico que viene referido por el término “género”. Es obvia la diferencia entre ambos conceptos, como se evidencia con infinidad de ejemplos. En lo tocante al sexo, encontramos algunos que, por indecorosos, no dejan de ser ilustrativos.  El “pene”, palabra de género masculino que se refiere a un órgano típicamente masculino en lo sexual, recibe, a menudo, nombres de género femenino, como “la picha”, “la pilila” y otros más o menos elegantes, lo que, lógicamente, no altera su significado. Paralelamente, “vagina”, vocablo de género femenino, es tan cabalmente referido a  las mujeres y a su sexo como lo son los menos presentables “coño” o “chocho”, sustantivos de género masculino.

Pero como “sexo” es, en nuestro días, una sustantivo que apela, sobre todo a la experiencia sexual, un valor en alza que reclaman para sí unos, otras y todo tipo “otres”, la expresión “violencia sexual” no parece sino una confusa alusión al sadomasquismo o,quizá, a la fogosidad llevada al límite.

Se ha impuesto, por tanto, la “violencia de género” o “machista” como inequívoca apelación a este tipo de violencia. Puede ser que se justifique por la intención de significar inequívocamente violencia de hombres hacia mujeres (excepcionalmente viceversa). Lo grave es que, quizá, estemos ante un fenómeno que poco o nada tiene que ver con eso.  Porque no he encontradao una sola noticia de ataques indiscriminados a mujeres por parte de hombres. En nuestra sociedad, no se conocen bandas de machistas que apaleen a mujeres como, por desgracia, sí ocurre en otros casos, como los neofascistas agreden a los negros o a los mendigos, por ejemplo. Porque cada dramático caso se ciñe a una relación hombre-mujer particular y única. Ninguno de los homicidas de esta especie han extendido su agresión al resto de mujeres de su entorno.

¿No sería más sensato y más realista hablar de violencia de pareja?, ¿No estaremos, quizá ante un síndrome que se genera en la intimidad de la relación entre dos personas? Por supuesto, es lógico pensar que habrá hombres y mujeres más susceptibles de transformarse en agresores violentos. Pero en un contexto de pareja.

La sociedad haría bien en poner bajo el microscopio las circunstancias en que dos personas pueden relacionarse íntimamente, o dejar de relacionarse, para intentar descubrir cuales son los factores que desencadenan estas terribles situaciones.

Quizá sea el momento de empezar otra vez desde cero en este maldito asunto. Quizá también de reinventar las mismas palabras con que lo describimos. Si sólo nos dejamos llevar por el camino simple de los diagnósticos feministas más repetidos y ruidosos, que nacen de el mismo y único prisma, el que divide a los humanos en dos bandos enfrentados, desperdiciaremos, quizá, mucha de la energía bien intencionada que, cada día, se pone en juego para combatir infructuosamente un horror con el que todos, “todos y todas”, queremos acabar.


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