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Sanciones contra EEUU

Las acciones contra el medio ambiente perjudican al conjunto del planeta por lo que deben ser evaluadas con arreglo al derecho y ética globales


Las contramedidas aprobadas por Trump, encaminadas a abandonar los compromisos de EEUU adquiridos por su antecesor en relación a las emisiones contaminantes, deben ser combatidas y sancionadas por la comunidad internacional de manera inmediata. Su gravedad es enorme por tratarse de una de las potencias que más inciden en las emisiones nocivas para el clima planetario, y por su carácter de líder político-económico.
No es una cuestión de ideología ni de alineación tras uno u otro bloque económico o geopolítico. Cualquier estado que asuma sus responsabilidades para con las futuras generaciones de nuestro planeta debe apoyar una inmediata y drástica reprobación activa de las nuevas directivas de la Casa Blanca.

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Fascinación cubana

Luz en el agua, luz en la mirada, luz en la tierra

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Basta!

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Gibraltar y el derecho a decidir

El gobierno de Mariano Rajoy reclama ante la ONU la soberanía sobre el peñón, mientras se remite a la estricta legalidad vigente con respecto a Cataluña.

La coincidencia de conflictos soberanistas en los que está involucrado de una manera u otra el estado español suponen un reto al Gobierno de Rajoy, que está obligado a mostrar solidez argumental sin poder ocultar una profunda incoherencia.

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Gibraltar

Veamos. Cataluña es el eje de un debate político que el Gobierno quiere desactivar apelando al principio constitucional según el cual la soberanía descansa sobre todos los españoles en su conjunto. El “derecho a decidir” al que apelan los soberanistas catalanes, que despojado de eufemismos no es otra cosa que el  “derecho de autodeterminación”  es negado en virtud de la legalidad constitucional. Según este principio, no cabe otra consulta que aquella en la que todos los españoles decidieran sobre ésta o cualquier otra reivindicación que alterara el statu quo del estado. Sin duda, es un argumento de peso, aunque la historia nos muestra cómo todos y cada uno de los estados que en el mundo son han nacido conculcando alguna ley anterior bajo la ambigua y poderosa apelación a la legitimidad.

Lo sorprendente es que Rajoy esté lidiando simultáneamente en otro frente, desencadenado por otro conflicto de soberanía, con argumentos opuestos. Porque si Cataluña está habitada por catalanes y su derecho a decidir ha de circunscribirse al marco legal, Gibraltar, territorio pertinazmente reclamado por los gobiernos de España, está, curiosamente, plagado de gibraltareños que, por el mismo principio, deben someterse a la legalidad vigente.

Y he aquí que a Rajoy no parece convenirle tanto defender el statu quo legal del peñón. Lo que seguro que lamenta es no poder apelar al “derecho a decidir” que los nacionalistas catalanes propugnan porque las posibilidades de los “llanitos” votaran a favor de su españolidad son prácticamente nulas.

Podríamos citar aquí también el conflicto del antiguo Sáhara español, donde la legalidad y la soberanía se estira y encoge según el momento y los intereses de los estados implicados. Otro caso para la reflexión y para la incongruencia.

Pero nada de esto es nuevo. Lo cierto es que la política sigue siendo el arte de lo posible y por mucho que nos empeñemos en dogmatizar, por mucho que Rajoy solemnice sus palabras, o Artur Mas las suyas, la historia se teje siempre descosiendo alguna vieja costura. Conformémonos con no rompernos demasiado el traje.

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No hay mal que por bien no venga

La crisis pone bajo los focos los abusos de un sistema capitalista desorbitado y acaba con una ceguera social de décadas

Cara de asombro

Ayer, en España, saltaba la “noticia” de que las pequeñas empresas pagaban sus créditos a precios muy superiores a los que tenían que afrontar las grandes corporaciones. Es decir, que sucede lo que siempre sucedió. La desigualdad económica se realimenta como siempre lo hizo.

Llevamos muchos meses entrándonos de que los bancos abusan de su posición de privilegio sin reparar en los perjuicios sin fin que causan en tantas familias. nada nuevo bajo el sol. La banca es un oligopolio opaco e incomprensible para los mortalitos vulgares.

Nos frotamos los ojos cuando vemos que los sueldos y prebendas de los altos ejecutivos de las grandes corporaciones son estratosféricos, alejados abismalmente de los ingresos medios de los ciudadanos. Ninguna novedad. Los excedentes de las grandes empresas rara vez han revertido en beneficio general.

Políticos corruptos por doquier. Partidos políticos cuyo electoralismo profesionalizado les aleja de su misión. Burocracia insostenible e ineficaz. La cosa pública no funciona. Tampoco esto ha brotado repentinamente.

Escandalosas revelaciones sobre Internet. La flamante sociedad globalizada en red muestran su rostro más temible. La privacidad está hipotecada sin posibilidad de retorno y puesta en manos de poderes incontrolados. Desde sus albores, fuimos confiando a un puñado de grupos económicos la red llamada a convertirse en la esencia de nuestras comunicaciones. Luego no hemos hecho más que alimentar el monstruo.

Las crecientes grietas en el edificio social no son nuevas

¿Cómo pensábamos que habría que acabar pagando los desmanes de una espiral financiera sin fin?

El estado del bienestar se derrumba. Los recortes omnipresentes llevan a la precariedad la educación, la sanidad, las infraestructuras. Las crecientes grietas en el edificio social no son nuevas ¿Cómo pensábamos que habría que acabar pagando los desmanes de una espiral financiera sin fin?

Es  revelador que la profunda y pertinaz crisis, que tanta zozobra ha traído a tanta gente, ha conseguido que millones de miradas se vuelvan, como no lo hicieron desde hace muchas décadas, hacia esos rasgos tan propios del sistema que impera desde principios de los años ochenta. Vicios nada ocultos, previsibles, consecuencia de las disfunciones de una sociedad remisa a someterse a la autocrítica permanente. Enfermedades sociales que, por usuales y prevalentes, se habían vuelto invisibles.

La niebla informativa que ha acompañado los años de bonanza consiguió envolver abusos que, por repetidos, pasaban por inocuos, pero que siempre fueron el síntoma evidente de un sistema desorbitado y perverso. Parece que el sufrimiento que la crisis ha traído está, al menos, abriéndonos los ojos.