emule entre rejasLos titulares de los derechos de explotación de las obras digitalizables, autodenominados pretenciosa y tendenciosamente “creadores” pueden estar tranquilos pues el estado se preocupa por ellos tanto como merecen…e incluso mucho más.

Estas notas han sido extraídas de un escrito firmado por el músico y productor Diego Guerrero quien, parece ser, no se siente dentro de los elegidos justicieros que han de acabar con las copias indeseables. No tienen desperdicio.

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Un absurdo proceso administrativo lento, caro y kafkiano alienta la “copia ilegal” de obras impresas. EAdR ha intentado seguir la senda legal para imprimir, para uso propio, un ejemplar de una obra digital. Un camino desesperante e inútil.

Quien espera desespera

Franz Kafka, ese autor más conocido por las connotaciones actuales de su apellido que por su literatura, no quiso autorizar la publicación de sus obras y ordenó al que fue su amigo y albacea, Max Brod, que destruyera sus manuscritos tras su muerte. Contra la voluntad de Kafka, Brod no hizo caso de la úlltima voluntad del autor y por ello, hoy, las obras de Kafka son universalmente conocidas y admiradas. He aquí un ejemplo de violación del copyright de la que las editoriales participan encantadas.

Pero la obra de Kafka lleva implícita una radical denuncia de la burocracia absurda, fruto del poder. Y uno de los procesos más kafkianos que podemos experimentar hoy es, precisamente, el necesario para solicitar la autorización legalmente pertinente para imprimir unas páginas cuyo autor nos ha autorizado a leer y a difundir. Quizá sea preferible que, como hizo Kafka, no nos autorice, para que, como hizo su amigo Brod, dispongamos de la obra con entera libertad.

Hace algún tiempo, el profesor Juan C. Calvi, por encargo de la Fundación Alternativas, realizó un informe acerca del nuevo paradigma de la cultura digital en red que plasmó en un libro, publicado por la Universidad Rey Juan Carlos, en el contexto de sus muchas publicaciones académicas, bajo el título “¿Reproducción de la cultura o cultura de la reproducción? Análisis económico, político y social de la distribución y el consumo de productos audiovisuales en Internet”. La editorial es Dykinson (Madrid, 2008)

Eduardo Löwenberg, editor de EAdR, recibió una copia del libro el pasado mes de Junio, por correo electrónico, remitida por el propio autor, quien se lo hizo llegar al mismo tiempo a otros muchos colaboradores universitarios y de la Fundación Alternativas para que lo leyeran. No hace falta decir que la publicación de este libro no aspiraba a generar lucro alguno. Para mayor comodidad en su lectura – leer, releer, subrayar y anotar 180 páginas en una pantalla de ordenador puede ser agotador – E.L. pensó en utilizar los servicios de un establecimiento de fotocopias, de entre los hoy conocidos como copisterías, para encuadernar el ejemplar en cuestión que, de paso, podrían imprimir con mayor rapidez. Pero en EAdR nos preguntamos si la industria editorial podría censurar o no esa impresión. A continuación se detalla el proceso, hondamente surrealista, contado por el mismo y con copias de los escritos originales, por el que E. L. intentó seguir cándidamente la senda del ciudadano escrupulosamente legalista y acabó al borde de un ataque de nervios.:

Pequeña historia de un sinsentido

5 de Junio Juan C.Calvi, el autor, me envía el libro en formato PDF
3 de Julio Telefoneo a CEDRO para consultar si necesito permiso para imprimir mi propia copia. Me dicen que lo pida por escrito
7 de Julio Lo pido por escrito siguiendo las instrucciones que me han dado por teléfono
7 de Julio Me contestan solicitándome muchos más datos
7 de Julio “Con mucho gusto” se los envío completos
14 de Julio Aún con “más gusto” repito el mail que nadie me ha contestado
17 de Julio Me dicen que aún no ha sido posible averiguar el precio y las condiciones del permiso
17 de Julio Perplejo, expreso con sinceridad la nefasta impresión que me causan sus métodos y mi comprensión hacia quienes no respetan sus normas. Quiero saber hasta dónde podrá llegar el abuso de la legalidad
29 de Julio Me piden confirmación escrita de lo ya escrito anteriormente sin razón aparente
29 de Julio Con la máxima paciencia de que soy capaz les escribo reiterando lo ya escrito antes
30 de Julio Recibo una carta surrealista en la que se me exponen diversas opciones a elegir
31 de Julio Por fin, recibo un mail por el que se me indica el precio – ¡EUR 46,59 más IVA! – y se me pregunta si acepto
2 de Agosto Agotado y patidifuso escribo una excusa y doy por zanjado mi intento de ser legal con el Copyright
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Cerca de 50 euros pretendía cobrar la entidad de gestión correspondiente – CEDRO – por permitir la impresión de dos copias para uso propio de una obra en PDF cedida al interesado gratuitamente por el autor. En las tiendas, pasado por imprenta, con sus portadas y todos sus aditamentos, el precio es de ¡¡¡14,25 EUR!!! Efectivamente, entre piratas anda el juego.


