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    La verdadera magia

    • 10 sep, 2011

    FotoControl

    Al final, tras inefables procesos
    pasada ya la deslumbrante tecnología
    al final, el fruto de locos días de ingenio
    se revela simple e inaccesible
    placentero, desusado o atronador
    al final, está tan solo el aire
    un poco de aire vibrando en tus oídos
    la verdadera magia


    El copyright de Dios

    • 28 ene, 2011

    Bajo el increíble titular “Ni la Biblia se libra de la piratería de libros en Perú” muestra la edición digital de La Verdad de Murcia la verdadera verdad del fenómeno mal llamado piratería.

    Biblia impresa por Gutenberg en el siglo XV

    Parece ser que la Biblia, palabra de Dios para los creyentes, es objeto de pirateo en Perú porque circulan ciertas ediciones baratas procedentes de China. Y claro, la editorial de Dios se ha debido enfadar muchísimo porque las enseñanzas divinas tienen unos costes de producción altísimos, tanto como su autor, el Altísimo.

    La Verdad de Murcia señala, como el colmo de los colmos, que la Biblia también se piratee. El auténtico escándalo es que el libro más universal que existe, primera obra de Occidente en ser copiada y distribuida, la primera en ser conocida, impresa y multiplicada, difundida y predicada, sea objeto de explotación mercantil.

    El titular justo hubiera debido decir “Ni la Biblia se libra del monopolio editorial” Dudo que, en este caso, se pueda enarbolar el derecho del autor como argumento para la denuncia. Salvo que, quizá, Dios hubiera cedido el copyright.


    El enfrentamiento de intereses contamina la necesaria reflexión sobre el futuro de la propiedad intelectual. Como de costumbre, el debate se sustituye por la simple descalificación personal.

    Seguimos donde siempre.

    Otra vez se libra batalla entre el ejército de las industrias culturales, esas que no son más culturales que cualquier otra industria, aunque ostentan ese codiciado título, y todos los demás. Ángeles González Sinde, con su resplandeciente uniforme de Ministra de Cultura, es sólo una diligente primera oficial que cumple órdenes. Al fin y al cabo su carrera se forjó en la selecta infantería de las sociedades recaudadoras de la industria del cine.

    He leído como Alejandro Sanz, ese talentosísimo artista a quien admiro y con quien he tenido la suerte de colaborar, se encabrona indignado por la debilidad de sus filas y les llama cobardes por haber dado un pasito atrás. Tranquilo, Alejandro, sólo un pasito.

    Creatividad
    Creatividad

    Es una pena que acabemos metidos en las trincheras y perdamos la ocasión para reflexionar sobre nuestro recién estrenado sistema social de intercambio digital. Si yo ocupara un destacado puesto entre los beneficiarios del sistema vigente de la propiedad intelectual, me vería seguramente inclinado a defender mi fuero, claro.  Pero la sociedad necesita algo más que constantes batallas por intereses económicos particulares.

    Dice Alenjandro Sanz que internautas somos todos y que él no se siente representado por la llamada Asociación de Internautas. Tiene razón, es como si hubiera una asociación de peatones o de hablantes, pongamos por caso. Aunque lo cierto es que los agentes de tráfico no parecerían ser parte de los primeros ni los académicos de la Lengua de los segundos. Porque, en este caso, no se trata tanto de estar representado como de sentirse defendido por unos o por otros.

    Puestos a matizar, admirado Alejandro, ¿a quién representa la llamada Coalición de Creadores? Porque creadores somos todos, desde los que inventan desternillantes chistes hasta los que diseñan escaparates, los blogueros que te hablamos, los ingenieros, los dentistas y en general, cualquiera cuyo ingenio trasciende y se convierte en utilidad para otros. Tu música es grande. Muchos participaron en el proceso creativo de tus éxitos. ¿Fueron todos ellos beneficiarios de los derechos que tanto defiendes?

    Aquí se dilucida el futuro de un negocio basado en la capacidad para intervenir la difusión y la copia de las sustancias digitales del conocimiento. Un enorme negocio que poco o nada tiene que ver con los principios que dice promover. Admitamos que tenemos un problema difícil. Pero no juguemos más con los tópicos que nos convienen en cada momento. ¿”Dictadura de los Señores de la Red”, dices, Alejandro? Una simplificación así evidencia, siento decirlo, escasa creatividad.


