Escribir en la red sin red
- 8 may, 2008
Es el nuestro un mundo de crecientes monstruos que, implacables, llenan nuestro entorno con sus máquinas de mensajes,
su retórica y su fanatismo por el sistema que los mantiene en pie. Son nuevos “colosos de Rodas”, mitad padres, mitad dioses, bajo los que navega nuestra ignorancia y nuestra perplejidad cotidiana. En este mundo, el periodista individual es un mutante.
Nos ha costado más de doscientos años encontrarle las vueltas a la sociedad de masas. Por fin, el inevitable mal menor por el que la información fluye unidireccionalmente de uno hacia muchos, resulta casi evitable. La red de redes permite un nuevo juego de todos para todos. Los colosos mediáticos se revuelven sobre sus pedestales pero sonríen cínicamente. La red, ¡oh, sí, la red! Celebremos la naciente sociedad del conocimiento – exclaman encantados – mientras se apresuran a postularse como los nuevos guardianes de Internet.
La tecnología digital estalla como una bomba en el seno de los medios de comunicación. Los talleres, imprentas y redacciones se atomizan y dispersan. Cada periodista se convierte en una completa factoría de información lista para ser consumida. Se siente independiente y un orgulloso profesional. Y ama a la empresa que le permite serlo. Y sucumbe al brillo de las candilejas. Y al poder del dinero que lo esclaviza.
Mientras tanto, el periodista individual escudriña entre la pestilencia, ajeno al baile glamuroso del periodismo de salón, al que nunca ha sido invitado. Sueña con un editor que, impresionado por su brillante trabajo, le aúpe al menos a los escaparates de las librerías. Puede que le mueva el afán por servir a la comunidad o quizá no. Pero sabe lo que a ésta le interesa, y lo quiere encontrar. Como los buenos periódicos, piensa. Escribe como quien talla una joya. Ofrece lo que no tiene y se encamina, sin saberlo, hacia el vértigo del funanbulista al que retiran la red. Sus fuentes no son sus fuentes, porque éstas son sólo de quien es capaz de convertirlas en beneficio. Su secreto profesional no tiene amparo porque, aunque profesa su oficio más que las de la mayoría de sus no-colegas, no cotiza en la bolsa de las empresas editoriales. El poder tiene sus contrapesos y él no pesa nada.
Los que no pueden indagar y preguntar con arnés homologado de seguridad no pueden indagar ni preguntar. Hoy, ya muchos creemos que, afortunadamente, cualquiera puede convertirse en editor, gracias a la tecnología que el negocio de los mismos media ha desarrollado. La tan traída y llevada pluralidad informativa está ya al alcance de la mano sublimada en una nueva plataforma de relaciones en red, donde todos podemos informar y desinformar. Un espacio donde la voz de las mayorías puede sonar tanto como la de las ignoradas minorías.
Un horizonte de mutación total, el mundo del periodista individual, igualado técnicamente a los oligarcas mediáticos. Lo único que peligra con ello es la sociedad de masas, la sociedad donde unos pocos tienen el divino privilegio de decidir con qué deben soñar los demás. Una sociedad a quien no gusta el periodista individual, porque no se conforma con votar, producir y comprar al compás de esos sueños.













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