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El paro estructural y la madre que lo parió

Las nuevas generaciones agrandan la frustración heredada de sus padres y empujan a todas las opiniones públicas a inclinarse cada día más por rebelarse contra todo lo establecido

Desde los años 70 del siglo XX se arrastra un fenómeno del que no logramos escapar: el paro. Un vocablo manoseado sin pudor a todas horas. Aclaro, por si hace falta recordarlo, que “estar en el paro” es estar excluído de la sociedad, de esa sociedad que hace del consumismo de todos los colores su gran reclamo, su seductora voz. Esa sociedad inclemente que excluye a quien pierde el tren de la autosuficiencia y que aplaude sin rubor a quien, sin más mérito que haber estado en el lugar adecuado en el momento idóneo, vive sin  preguntarse cómo seguir adelante.

La crisis de los últimos años no ha hecho más que aumentar el número de excluídos. Ni siquiera tras este enorme revolcón del sistema han cambiado nada las bases en que se asienta todo el entramado económico y financiero ¿Dónde quedan aquellas grandilocuentes frases de Nicolas Sarkozy en 2008, hace nueve años, en las que proclamaba la inminente refundación del capitalismo?

Es verdad que fue en el siglo XIX, por las traumáticas consecuencias sociales de la industrialización galopante, cuando aparece esta moderna epidemia social, pero los terribles hechos bélicos internacionales posteriores trazan un línea divisoria y, en los años 50 del siglo XX, se produce una especie de reset histórico. Tras una generación silente y sacrificada, encargada de restaurar los cimientos de una arrasada Europa, llegará finalmente el “baby boom”, una generación que exige algo más, que reclamará y conseguirá el hoy añorado “estado del bienestar”.

Pero es de nuevo una nueva vuelta de tuerca de la industrialización la que se encarga de dejar en la cuneta a millones de trabajadores tras la crisis de finales de los setenta. El nuevo concepto de riqueza que Reagan y Thatcher van a perseguir será el de las grandes corporaciones, el del libre comercio de brocha gorda, tan gorda que no considerará al individuo como sujeto de derecho sino como una minúscula pieza de la máquia del progreso universal. Pero, ¿el progreso de quién?

No, el paro no es una enfermedad sobrevenida, inevitable

Hoy, en un ejercicio de incomprensible cinismo, hemos dado por bueno el concepto de “paro estructural” que revela una mezcla de resignación e indolencia que impregna nuestra existencia ante este fracaso social. Eso sí, políticos de todo signo discuten ante sus votantes sobre quién está más preocupado por dar amparo a los marginados laborales con insultantes y limitados  subsidios. Como si la fatalidad del paro fuera comparable a la fatalidad de la enfermedad, que merece coberturas más o menos eficaces en la tradición de la Europa occidental. Pero no, el paro no es una enfermedad sobrevenida, inevitable. El paro es la consecuencia cruel de haber cedido todo el poder económico a quienes ya lo tenían antes para que lo engrandecieran de espalda a cualquier consideración hacia los demás.

Increíblemente, hemos dado por bueno el concepto de “paro estructural” que evidencia la mezcla de resignación e indolencia de los voceros públicos ante este mal social

La globalización económica, siempre acompañada de la bella pero fallida idea de la “aldea global” ha consolidado otro gran tótem que, lejos de ser un antídoto, no es más que un nuevo virus inoculado al ya gravísimo y enquistado paro: la “necesidad” de competir en productividad. Productividad! Cuantos menos costes de producción, mejor. No hay límite. Deslocalización de la producción, robotización, sueldos decrecientes y más paro son los compañeros de viaje de este sacrosanto principio.

Pero la fiesta continúa. El desarrollo desaforado de toda clase de consumos virtuales, hijos de la revolución digital y de Internet, lanzados vertiginosamente a un burbuja inacabable que no atiende a otra cosa que a la economía de escala con un lastre mínimo de mano de obra, se nos muestra como respuesta a todos nuestros males presentes y futuros.