La publicidad gratuita es la más cara y la más injusta.
La publicidad pseudocultural gratuita es la más cara y la más injusta.

Los medios de comunicación acostumbran a regalar grandes titulares, mucho más valiosos que cualquier espacio publicitario, a los productos que menos lo necesitan. El éxito es realimentado gratuitamente por su misma difusión, concediendo arbitrariamente a la industria cultural uno de sus privilegios más injustos y provechosos.

La publicación por El Mundo, a cinco columnas, en primera plana, del fulgurante éxito taquillero que ha rodeado el estreno de la nueva película de Amenábar es una prueba más de como actúa el marketing de las llamadas industrias culturales, editoras de libros, de música, de cine y otras afines. Por cierto, ahora pretenden auto rebautizarse como “industrias creativas”, una vuelta de tuerca más en la confusión creada en torno a su actividad que no es otra que la explotación, en régimen de monopolio, de las copias o de la difusión de obras cuyos autores sí desempeñan un rol más o menos creativo. Precisamente por esa razón su objetivo estratégico es atraer hacia sus obras el máximo número de consumidores,  lectores, oyentes o espectadores.

Nada que pueda diferir mucho de las miles de empresas que explotan otro tipo de productos, desde tenedores hasta fundas para violín. Lo que distingue a estas industrias que pretenden apropiarse en exclusiva del atributo “cultural” es que su producto, o sea la copia, la consumición, el visionado o como se quiera llamar,  es prácticamente inagotable y cada nueva unidad producida tiene un coste menor que la anterior hasta llegar al muy interesante coste de cero euros.

Pero este negocio cuya base ha encontrado en la revolución digital tanto su Edén como su pesadilla, goza, como ha venido siendo desde hace tantos años, de un trato excepcional por parte de los medios, que no tienen reparo alguno en promocionar sin contrapestación alguna – al menos confesable – sus productos estrella.

En la naturaleza misma de la cultura de masas está el indiscutible poder de convocatoria que tiene todo éxito de ventas por el solo hecho de serlo.

Nunca sabremos cuántos de los ejemplares difundidos de los más grandes best sellers de la historia de la música, la literatura o el cine son debidos a su valor intrínseco y cuántos a la capacidad de arrastre que tiene la noticia de sus récords de ventas.

Tampoco sabremos cuántas obras hubieran alcanzado la gloria y los laureles del superventas pero que fueron víctimas de la falta de impulso promocional que los gurús culturales de los medios les impusieron con su simple ignorancia o desatención. Por no pensar en una eventual falta de acuerdo ventajoso con las resprectivas empresas editoriales.

Lo cierto es que este fenómeno se repite aún sistemáticamente. El culto público al éxito económico y recaudatorio de una obra, promocionada desde su estreno por el impacto de su misma megalomanía, lleva al público a acudir a la cita como llamados a la mesa de los privilegiados de quienes ya han visto, leído o degustado aquelo de lo que tanto se habla.  El resultado es que el éxito se realimenta en un ciclo de engorde que en nada garantiza haberlo merecido. Y la máquina perfecta para mover esta rueda de la fortuna es la prensa, la radio o la televisión, que no dudan, ignorando todos sus principios publicitarios, en nutrir gratuitamente al mejor alimentado.


El libro electrónico es vapuleado por la guerra empresarial, entre la adoración y el odio, como nuevo fetiche de la revolución digital.

Es muy aleccionador el modo en que el libro electrónico se va colando lenta pero inexorablemente entre las viejas y entrañables estanterías de todo el mundo. La experiencia vivida por las industrias culturales, según sus lamentos a todas luces traumática, por causa de la perversa difusión digital de las obras audiovisuales, debiera hacer que el mundo editorial en bloque reculara ante la temible “amenaza” del nuevo formato literario. Un nuevo modo de lectura que, como los discos y las películas desde hace tiempo, lleva consigo el pecado original de lo digital, de lo pirateable.