    “En estos momentos, la lucha contra la piratería informativa y cultural es una exigencia perentoria, tanto como lo fue en su día erradicarla de los mares para garantizar la seguridad de las rutas marítimas y el libre comercio entre las naciones.” J.L.Rodríguez Zapatero 5-06-2010

    trilero

    Cuando los gobernantes, desde las tribunas reservadas a supuestos líderes intelectuales, son portavoces del pensamiento único – reivindico esta expresión precisamente por su repentino y unánime desuso -,  uno se pregunta qué debe hacer una sociedad para regirse por quien tiene el talento necesario y no por el “empleado del mes” de esos enormes aparatos del marketing que son los partidos políticos.

    El reciente discurso de Zapatero,  a quien la maquinaria electoral se apresta ya a sustituir como concesionario del poder y la gloria mediática,  no es más que un ejemplo. Inauguraba el presidente español el “Encuentro Europeo de Medios de Comunicación”, uno de esos foros con que se aburren y entretienen a partes iguales los ejecutivos con la excusa de reflexionar para el bien de todos. En esta ocasión era la proverbial crisis de los medios el eje del cónclave.

    La propiedad intelectual y sus circunstanciass copaba, como de costumbre, esos lugares comunes donde se amontonan los debates atascados. Zapatero obsequió a los presentes con un discursito cuajado de tópicos afines a la causa, como corresponde a un buen inaugurador. Como remate, con una joya de la filosofía moderna que ni los más fundamentalistas de esgaes diversos se atreverían a decir. No por discrepancia, ya que, al fin y al cabo, fueron ellos quienes eligieron el vocablo piratería para designar algo tan distante como el uso irregular de las ideas de otros, sino precisamente porque saben que tan simple y desnuda equiparación, tal como la enunció el presidente Zapatero, puede bordear el chiste malo, y eso, claro, no es lo que se busca.

    Cuando la reflexión, la lenta y a menudo frustrante reflexión, se sustituye por chispazos retóricos más o menos efectistas, tal como exigen los ingenieros de la opinión pública, esos maquiavelos que reparten el poder de nuestro tiempo, se incita a que los juegos de palabras sustituyan al pensamiento. Y lo que es peor, se abre la veda a los tahures del lenguaje, a quienes trastocan las palabras, como hábiles trileros, para acabar por esconder su verdadero significado.


    Cuando se dice de una entidad que no está animada por el afán de lucro se suele indicar, más allá de su singular estatus legal, una especial naturaleza empresarial.

    Una naturaleza que se adorna ante los ojos de la sociedad con el bello ropaje del desinterés material, lejos del egoísmo materialista que impera en el mercado.

    Normalmente están adscritas a este excepcional atributo sociedades de fines altruistas, como es el caso de muchas ONG, fundaciones más o menos nobles, muchas instituciones públicas y algunas entidades de difícil calificación. Entre éstas últimas encontramos las llamadas sociedades de gestión de los derechos de propiedad intelectual que, supuestamente, son meros entes recaudadores por cuenta ajena.

    No deja de ser curioso, sin embargo, que sean precisamente estas instituciones, muy especialmente la inefable SGAE, quienes luchan a brazo partido a favor de la reparación de un negocio, hoy lesionado, que ha sido fuente inagotable del lucro más deslumbrante durante décadas. Porque nada hay más lucrativo que explotar indefinidamente y en exclusiva un producto cuyo coste de producción es, a partir de cierta cantidad vendida, igual a cero.

    Lucro según la RAE

    Se da la circunstancia que la SGAE promueven sin cesar la imposición y generalización de un peaje por oír o ver las obras artísticas, el famoso canon que lucra tanto que nunca como ahora, pese a los reiterados lamentos sobre la piratería aún da para que la SGAE, tras repartir su recaudación, acumule un patrimonio descomunal.

    Quizá la explicación de todo esto sea simplemente que los socios de SGAE no tienen afán de lucro, aunque se lucren sin cesar. Quizá, muy a su pesar, no pueden evitar forrarse. Su verdadero afán no es de lucro sino de que la ley les “obligue” a lucrarse.


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