¿Cuántos años más puede durar el engaño de un sistema que nos señala permanentemente al crecimiento como fuente inequívoca de trabajo futuro para todos?

¿Cuántos años más puede durar el engaño de un sistema que nos señala permanentemente al crecimiento como promesa inequívoca de trabajo futuro para todos? Desde 1973 hasta el 2015 el crecimiento económico ha multiplicado la economía mundial por 16! Y es 50 veces mayor que era en  1960, a costa además de la salud del planeta, nada menos! Simplemente se trata de una burda falsedad que, poco a poco, se deshilacha ante nuestros cansados ojos. 

 

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Sanciones contra EEUU

Las acciones contra el medio ambiente perjudican al conjunto del planeta por lo que deben ser evaluadas con arreglo al derecho y ética globales


Las contramedidas aprobadas por Trump, encaminadas a abandonar los compromisos de EEUU adquiridos por su antecesor en relación a las emisiones contaminantes, deben ser combatidas y sancionadas por la comunidad internacional de manera inmediata. Su gravedad es enorme por tratarse de una de las potencias que más inciden en las emisiones nocivas para el clima planetario, y por su carácter de líder político-económico.
No es una cuestión de ideología ni de alineación tras uno u otro bloque económico o geopolítico. Cualquier estado que asuma sus responsabilidades para con las futuras generaciones de nuestro planeta debe apoyar una inmediata y drástica reprobación activa de las nuevas directivas de la Casa Blanca.

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Fascinación cubana

Luz en el agua, luz en la mirada, luz en la tierra

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Basta!

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Gibraltar y el derecho a decidir

El gobierno de Mariano Rajoy reclama ante la ONU la soberanía sobre el peñón, mientras se remite a la estricta legalidad vigente con respecto a Cataluña.

La coincidencia de conflictos soberanistas en los que está involucrado de una manera u otra el estado español suponen un reto al Gobierno de Rajoy, que está obligado a mostrar solidez argumental sin poder ocultar una profunda incoherencia.

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Gibraltar

Veamos. Cataluña es el eje de un debate político que el Gobierno quiere desactivar apelando al principio constitucional según el cual la soberanía descansa sobre todos los españoles en su conjunto. El “derecho a decidir” al que apelan los soberanistas catalanes, que despojado de eufemismos no es otra cosa que el  “derecho de autodeterminación”  es negado en virtud de la legalidad constitucional. Según este principio, no cabe otra consulta que aquella en la que todos los españoles decidieran sobre ésta o cualquier otra reivindicación que alterara el statu quo del estado. Sin duda, es un argumento de peso, aunque la historia nos muestra cómo todos y cada uno de los estados que en el mundo son han nacido conculcando alguna ley anterior bajo la ambigua y poderosa apelación a la legitimidad.

Lo sorprendente es que Rajoy esté lidiando simultáneamente en otro frente, desencadenado por otro conflicto de soberanía, con argumentos opuestos. Porque si Cataluña está habitada por catalanes y su derecho a decidir ha de circunscribirse al marco legal, Gibraltar, territorio pertinazmente reclamado por los gobiernos de España, está, curiosamente, plagado de gibraltareños que, por el mismo principio, deben someterse a la legalidad vigente.

Y he aquí que a Rajoy no parece convenirle tanto defender el statu quo legal del peñón. Lo que seguro que lamenta es no poder apelar al “derecho a decidir” que los nacionalistas catalanes propugnan porque las posibilidades de los “llanitos” votaran a favor de su españolidad son prácticamente nulas.

Podríamos citar aquí también el conflicto del antiguo Sáhara español, donde la legalidad y la soberanía se estira y encoge según el momento y los intereses de los estados implicados. Otro caso para la reflexión y para la incongruencia.

Pero nada de esto es nuevo. Lo cierto es que la política sigue siendo el arte de lo posible y por mucho que nos empeñemos en dogmatizar, por mucho que Rajoy solemnice sus palabras, o Artur Mas las suyas, la historia se teje siempre descosiendo alguna vieja costura. Conformémonos con no rompernos demasiado el traje.