Sin embargo, algo no acaba de encajar en este cliché que se nos vende a cada paso, según el cual editores y productores padecen la peor de las plagas. Una vez más, lejos de huir del nuevo paradigma literario electrónico, desatan las editoriales, los grandes libreros y los distribuidores de contenidos de la red una guerra de formatos y fórmulas comerciales, para dilucidar quien será el primero en acertar con la llave de la nueva jaula donde se cría la nueva gallina de los huevos de oro.

Libro electrónico
Libro electrónico

Amazon, Sony, Microsoft, Google, Barnes&Noble o, sin ir más lejos, nuestro Corte Inglés, sin contar los numerosos fabricantes de lectores, se han lanzado ya a lo que parece el nuevo reto de la industria cultural. Otra vez ahora, como ha venido sucediendo con la música y las películas, el intenso debate acerca de los cauces y las garantías de remuneración de los titulares de derechos de explotación pone de relieve una gran contradicción.

Por un lado, se celebra la mágica revolución tecnológica digital que permite la difusión ilimitada de las obras con un coste unitario infinitesimal que tiende a cero cuanto más se realiza. Por otro, se abren graves foros cuya única preocupación es aguar un poco la fiesta por no renunciar a un negocio cuya naturaleza no se sostiene por más tiempo.

Que los autores deben ganar algún dinero y que, inevitablemente, acabará siendo proporcional a su popularidad, no merece siquiera, por obvio,  ponerse en discusión. Pero que los editores y otros titulares de derechos sobre la reproducción y difusión de las obras deban ser remunerados por un servicio que ya no han de dar, por una labor ya innecesaria, sólo porque aprovechan los derechos que en su día podían justificarse, no es aceptable.

La sociedad no puede permitirse, hoy menos que nunca, el lujo de desviar recursos para enriquecer a ningún empresario que no aporte valor real alguno, que sólo especule con sus propiedades, sean materiales o virtuales, a costa del maravilloso progreso que supone el fin de viejas e insalvables barreras.


Con su habitual dominio de los medios, las compañías que acaparan los derechos de explotación discográfica sobre miles de títulos musicales lanzan su habitual quejido intentando, una vez más, alarmar a la sociedad sobre una amenaza que sólo a ellos aqueja

Los miembros de Promusicae, ese lobby de equívoco nombre, nos van acostumbrando a  exhibir, de cuando en cuando, sus lacerantes llagas causadas por la ya veterana crisis del soporte discográfico.

Cada vez que hacen cuentas, confirman que el objeto tradicional de sus ventas, es decir, el soporte magnético y en vinilo, primero, y los CD después, están languideciendo sin remedio como vehículo para difundir copias de las obas musicales y audiovisuales.

Naturalmente, eso no tiene nada que ver con una supuesta caída de “la ventas de música”, expresión que utilizan para dar a entender que se trata de una tragedia cultural que puede acabar con la música misma. Es esta una falacia sobre la que insisten siempre que pueden, con la inestimable y vergonzosa colaboración de importantes medios de comunicación.

Claro que el negocio de estas empresas basado en la venta de copias en CD languidece, en la misma medida que pierden su capacidad de control monopolística sobre la difusión. Lejos queda ya los dorados años ochenta, cuando se promovió abusivamente la sustitución universal de copias de miles de títulos ya amortizados al formato CD, un formato vendido a precio superior al anterior y fabricado a coste muy inferior.

El papel de las discográficas va perdiendo protagonismo poco a poco en la estructura social de la cultura. Por eso su reinado, uno de los más exitosos recorridos empresariales de todos los tiempos, toca a su fin.

Nada nos dicen, sin embargo, de las cifras de los actuales ingresos correspondientes al canon digital, en permanente expansión, ni de las procedentes de las ventas de tonos para móviles, dos nuevas gallinas de los huevos de oro, ahora puestos sin apenas necesidad de prestación alguna a cambio. Rentas ventajosas que nada tienen que ver con la creatividad mi con la promoción de la música.

El papel de las discográficas va perdiendo protagonismo poco a poco en la estructura social de la cultura. Por eso su reinado, uno de los más exitosos recorridos empresariales de todos los tiempos, toca a su fin. Hoy ya no cabe, por fortuna, que unas pocas mano0s tegan la prerogativa de la censura y el control de la llave de la difusión de las obras culturales. No se entiende qué esperan de la sociedad, como no sean concesiones injustamente ventajosas, basadas en la permanente falacia y manipulación de la información.


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