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El Spam Universal

Poco a poco, toda la comunicación se va volviendo spam, pero hace ya tiempo que no se puede borrar de nuestras vidas.

El inocente culpable de la palabra SPAM
El inocente culpable de la palabra SPAM

No es verdad que el spam es el correo electrónico no deseado. Es injusto que cargue él solo con esa mala fama. Dicen que nos roba tiempo cada día, y mucho. Que “okupa” el espacio de nuestro ordenador. Que cada día se nos multiplica desfiante. Como las moscas de las vacas, se burla del rabo infatigable de nuestro ratón que borra, borra y borra sin fin. Pero cada vez que elimino un email de esos que, en una letanía interminable, tratan de avasallarame, manipularme y empujarme hacia la última ocurrencia de uno de los muchos profesionales de lo estéril, artistas de lo inoportuno, genios del acoso que pueblan nuestro Internet de cada día, me convenzo más de su inocencia, de su aburrida candidez.

Porque en mi buzón, el de hojalata, boca larga y tarjetita con mi nombre, se cuelan cada día docenas de estúpidos anuncios de papel blanco con tinta negra, o negro con tinta blanca, o de colores, papelotes grandes, pequeños, doblados, enrollados, con grapas, o en bolsas de plástico, para ensuciar sin ser ensuciados, con etiquetas, barnizados, adhesivos, repetidos hasta el infinito, ninguno solicitado. Porque cuando suena el teléfono todavía corro a descolgar con ilusión de adolescente que siempre desea ser llamado. Y cuanto más prisa me doy en contestar, más hiriente me resultan esas voces desconocidas que no saben ni les interesa cómo me llamo, aunque a veces pronuncian mi nombre por penosa obligación, con una imposible cortesía que es aún más de plástico que las bolsas del buzón. Quiera yo o no, me ofrecen la redención de mis culpas si, como debo, si sé lo que me interesa, acepto su insuperable oferta, su promoción exclusiva, si como me conviene, contrato la maravilla salida del último capricho de su glotonería comercial.

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Y en la radio un charlatán, jaleado por un periodista impostor, me convence para que adelgace, o para comprar la enésima colección de edición limitadísima, o para que me acuerde de regalar algo a mi madre, que en gloria esté. Y la tele se ha hecho digital, interactiva, participativa. Para poder multiplicarse, hacerse temática. Tanto como los anunciantes deseen, que los pobres ya no saben qué inventar. Que entre taparnos las páginas de Interent, patrocinarnos el hombre del tiempo, llenarnos los buzones, acosar nuestras líneas de teléfono, pintar los autobuses, ilustrar las esquinas, los veladores, los parques y las obras, decorar a deportistas, a cantantes, a vivos y muertos, los pobres no dan a vasto.

Porque el spam ya no sólo llega por email, ni ya sólo nos echa encima los anuncios, millones de anuncios no solicitados. Ya llega a nuestras almas como un cerco, sitiando nuestra mente con las voces raptadas, las que nos cuentan, nos escriben, yo mismo, los noticieros, los tertulianos, los telediarios, las películas. Un gran coro que arroja sobre nosotros a cubos los sones de lo global, la monotonía de lo uniforme. Si crisis, crisis, si fútbol, fútbol, si pandemia, pandemia, si gürtel, gürtel, si Obama, Obama, si olvido, olvido y si nada lo impide, un vacío lleno de spam.

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